En un viaje reciente en auto por el norte argentino (Córdoba,
Catamarca, La Rioja) observamos con atención las llamadas “devociones populares”
que se suceden al borde de la ruta. Es realmente llamativo para un extranjero
la presencia multitudinaria de ermitas, altares y ofrendas que se ven en estas
regiones, desde pequeños complejos arquitectónicos hasta improvisadas tienditas.
Las principales devociones argentinas son la difunta Correa
(Deolinda Correa), El Gauchito Gil (Antonio Mamerto Gil Núñez), la Telesita
(Telésfora Castillo), Carballito, Juana Figueroa, Pedrito Hallado, el Quemadito
(José Carrizo), la Degolladita (Secundina Duarte), San la Muerte… la lista es
extensa y sobrepasa el centenar de nombres.
Félix Coluccio en su clásico Las devociones populares
argentinas (Ediciones Nuevo Siglo, Buenos Aires, 1995) las clasifica en: 1.
Principales devociones 2. Los Gauchos milagrosos 3.Iluminados y líderes
espirituales y 4. El santoral sospechoso. La mayoría de estas devociones
provienen de historias reales ocurridas en el siglo XIX, que con el correr del tiempo se han magnificado y transformado en
propicias para la ritualidad popular.
SANTITOS RUTEROS
También hay cultos surgidos en el siglo XX que se relacionan con destacadas figuras del
arte, el fútbol y la política (Carlos Gardel, Gilda, Diego Maradona, Eva Perón)
pero en las rutas norteñas argentinas predominan los altares y ermitas
dedicados al Guachito Gil y la Difunta Correa y bastantes escalones más abajo San
Cayetano. Pese a que no hicimos un registro sistemático, nos atreveríamos a
afirmar que un censo sobre la presencia del Guachito Gil y la Difunta Correa arrojaría
una cifra mucho mayor a favor del Gauchito Gil, aunque en ocasiones se
presentan juntos, en apretado sincretismo.
Estas devociones de “santitos ruteros” se relacionan con las
largas extensiones carreteras, el desierto y la fatalidad, son una forma de
ofrendar y exorcizar el destino, tramitar nuestro comercio con la muerte en
tanto fenómeno disruptivo, de corte o de quiebre radical. No tanto la fatalidad
como final de un ciclo, ni con la muerte en tanto pasaje (de una vida a otra) sino como
acontecimiento abrupto que marca el instante preciso de la discontinuidad del
paisaje, de la ruta, de la cordillera y de la monotonía más o menos planificada
de la vida. Parecería que a cada accidente fatal en la ruta se levanta una ermita que lo recuerda y que ampara a la víctima.
¿Dónde están los habitantes que ofrendan en estos altares y ermitas? No hemos visto a ninguno. Los sitios parecen estar abandonados pero, a la vez, se multiplican como hongos. ¿Tendrán vergüenza de que los vean arrodillados –no hay otro forma de colocar las ofrendas– ante estos ídolos populares? Quizás simplemente no estuvimos el tiempo suficiente para verlos.
Hay una línea continua e invisible entre estas instalaciones al costado de la ruta y las ruinas votivas de los ancestros indígenas que no se ven a simple vista pero que existen por doquier. Los ancestros dejaron huellas muy tangibles en las urnas de párvulos, en los enterramientos con ofrendas y hasta en los sacrificios humanos cuyos vestigios nos llegan como noticias remotas desde las altas montañas (ritual de la Capacocha). La misma terrible necesidad de conjurar el paisaje inmenso y duro, desolado, tempestuoso en las lluvias del verano y sus crecidas, en el viento zonda que golpea el rostro del mundo y lo erosiona.
Esa continuidad ancestral pudimos
apreciarla también en una ofrenda del Gauchito Gil, por la ruta 40, saliendo de
Belén camino a Hualfín, en la que se incorporan al altar fragmentos de vasijas
diaguitas.
La pregunta que nos hacemos desde el proyecto Arte otro en
Uruguay es si estas manifestaciones poseen un valor estético digno de estudiar,
más allá de su indudable importancia antropológica (y religiosa para los
creyentes).
Para avanzar en este asunto parece necesario detenernos en los diferentes elementos que
componen estas “instalaciones”.
En primer lugar, se aprecian los elementos de la señalética, aquellos
que se colocan para que las ermitas se vean a la distancia: ruedas, latas
pintadas, cintas rojas atadas a las ramas de los árboles (en general,
algarrobos). En segundo lugar la estructura, o, permítase la licencia, la arquitectura de la ermita, que
puede estar constituida por ladrillos, bloques, maderas, vidrios, etc. y tener
una terminación fina o rústica. Y por último los elementos de la ofrenda y las
devociones propiamente dichas: aquí la variedad de objetos es casi inabarcable (velas, billetes,
estatuillas, estampas, bebidas alcohólicas, alimentos, cigarrillos, medallas, trofeos, monedas, botellas de vidrio y de plástico…). De su distribución en el recinto
depende la belleza o fealdad del conjunto o dicho de otra forma, su interés artístico.
