Antecedentes del arte naïf en Uruguay II



Bajo el título “Apogeo y declive del arte naïf” publicamos un capítulo del libro Otro Arte en Uruguay (2009) buscando analizar estas expresiones y sus principales protagonistas en el pasado de nuestro país, poniendo especial énfasis en su etapa de mayor esplendor, hacia los años setetenta y principios de los años ochenta del siglo XX. Reproducimos ahora un fragmento de este capítulo e iremos consignando una serie de documentos (catálogos, comentarios en prensa) que nos ayudarán a calibrar el alcance del arte naïf  de entonces y su proyección en la muestra de Arte Naïf en Uruguay, actualmente en exhibición, y  hasta el 7 de agosto, en Fundación Unión (Plaza Independencia 737, Montevideo). El martes 28 de Julio, a las 19 horas, estaremos presentando el catálogo de dicha exposición cuyo ensayo introductorio retoma algunos de los tópicos aquí tratados.


 A la década del 70 corresponde el auge de la pintura ingenua uruguaya. Contribuyen a este fenómeno varias causas. En primer lugar (el orden es aleatorio) una demanda creciente de esta corriente ingenua que es codiciada por las galerías de España, Estados Unidos y Francia. En segundo lugar, la incidencia que la producción de Alfredo Maurente y Guillermo Vitale va conociendo en diferentes estratos sociales. (El primero al interior de su pequeña comunidad y como nodo “pintoresco” de un balneario en alza turística, el segundo principalmente en el Cerro pero también en otros barrios de Montevideo).
Y, finalmente, la oportunidad política que encuentran en una expresión cultural “inocente”, por un lado, aquellos que preferirían que el arte uruguayo no se identificara con la comprometida realidad del momento y, por otro, quienes desean que ese compromiso se verifique precisamente en unas formas artísticas que despiertan ensoñaciones de libertad y utopía. Son las paradojas de los usos sociales y políticos del arte en tiempos de dictadura.
En los años 40 Alfredo “Lucho” Maurente (1910-1975) comienza a ir a La Paloma cuando todavía era poco más que un pueblito de pescadores y se instala en los médanos sobre la costa. Lucho, que pintaba desde niño, retoma en esta época la actividad artística de manera regular con la talla en piedra primero y luego de madera. Trabaja sobre todo en la temporada invernal: “No crea que yo no soy organizado. Yo me levanto en invierno a las siete de la mañana, me preparo el mate y a las ocho me pongo a pintar, en mi casa de San Carlos, porque en La Paloma paso desde noviembre a marzo, más o menos, después me voy de nuevo pa’ San Carlos, pa’ mi casa, y allí pinto. Cuando me aburro de pintar, me pongo a tallar. Yo empiezo a ir a La Paloma más o menos en noviembre, cuando aparece el bonito, lo pesco, lo ahumo en un horno con laurel, lo corto en pedacitos y lo guardo. Cuando viene la temporada aquello es una locura.”1  
El pescador, muy aplicado, levanta en la dunas cercanas al antiguo muelle de La Paloma una casa que hace las veces de restaurante y que decora profusa y fantásticamente con motivos marinos, sin ninguna influencia plástica reconocible.2
La combinación de sus dotes de cocinero, una personalidad risueña y el artificioso entorno creado por el pescador, pronto convierten a “El Copetín con Mariscos” en una atracción a la que se acercan no pocos parroquianos y personalidades de la farándula porteña. También suscita el interés en un núcleo de compradores extranjeros, principalmente de Francia y España, pero sobre todo en críticos, artistas uruguayos (o radicados en el país) y amantes de las expresiones populares, como Germán Cabrera, Adolfo Nigro, Silvia Novoa, Martha Nieves, María Freire, Felipe Novoa, Nelson Di Maggio, el galerista Enrique Gómez, los escritores Haroldo Conti, Juan Carlos Legido, entre otros.
