Uno de los países latinoamericanos donde la máscara conoce un mayor arraigo y uso popular es Guatemala, como bien lo expone la muestra "Otros rostros de Guatemala" en el Museo de Arte Precolombino e Indígena (MAPI) de Montevideo.
Una vez más, la colección de máscaras de Claudio Rama y su puesta en escena, viene a aportar conocimiento y materialidad en torno a tradiciones populares que discurren, por regla general, en circuitos que no son los consagrados por la alta cultura pero que cuentan con un gran valor estético y, de más está decirlo, antropológico y social. Registros de uso de las máscaras tenemos en la cultura maya que perviven de manera sincrética con otros usos y costumbres rituales contemporáneos.
Sostiene Claudio Rama que "Las máscaras zoomorfas atravesaron procesos de transculturación y se integraron en diversas danzas de fiestas patronales e incluso de carácter evangelizador. Actuaron, así, como una forma de continuidad cultural maya y, al mismo tiempo, de resistencia."
La madera es el soporte constitutivo más frecuente de estas máscaras, madera tallada y pintada, con ojos de vidrio en algunos casos, que le otorga cierta rigidez expresiva, apuntando, por un lado, al aspecto hierático de la transformación de la persona y, por otro, a la proyección visual y sonora del personaje encarnado. Hay que tener presente que en la exposición asistimos a un crisol de culturas que se expresan en diferentes zonas geográficas del país. "Muchas de las narrativas religiosas introducidas por los conquistadores –continúa Rama–, como el Baile de la Conquista, las Danzas de Moros y Cristianos o el Baile de los 24 Diablos, que aún se conservan, convivieron con danzas tradicionales como las de Tocontín, Topocomad, el Baile de los Huehuetecos o la Danza del Venado. En estas últimas está presente la impronta nahualista y una concepción del animal que desborda su representación puramente naturalista para adquirir dimensiones simbólicas y espirituales."
Interesa destacar el contraste y la ambivalencia –la máscara es ambigua por naturaleza y por artificio– entre el acabado realista de algunas de estas piezas, por ejemplo, las de de la danza de Moros y Cristianos o la del personaje Tecún Umán adornado con la silueta de un quetzal y las máscaras de animales de la tradición nahual, que tienen un grado de estilización mayor –ver el alargado hocico de la máscara del coyote–. También son más fantasiosas las máscaras de la Danza del torito y la máscara de tres rostros de Maximón, que concentra en sí mismos varios y complejos sistemas simbólicos, conjugando tradiciones cristianas y católicas, propias de cofradías, con expresiones de espiritualidad ancestral maya.
Maximón o Rilaj Mam, posee varias caras, tres ojos, mirada de ojos furtivos y barba espesa. "Para algunos investigadores –explica Rama en un texto de sala–, la barba remite a personajes de autoridad introducidos durante la colonia, mientras que los rostros y ojos múltiples podrían simbolizar la capacidad de ver más allá del mundo visible o de actuar como mediador entre el mundo humano y el espiritual. Más que poseer un único significado, estos elementos reflejan la riqueza simbólica y la complejidad de las tradiciones rituales mayas."
La experiencia de visitar una exposición de esta naturaleza trasciende con creces lo que podamos decir de ella. El costado material, físico de la máscara y su impacto visual, es intransferible en términos verbales. Aun lejanas del uso ritual que les dio vida, estas máscaras reposadas y estáticas, impresionan por su materialidad y su peso, así como por su acabado perfeccionista en detalles y coloridos.


















