Pero a decir verdad, dese un punto de vista comunicativo, los
tres elementos fundamentales (señalética, arquitectura y ofrendas) significan y, por tanto, pueden tener
valor estético, como parte y como conjunto. Las ruedas utilizadas para señalar
a la distancia el lugar, por ejemplo, se vinculan a la ruta. Obviamente se
inscriben al atar en el contexto del camino como la parte por excelencia del
vehículo, del movimiento y se pintan con rojo o colores llamativos. A veces los elementos devocionales parecen
basura, como botellas de plástico encimadas en pirámides caóticas. Es la
estética de la acumulación, pero no es una antiestética, no es el mero abandono
sino la superposición como signo de abundancia.
Walter Benjamin en su libro Calle de mano única (Cuenco de plata ediciones, Buenos Aires,
2014, 1 ed. 1928), con sus “Trece tesis contra los snobs” (p.71-72), establece
una comparación entre las obras de arte (pone de ejemplo las de Picasso) y los
fetiches, los ídolos primitivos y los dibujos de los niños. Los snobs, ironiza
Benjamin, preferirían, con simpleza, la última categoría: “El snob en el
despacho privado de la crítica del arte. A la izquierda el dibujo de un niño, a
la derecha un fetiche. El snob: ‘Ante esto, todo Picasso puede tirar la toalla’”.
Interesa al proyecto Arte otro, que siente afinidad por las
manifestaciones infantiles y populares, por los “fetiches” que para el caso
identificamos con las devociones populares, estas tesis de Benjamin. En el
fondo creemos, pese al sarcasmo que demuestra en estas frases, que debido a su propia
inclinación al coleccionismo de todo tipo de libros, juguetes y documentos quizás
su corazón estuviera más cerca de las preferencias de los snobs de lo que él
estaba dispuesto a admitir en aquel entonces (1928).
Tomemos, pues, algunas de las tesis qué consideramos apuntan
con más tino a la problemática que nos convoca. ¿Pueden verse las ermitas y
altares de las devociones populares (también) como fenómenos estéticos o sólo
son documentos etnográficos carentes de todo valor artístico?
Afirma Benjamin en este libro:
1. El artista hace una obra. El primitivo se expresa en
documentos.
2. La obra de arte es sólo de manera secundaria un
documento. Ningún documento es, como tal, una obra de arte…
6. El asunto y la forma son una sola cosa en la obra de
arte: contenido. En los documentos domina por completo el tema…
9. En la obra de arte, la ley de la forma es central. En los
documentos, las formas sólo se encuentran desperdigadas.
10. La obra de arte es sintética: un centro de energía. La
fertilidad del documento requiere: análisis.
11. La obra de arte se potencia en la contemplación
repetida. El documento sólo mediante la sorpresa….
13. El artista va hacia la conquista de contenidos. El hombre primitivo se escuda tras los temas.
Aun coincidiendo con algunas de estas tesis y sirviéndonos
de su enfoque discrepamos con la diferenciación fundamental que realiza
Benjamin entre arte y documento. ¿No es la obra de arte también un documento?
¿Puede acaso la obra de arte moderno y contemporáneo sustraerse a sus
implicancias extraestéticas, históricas y sociales?
PRIMERAS CONCLUSIONES
Por otra parte, y para ir cerrando estos primeros apuntes,
todo ritual contiene un orden estético, por más burdo que sea. Incluso, se
podría afirmar, que el ritual religioso, ya sea sacramenta-eclesiástico o
popular, consiste precisamente en hacer del desorden vital un orden estético y
divino. Al sustraer de la historia un acontecimiento y volverlo un acto
repetitivo con una semántica propia se genera una hecho artificial, fuera del
devenir natural y caótico para pasar a ser, a intentar que sea, trascendente.
Pero la misma operativa ritual obliga
a la función estética, no pensada sólo como belleza sino como cierto orden de elementos
estilísticos y temáticos que es preciso cumplir para que el éxito (la
bendición) se produzca.
Y esto es especialmente cierto para el ritual religioso de
la ofrenda votiva. “Una ofrenda votiva es un objeto o acto que se deja en un
lugar sagrado (santuario, pozo, altar) como promesa o agradecimiento a una deidad
o poder superior, cumpliendo un voto (del latín votivus), buscando un favor, o
en señal de gratitud tras una liberación o bendición, y que no se pretende
recuperar. Puede ser desde una simple vela encendida, figurillas, pinturas
(exvotos), hasta monumentos o actos simbólicos, y es común en muchas culturas
antiguas y modernas.”









