Estos dos narradores conciben la última y la primera novela de sus vidas, respectivamente, con personajes que se inspiran en la figura y el entor- no de Lucho. Conti recrea en varios cuentos y novelas personajes excéntricos y crédulos que a la postre avizoran un futuro esperanzador, una suerte de utopía de redención como contrapartida a la cruda circunstancia política y social que atraviesan. (También los militares uruguayos se apropiarán a su modo del sesgo “popular” de la figura del Lucho, al trasladar con gran desfile –pero ya fallecido su autor–, al Cristo de los Pescadores desde las dunas hasta el comienzo de la principal avenida del balneario, en donde permanecerá por un tiempo hasta su definitivo emplazamiento en la playa Los Botes). El idilio de la bohemia de Lucho llega hasta mediados de los años 70, cuando el crecimiento de la industria pesquera impele la construcción de un nuevo embarcadero de mayor calado, hecho que implica la remoción de un área importante, incluido su predio. “Alfredo Maurente se deprimió mucho por esa situación, a pesar de que no era ese su lugar de nacimiento, en todo caso, y sin dudas, era el ámbito elegido para vivir. El hombre (...) fue hallado una mañana con su traje y sombrero de salir, muerto en su cama. Sus amigos dicen que murió de tristeza, pero ganando la batalla a quienes no pudieron obligarlo a ver cómo había cambiado para siempre su lugar en el mundo.3
La prensa recogió la noticia de su muerte con cierto estupor y lamentó la falta de conciencia y de visión de las autoridades que ordenaron la destrucción de la casa-restorán: “Hoy sólo cabe imaginar que esa pequeña área pudo ser el asiento de un auténtico museo de arte naïf, enmarcado por la obra de su precursor en nuestro país, como motivo de verdadera atracción para un balneario que mucho lo está necesitando”.
También subrayó el esfuerzo de quienes, en medio de la desolación, trataron de evitar que se demoliera y ante lo inevitable, se ocuparon de rescatar las piezas más importantes del artista.4
En los años que siguen a la muerte de Maurente se realizan dos importantes convocatorias de arte ingenuo en Montevideo y en ambas se lo homenajea: una organizada por el Instituto de Cultura Uruguayo-Brasileño en el Subte Municipal, en setiembre de 1976,5 y otra llevada a cabo en la Galería de la Alianza Francesa en julio de 1977.6
Ambas convocatorias derivan de una programación internacional, pretenden cubrir todo el territorio uruguayo y consiguen una muy buena respuesta en concursantes y en obras (140 y 223, respectivamente). Los artistas seleccionados (25 y 23) no se repiten en las muestras, salvo en el caso del homenajeado y en dos artistas más.7
Otras exposiciones de arte naïf llegarán a Uruguay provenientes del extranjero a mediados de los años ochenta. Las disímiles procedencias de los envíos (Alemania Federal y Yugoslavia en las postrimerías de la Guerra Fría) arriban a un contexto local signado por la politización que acompaña el retorno a la democracia. Las dos muestras fueron, salvando las diferencias de “tamaño”, de una excepcional calidad estética: “Pintura Naïf de la República Federal de Alemania” (89 obras de 32 artistas) en el Museo Nacional de Artes Visuales y en marzo del mismo año, “Arte naïf yugoslavo” en la galería Bruzzone. 8
Esta última presentaba tres importantes artistas de la escuela croata Hlebine, Josip Generalić, Ivan Lacković e Ivan Raluzin. Y mientras que en el catálogo de los artistas alemanes (del Oeste) se afirma que “El arte naïf carece de teoría”,9 la crítica local hace notar que la escuela de Hlebine surge con el grupo de pintores campesinos “Zmelja” (“Tierra”), “comprometido con la raíz social por excelencia”.10
Es interesante constatar cómo en el ámbito reducido de la crítica de artes plásticas y en un tema que se pensaría al margen de la situación política, las opiniones estaban polarizadas. Claro que entonces Yugoslavia aún existía como Estado y faltaban apenas unos meses para que se abatiera el muro de Berlín.
El arte ingenuo se mantuvo en boga durante al menos dos décadas, pero el mercado internacional sufrió grandes depresiones en los noventa y con ellas la demanda exterior de la pintura ingenua uruguaya y de las exposiciones itinerantes que llegaban al país.

La lista de los artistas que practican hoy un arte auténticamente ingenuo en Uruguay es limitada. En parte, por las razones que aventuraba en los setenta el crítico Eduardo Vernazza: además de los genuinos están también los “pseudos y otros que, teniendo en su poder literatura del arte, se han improvisado ingenuos”. Cabe mencionar entre los más constantes, por el subido cromatismo y la pulcra organización del espacio: Orfila Martins, Luis Borteiro, Alicia Ferrari y Aldo Olase, que comienzan, con excepción de Ferrari, a trabajar en los años setenta.11
También en esta década, más precisamente en 1976, el uruguayo Gorki Bollar (1944) se radica en Amsterdam, tras haber participado de la vanguardia londinense como integrante del Taller Montevideo. En Holanda vuelve a recobrar con sus lúcidas y enigmáticas composiciones, el sitial de artista naïf, pese a que en realidad su actividad pictórica había apuntado desde sus inicios en esa dirección.12
La orientación ingenua fue también una tentación para artistas ya formados, como el caso del grabador Miguel Bresciano (1937-1976) que a diferencia de su obra gráfica de carácter brutalista, desplegó en el dibujo (a drypen) paisajes urbanos de transitada acción, aperspectivos e iluminados por un fino toque de humor .

Idea de nación y arquetipos en el arte popular

La figura bohemia de Lucho Maurente conquistó un merecido sitial en el principal balneario rochense. Algunos artistas de la localidad comenzaron a crear bajo el influjo directo de su obra, como Alfredo Cuello, quien es llamado a reparar recientemente el Cristo de los Pescadores, y otros, que apenas llegados del exterior, como Michael Meckert, experimentaron una inmediata afinidad con su historia.
La iconografía popular uruguaya que en Maurente aparece entreverada con un fantasioso sistema de referencias universales –el tango, Cristo, sirenas, angelitos, Artigas– se expresa más nítida en el trabajo de Guillermo Vitale (1907-1992), quien se sirve también un variado repertorio de “iconos” populares –José Enrique Rodó, Juana de Ibarbourou, Carlos Gardel, Florencio Sánchez– pero cuya amplitud parece estar dirigida a captar los “valores” de la tradición cultural uruguaya, y en particular, los de la Villa del Cerro.
En Vitale convergen numerosos atributos que son emblemáticos de los creadores populares y marginales. El autodidactismo del adulto mayor es uno de ellos, también el descubrimiento de su “don” en circunstancias fortuitas, cuya anécdota se transmite oralmente del seno de la familia al barrio, cimentando una mitología personal que posee semejanzas con el despertar espiritual de los profetas en las grandes religiones. Las semejanzas no radican, por supuesto, en el tenor del hecho ni en su significado esencial, pero sí en el tono y en la estructura del relato: accidente, perplejidad inicial, visión trascendente, acción justa o reparadora, asunción de la cualidad divina o don: “Un día, haciendo unas manualidades se le cayó una maceta en el fondo y lógicamente se formaron una serie de dibujos. Y le llamó la atención y esto fue un poco el origen. Entonces hizo una maceta, empezó a pegar uno a uno los pedacitos y como que encontró un estilo. La primer obra que hizo fue este pingüino, que fue muy elogiado en su momento. Ahí encontró su vocación.” 13

El carácter altruista es otra de las características, no siempre presentes pero naturales en un arte “que se debe al pueblo”. Vitale no cobraba sus mosaicos, incluso cuando se realizaban por encargo y fuera del país. Cuando se lo convoca para la segunda “ofrenda gardeliana” en Buenos Aires (una se encuentra en la Boca y otra en la esquina de Corrientes y Esmeralda) la prensa uruguaya afirma que “Vitale ha consolidado, en un medio exigente y celoso de sus reliquias tangueras, la imagen de artista y la condición de ser humano excepcional, siempre dispuesto a ofrecer lo suyo sin pedir nada a cambio”.14
Otra característica del artista popular es el desdén por toda jerarquización a la hora de discernir motivos y personajes: Clubes deportivos (Cerro, Rampla Juniors, Verdirrojo), personalidades religiosas (el padre Martín, el Papa Juan Pablo II), escritores (José Enrique Rodó, Juana de Ibarbourou, Florencio Sánchez), cantantes (Carlos Gardel, Gerardo Matos Rodríguez), políticos (Luis Trócolli, Perón)... son igualmente dignos de ser inmortalizados a través del arte.
El conjunto de “retratos” no aparece en Vitale como un núcleo compacto, ni como discurso organizado en la racionalidad moderna. Manifiesta, empero, otro tipo de coherencias. Para empezar, la elección de la técnica del mosaico hecho con escallas de azulejo no podía ser más apropiada para dar cita a los referentes en un barrio que recibe un nutrido contingente de inmigrantes y que se asume a sí mismo, en la nomenclatura vial y en su génesis histórica (“Cosmópolis”) con una “colorida” diversidad de costumbres y modos de vida. Por otra parte, muchas de las creaciones de Vitale, ayudadas por una hábil definición de planos, generan una puesta en abismo que tiene por objeto una inclusión simbólica mayor. 

Para el mosaico del Club de Pesca del Cerro, por ejemplo, ha dispuesto un vasto mar en el que navegan varios veleros, dentro de este mar hay otro en donde un pez grande traga a un pez más pequeño y muerde el anzuelo. En el vientre de este pez grande se puede ver la bahía con más veleros (otro mare nostrum), el cerro de Montevideo y otro pez mordiendo otro anzuelo. Las diferentes versiones de Gardel que Vitale concibió siempre apa- recen enmarcadas dentro de objetos paradigmáticos: una guitarra, una copa o su figura trepando el omnipresente cerro. Otro tanto se podría decir de Artigas y de casi todos sus “retratos”. Se trata de señalar, con un recurso metonímico que pareciera derivar de la heráldica, una pertenencia significativa, el encuentro de “ese lugar en el mundo” que se identifica aquí con la Villa del Cerro. (Un tratamiento retórico similar encontramos en la Virgen de Guadalupe de Miguel Ángel Palomeque con su regresión desde el continente americano hasta la Piedra Alta de Florida, también en algunas creaciones de Humberto Rigali). Pero además de esta apuesta de “dibujo en el dibujo”, tan frecuente en el diseño de los escudos, la obra de Vitale revela otro orden de inclusiones simbólicas. La ampliación personalísima de su “panteón” de héroes nacionales conforma una suerte de catálogo versátil capaz de contener en el mismo registro al bondadoso peluquero del barrio y al dictador de turno.15
Por otra parte, dada la proximidad urbana entre las piezas, los referentes nacionales se cargan semánticamente de connotaciones inesperadas cuando se colocan cercanos a otros de carácter “universal” (Adrián Troitiño, fundador del periódico El Iris, no muy lejos de Chaplin; José Arias, creador del liceo nocturno, en la cercanía del Papa). El notable poder de síntesis de Vitale, sumado al hecho de que la mayoría de los murales se encuentran al alcance del público, obliga a éste último a reubicarse en sus parámetros identitarios. Vitale “hace patria”, desinteresada y genuinamente. Pero la patria de Vitale es mucho más grande y laxa que cualquier versión oficial, que a veces lo secunda y que también queda “en jaque” ante este involuntario ensayo de “contraofensiva cultural”.16

El carácter inclusivo de la obra de Vitale nos lleva a pensar en la mosaico de azulejos Villa del Cerro elevación de un gran santoral popular en donde cada peregrino (el transeúnte) va camino a adorar y quemar incienso a su propio santo.17
Un efecto parecido (en cuanto a la desprejuiciada mención de referentes populares) puede darse en la residencia de Miguel Pérez en Las Cañas. Pero en este último prepondera, antes que la cita directa, una inventiva de carácter mecanicista, que surge también en otros artistas tanto actuales como históricos (Humberto Rigali, Américo Masaguez), en donde el medio es tan importante como el referente. Sus métodos creativos e implicancias estéticas las estudiaremos más adelante.
De los artistas populares autodidactas interesados en las raíces inmigrantes, sobresale José “Pepe” Castro (1939) por un imaginario que se entronca firmemente en su biografía personal. La obra de Castro compromete un gran esfuerzo físico y una poderosa inventiva, generando vínculos entre arquetipos ancestrales y figuras del momento. Sus tallas en madera suelen recurrir a mecanismos de citación complejos, que incorporan la ironía, la sátira y la alegoría.
Hay un artista de raigambre popular que no ha alcanzado, muy injustamente, el reconocimiento que merece. Quizás porque su peculiar producción posee un sesgo enigmático que lo coloca en el rincón de los “raros”, junto con Guido Silva y Cabrerita. Se trata del riverense Adeliano Silva (1915-1991), cuya pintura se reconoce por un delicado manejo tonal y por el original planteo simbólico. Su vida muy pobre y accidentada, su entrega a la religión Bahai, que implicó renuncias de todo tipo, no contribuyeron a la difusión de una obra que llegó a exponerse sólo en Rivera y en Maldonado. Nos queda la irrepetibilidad del lenguaje cifrado de Adeliano.”


1. Entrevista de Ramón Mérica, “Lucho, el ingenuo y la mar”, El País, 07/05/1972.

2. Cuenta la artista y a la sazón crítica de arte María Freire, que una admiradora la regaló por entonces un libro con ilustraciones del aduanero Rousseau, “que por lógica a Lucho le resultaba más inaccesible que los cuadros de Blanes”. “El pescador de la Paloma”, Acción 24/05/1972.

3. Hugo Luján Amaral,“Alfredo Maurente, Lucho: escultor, cocinero, siete oficios y sobre todo seductor.” La República 24/10/2005.

4. Amauri Cardozo,“Al igual que Lucho, su conocido restaurante dejará un gran vacío”, El Día, 03/11/ 1975.

5. Primera Muestra uruguaya de Arte Naïf “. Subte Municipal, organizada por Instituto de Cultura Uruguayo-Brasileño y auspicio del diario El País. Jurado integrado por Dr. Mario Berta, Ángel Kalenberg, Vicente Martín. Artistas seleccionados. Ketty Corredera, Carmen Vega, Héctor del Castillo, Hugo De Marco Martínez, María Magariños, Aldo Olase, Agó Páez Rodríguez, Ulises Patrone, Raquel Pérez, Jean Pradier, Margarita Ramos, Carnot Pose (Cyp Cristiali) y Alfredo Maurente.

6. En el pequeño folleto de la muestra, el curador Nelson Di Maggio advertía: “Esta selección que lleva por título Pintura Ingenua Uruguaya es una derivación de una programación internacional pensada por Jean Pradier, director de actividades culturales de la Alianza Francesa en colaboración con la Galería Naïfs et Primi- tifs de París, de las 223 obras y los 87 autores presenta- dos en todo el país (cifras elocuentes que obvian enfatizar el éxito obtenido) se escogió un grupo reducido por dos razones fundamentales: 1) las dimensiones de la galería: y 2) la demarcación de una unidad temática y conceptual, ligada inevitablemente a la capacidad de invención y a la calidad plástica...” “Pintura ingenua uruguaya”. Julio-Agosto 1977. Galería de Arte de la Alianza Francesa. Artistas participantes: Baltazar Balta, Delia Boado, Adriana Braceras Lussich, Elisa Canu, Elida de Cruz Duque, Isabele D. de la Cola, Héctor del Castillo, Rosario Magariños, Alfredo Maurente, Héctor M. Maya, Juan A. Parma, Shehila Etchebarría, Ambrosia Fagúndez, Julio García Velásquez, Jorge M. Gavary, Raquel P. de Caubarrere, Margarita Ramos de Pastori, Luis A. Raimondi, Mónica Sáenz, Inés Ugarte, Francis Vigil, María Rosa Zumarán.

7. Algunos datos poco más que anecdóticos: en la muestra del Subte la crítica miró con recelo (y con razón) la inclusión de Carnot Pose (Cyp Cristiali) en el campo de los “pintores domingueros”. En la de la Alianza Francesa participó Italia Ritorni, aunque por razones inextricables no figura en el catálogo de la exposición. Los artistas que se repiten en las dos instancias son Héctor del Castillo y Raquel Pérez de Caubarrere. Jean Pradier, a la sazón director de la Alianza Francesa, concursa como pintor en la prime- ra y es el organizador de la segunda.

8. El catálogo incluye un estudio de Thomas Grochowiak, noticias biográficas y reproducción a color de obras de: Jean Abels, Ida Bock, Erich Bödeker, Henry Dieckmann, Vivian Ellis, Minna Ennulat, Silvia Garde, Friedrich Gerlach, Erich Grams, Franz Josef Grimmeisen, Karl Hertmann, Franz Klekawka, María Kloss, Gerlinde Krauss, Lisa Kreitmeir, Maja Kunert, Rosemarie Landsiedel-Eicken, Dorothea Löbel- Boch, Karl Maeder, Eduard Odenthal, Paps (seudó- nimo de Waldemar Rusche), Max Raffer, Michael Schächl, Manfred Söhl, Rudolf Stapel, Emma Stern, Carl Christian Thegen, Adalbert Trillhaase, Max Vale- rius, Friederike Voigt, Jan van Weert y Josef Wittlich. Instituto de Relaciones Culturales con el Exterior, Stuttgart, Alemania, 1988.

9. Op. cit. pág. 3.

10. Mayling Carro Amorín, “Arte naïf yugoslavo: tres maestros”, El Día, 23/03/1988.

11. Olase (Colonia Suiza, 1940), que también gusta firmar Aldo Jehová, llegó a participar con gran destaque en la exposición del Subte de arte naïf: “Allí está impreso el verdadero Naïf. Porque la pureza subsiste dentro de toda una imaginación casi infantil” (E. Vernazza, El Día, 27/09/1976), poco antes de ser internado en la Colonia Etchepare, donde permanece en la actualidad. Obras suyas se vieron en la exposición “Límites” del Cabildo de Montevideo y se pueden apreciar en la muestra “Ojos Dorados” del Ministerio de Salud Pública.

12. Bollar había iniciado su formación con José Gurvich en el año 1961: “Él me hizo presente mi condición de primitivo o ‘naíf’, añadiendo que por esa razón se limitaría a ‘seguirme de lejos’ para evitar influencias culturales ajenas a mi manera de ser.” (Correspondencia con el autor, 02/04/2009). Junto con otros alumnos de Gurvich (Armando Bergallo, Clara Scremini, Ernesto Vila y Héctor Vilche) formaron el Taller Montevideo, de destacada trayectoria en Europa.

13. Entrevista inédita de Ana Guerra al hijo de Guillermo Vitale, que lleva su mismo nombre, sin fecha. La misma estructura narrativa se repite con ligeras variaciones en Don “Paco” Artega, Carlos “Pinki” Fuentes, Alexandro García, Salustiano Pintos, Arsenio Duarte, entre otros.

14. “Nuevo triunfo en Buenos Aires del Artista Guillermo Vitale”, s/firma, El Día, 10/12/1979.

15. Algunos mosaicos, como los de Aparicio Méndez y de            Juan Domingo Perón, nunca llegaron a amurarse, y está claro que no definen las filiaciones ideológicas de Vitale, cuyas preferencias políticas no le interesaba destacar: sus elecciones están supeditadas a la difusión de los iconos del momento.

16. Cuando Vitale inaugura una exposición al aire libre en el Cerro (en Grecia y Viacaba) participan “el Ministro de Transporte, Comunicaciones y Turismo, Dr. Justino Carrere Sapriza, el Intendente de Montevideo Gral. Carlos B. Herrera, autoridades locales y Departamentales, así como diversas personalidades del arte y la cultura”. “Exposición en el Cerro” s/firma, La Mañana, 23/11/1967.

17. En un artista contemporáneo como Ernesto Vila podemos encontrar un abanico semejante de referencias populares, pero cuya carga ideológica incorpora además siluetas “eruditas” y guiños a los conocedores del arte.









Documentos

Antecentes del arte naïf en Uruguay I



En setiembre, octubre y noviembre de 1976 se sucedieron en el Subte de Montevideo dos muestras de arte naïf organizadas por el Instituto de Cultura Uruguayo-Brasileño (ICUB) con la colaboración del diario El País y la Intendencia Municipal de Montevideo. 
La Primera Muestra Uruguaya de Arte Naïf fue el fruto de una convocatoria abierta en nuestro país (del 22 de setiembre al 1 de octubre) y le siguió el Primer Encuentro Uruguayo-Brasileño de Arte Naïf, con los seleccionados de la muestra uruguaya a los que se sumaron catorce artistas brasileños, en exposición entre el 26 de octubre y el 9 de noviembre del mismo año. Reproducimos algunas imágenes de los catálogos y el prólogo del Primerer Encuentro... con los créditos correspondientes en el entendido que representan un valioso testimonio de época.

"Prólogo.
El Instituto de Cultura Uruguayo-Brasileño (ICUB) tiene la satisfacción de presentar al público uruguayo el I Encuentro Uruguayo-Brasileño de Arte Naif, arte éste que, como todos sabemos, está en boga en Europa y Estados Unidos.
Once uruguayos, en conjunto con catorce brasileños, comparten esta exposición presentando, en una brillante fiesta de colores, los motivos más ingenuos y puros que de la imaginación de sus autores encuentran para, con la técnica más primaria, presentar sus emociones.
El ICUB siente orgullo de promover este primer salón después de la I Muestra Uruguaya de Arte Naif, que causó sorpresa pues no se conocían tantos artistas del interior y Montevideo en este género y de tanta calidad.
El ICUB concretiza una vez más una etapa en el proceso artístico del Uruguay y constituye de esta manera el enriquecimiento del arte en el país.
También el año pasado el ICUB promovió el I Encuentro de Tapicería Uruguayo-Brasileño, después de la Muestra Uruguaya de Tapicería, que fue un auténtico suceso por lo inédito y por los valores de artistas uruguayos que reveló.
Ahora, al igual que el año pasado, este I Encuentro Uruguayo-Brasileño de Arte Naif no es competitivo y los artistas participantes, además de la satisfacción de ver sus obras expuestas en un salón internacional, recibirán como recuerdo una plaqueta de cerámica confeccionada por un gran artista uruguayo."
Albino H. Peixoto, Jr.
Director
Octubre de 1976

El ICUB agradece:
Jurado de selección:
Dr. Mario Berta
Ángel Kalemberg
Vicente Martín
Intendencia Municipal de Montevideo:
Intendente Municipal: Dr. Oscar V. Rachetti
Director de la División Cultura: Prof. Carlos Ranguis
Diario El País:
Administrador, Carlos E. Scheck
Coordinadora de la Muestra Uruguaya, María Luisa Torrens
Coordinadores de la Mustra Brasileña, Crisaldo Morais y Pualo Wladimir
Montaje de la
I Muestra de Arte Naif y
I Encuentro Uruguayo-Brasileño de Arte Naif , Arq. Andrés Guffanti
Plaqueta de Cerámica, Jorge Abbondanza
Fotografías uruguayas, Frangella Estudios
Fotografías brasileñas, Luis – MASP

Artistas brasileños: Alexandre Filho (Manuel Alexandre Filho), C. Morais (Crisaldo D’Assuncao Morais), Elza O.S. (Elza de Oliveira Souza), Gerson (Gerson Alvez de Souza), Iaponi (Iaponi Soares Araujo), Isabel de Jesús (Isabel de Jesús), Ivonaldo (Ivonaldo Veloso de Melo), José Antonio da Silva, María Auxiliadora Silva, Grauben do Monte Lima, Neuton Andrade (Neuton Freitas de Andrade), Paulo Wladimir (Paulo Wladimir Pereira do Nascimento), Waldomiro de Deus Souza y Heitor dos Prazeres * (Pintura de tapa de catálogo)

Artistas uruguayos: Carmen de la Vega (Carmen Baqué Vega), Ketty E. Corredera Rossi, Héctor del Castillo Croce, Hugo de Marco Martínez, María Rosario Magariños de Bosch, Aldo Olase, Ago (Magdalena Páez Rodríguez) , Raquel de Caubarrere (Raquel Pérez Castells de Caubarrère), Cyp Cristiali (Carnot Israel Pose Ballejo), Jean Pradier (Jean Marie Othon Pradier), Margarita Ramos de Pastori.

* Heitor dos Prazeres (Río de Janeiro, 1898-1966) compositor y pintor autodidacta, fue el artista homenajeado por el envío brasileño. Del envío uruguayo, Alfredo “Lucho” Maurente (San Carlos 1910 – La Paloma, 1975) fue el artista homenajeado póstumamente.


Exposición: Arte Naïf en Uruguay





Juan Artega / Daniel Barboza / Luis Borteiro / José Castro / Julio César Coronel / Alfredo Cuello / Alberto da Rosa / Sergio Isaías Demaría / Arsenio Duarte / Miguel Euguren / Alicia Ferrari / Ramón Gallo / Ramón Lumaca / Lía Mainero / Orfila Martins / Américo Masaguez / Alberto Mastra / Alfredo Maurente / Joaquín Medina / Alberto Méndez / Annie Namer / Aldo Olase /  Juan Ángel Palomeque / Alda Pereira / Miguel Pérez / Humberto Rigalli / Italia Ritorni / Guillermo Vitale / Alejandro Yanes




El próximo jueves 7 de mayo, a las 19 horas, inaugura en Fundación Unión (Plaza Independencia 737, Montevideo) Arte Naïf en Uruguay. La exposición reunirá obras, fotografías y documentos de veintinueve creadores uruguayos, algunos en actividad, otros históricos, cuyas expresiones artísticas participan del llamado "arte ingenuo" y han sido producidas en distintas partes del país en un arco de tiempo que, en conjunto, abarca más de un siglo.


“Sin ingenuidad no hay belleza verdadera. Un árbol, una flor, una planta, un animal, lo son ingenuamente. Yo diría que el agua es ingenuamente agua sin lo cual aspiraría a ser acero pulido o cristal” 1


Pese a que la expresión arte naïf se ha popularizado y casi nadie ignora que refiere a una creación de aire infantil hecha por adultos, queda por establecer qué significado peculiar guardan hoy en día estas manifestaciones artísticas y determinar su lugar en el panorama de las artes visuales uruguayas.
La porosidad de las fronteras de un arte que puede ser disfrazado de ingenuo por artistas más o menos educados en las tradiciones modernas y la tentación de crear un estilo “fresco” a los ojos de un mercado ávido de supuestas purezas de espíritu, no facilita la tarea de los compradores, coleccionistas y teóricos del arte.
De cualquier modo, a los auténticos naïf poco puede inquietarles estas elucubraciones. Es la práctica gozosa de la creación lo que motoriza sus actos, la búsqueda de un paraíso que parece haberse perdido entre los rebuscamientos y prisas de la vida citadina, entre la pasividad y el anonimato propiciados por la avalancha de los nuevos recursos tecnológicos.
El arte ingenuo es, en este sentido, una forma de resistencia silenciosa y casi involuntaria, un remanso para una sociedad gobernada por la producción del capital y el consumo superfluo.
Naïf significa ingenuo en francés, derivado del latín nativus que significa “innato”, “original”, “natural”. El término nace, tal como se lo entiende hoy, en los albores del siglo XX con los mayores tiempos de ocio que posibilita a las capas sociales medias el desarrollo de la industria. Surge también del afán personal por desarrollar una habilidad que pueda ser bien considerada en el ambiente familiar o en el círculo de las amistadas mundanas.

Pintores domingueros, amateurs, jubilados, aventureros del pincel o del modelado, emplean sus ratos perdidos en imaginar situaciones y paisajes prístinos, recobran con la opulencia de los colores la belleza de un mundo interior que se revela a los ojos de los demás y a los suyos con la fuerza de una visión esperanzada.
Son, a diferencia de las tradiciones populares anónimas –que históricamente le preceden y con las cuales están en cierta forma emparentadas–, expresiones de una individualidad que pugna por salir.
La libertad de crear sin ataduras, sin leyes perspectivas o técnicas aprendidas, trae consigo errores y recompensas. Incluso los errores pueden trocarse en recompensas, pues de la valentía de afrontarlos sin ocultar ni menospreciar las limitaciones propias de un oficio complejo, surgen soluciones plásticas que no pasan por alto los conocedores del arte y que llaman la atención por su viveza y espontaneidad.
Hay, asimismo, un cambio de sensibilidad que habilita una mayor competencia interpretativa para más personas: ya no interesa recrear la realidad natural tal cual se ve o se cree ver –que la fotografía se encargue de “copiarla” –: importa decir lo que se siente y cómo se siente. El arte ingenuo se envalentona con el fervor de las vanguardias y adhiere a las conquistas de éstas. Baste recordar la famosa sentencia que el “aduanero” Henri Rousseau (1844-1910), indiscutido padre de la pintura naïf, le espetara a Pablo Picasso en 1908: “Somos los dos mejores pintores de nuestro tiempo, tú en el estilo egipcio y yo en el estilo moderno”.



Lo cierto es que un análisis detenido del fenómeno del ingenuismo también en el ámbito local ofrece dificultades en varios sentidos, ya que las fronteras se tornan porosas no sólo en la dicotomía entre el artista autodidacta y el “profesional”. También dentro del universo de los artistas singulares surgen dudas acerca de cuando lo infantil predomina y cuándo el talante expresivo toma las riendas de la creación.
Las producciones artísticas de los creadores no son homogéneas, ya se improvisen caseramente o hayan pasado por los corredores del taller y atravesado las puertas de la galería y los museos. El contacto con lo “ingenuo” puede asomar en el horizonte temporal de un mismo creador innato para luego sucumbir ante épocas de una pulsión más arrebatada y enérgica, o más abstracta y menos comunicativa.
Características del arte naïf que hemos de considerar como ejes curatoriales de esta muestra son: la supremacía del color, la necesidad  de colmar de sentidos y de formas toda la superficie –no librar blancos ni demasiados vacíos significantes–, el alejamiento deliberado o involuntario del naturalismo académico en pos de una figuración emotiva o fantástica,  la tendencia a lo narrativo y a la minucia –a contar historias con elementos no verbales pero precisos– en oposición a lo abstracto y lo detenido… y sobre todo, una visión positiva y luminosa de la existencia; un sentir que, ante la formulación global de un concepto artístico, incline el fiel de la balanza hacia ese costado más alegre y menos angustioso de la creación.
Huelga aclarar que en ningún artista se dan estos atributos o propiedades en su completa  expresión, de manera conjunta. Pero se espera que los reconozcamos en su esencia y que vertebren sus maneras.

Ni en la época de su formulación, ni en la de su auge, ni ahora que ya constituyen especimenes de antología, se dieron en Uruguay el ingenuismo ni el super-realismo o el futurismo. El hecho es tanto más notable si se advierte cómo inciden algunas de esas tendencias en las trayectorias artísticas de Brasil, Argentina y Chile. Cuando aquí se llega a filiar alguna pintura como ‘ingenua’ es porque, en la mayor parte de los casos, responde a incapacidad resolutiva y no a determinada voluntad…”. 2

¿Constituye el arte ingenuo una corriente histórica más en el concierto de las vanguardias modernas? ¿O se trata más de una actitud que de una corriente artística propiamente dicha? ¿Existe en Uruguay un número de creadores que amerite una aproximación histórica al tema? O por el contrario, como sostenía García Esteban, ¿Uruguay carece de intérpretes capaces de dicho fenómeno?  Estas son algunas de las demandas que esta muestra pretende solventar. O, quizás, más modestamente, intenta aportar elementos para un debate necesario fundado en evidencias empíricas y en posibles derivaciones.

Pablo Thiago Rocca.

***

1. Denis Diderot, “Sobre lo ingenuo y la lisonja”, citado por Jorge A. Camarota en “Un esquinazo al olvido: vida, obra y milagro de Joaquín Medina, pintor de tela”. Revista Paralelo 32, Paysandú, sin fecha, pág 33.

2. Fernando García Esteban, Panorama de la pintura uruguaya contemporánea, Ed. Alfa, Montevideo, 1965.

Imágenes en orden de aparición: San Francisco de Asís por Lía Mainero, Hipopótamos y helicópteros por Daniel Barboza y Nuestra Señora de La Paloma por Alfredo Maurente (detalle).


Agradecimientos:


Cecilia Brugnini / Sergio Caplan / Eduardo Cardozo / Isabel Cavadini / Ema Crottogini / Osvaldo do Campo / Adriana Dupont / Kirai de León / Julio Elizalde / Eloísa Ibarra / Enrique Gómez / Laura Juan / Estela Magnone / Ana Prego / Marlene Profumo / Paola Puentes / María Luisa Ritorni / Osmar Santos / Fernando Stevenazzi / Darvi Vargas / Guillermo Vitale (h).
Casa del Autor, Museo y Centro de Documentación de AGADU / Casa de la Cultura, Intendencia Municipal de Paysandú / Intendencia Municipal de Rivera / Colonia Dr. Bernardo Etchepare.


Créditos de la Exposición:

Curaduría: Pablo Thiago Rocca / Coordinación general: Pablo Thiago Rocca y Alicia Pérez / Asistencia general: Carolina Muniz / Producción: Fundación Unión / Restauración: Alicia Barreto / Montaje en sala: Rodrigo Candia y Pedro Abdala

Gorki Bollar (1944-2015) El pintor de sueños lúcidos


La noche del 27 de marzo pasado, en momentos que se desmontaba en Dodecá su primera muestra individual en Montevideo, falleció en Holanda Gorki Bollar.  Este pintor uruguayo de singularísima trayectoria tenía su pequeño atelier instalado en Ámsterdam, desde hace cuatro décadas. A principios de los años sesenta Gorki asistió al taller de José Gurvich en el Cerro y con un grupo de alumnos y colegas fundó el grupo “Taller Montevideo” (TM), que realizó varias exposiciones colectivas en Uruguay continuando la línea estética del Universalismo Constructivo. Obtenida una beca para viajar Europa en 1966, los cuatro artistas más activos del TM –Armando Bergallo, Héctor Vilche, Clara Scremini y el propio Gorki, luego se le uniría Ernesto Vila y Susana do Pazo–, se volcaron hacia un arte más experimental y rupturista, ligado al cinetismo y las performances callejeras. 
Alcanzaron un sitial de destaque en las neovanguardias europeas y norteamericanas del momento (actuaron en París, en Londres, en Chicago, representaron a Uruguay en la Bienal de Venecia). El legendario grupo continuó trabajando con variaciones en su integración hasta los albores del siglo XXI, pero Gorki se había separado a mediados de los años setenta para instalarse en Ámsterdam y dedicarse de lleno a la pintura, a la que, por otra parte, nunca había abandonado del todo. 

Mantuvo a lo largo del tiempo una estrecha amistad con los otros tres fundadores del TM  –todos aún muy activos en Holanda y en Francia- así como con sus vínculos en Montevideo. De hecho mantenía un contacto epistolar a través de cartas postales, e-mails y vía facebook, con una red de artistas y amigos uruguayos, con una frecuencia asombrosa. Nunca dejaba de responder un mensaje. Al igual que en su pintura, en su correspondencia Gorki transmitía un aire de cordialidad y delicada contención. Era muy reservado y evitaba las confidencias. Sin embargo, en una oportunidad se aventuró -con su estilo cauto- a contar algo de su historia:

Bollar, mi apellido, viene del nombre de un pueblo de la provincia de Vizcaya. Mis abuelos paternos ya habitaban en el Departamento de Treinta y Tres, donde tenían campo para dedicarse a la agricultura. Mi padre, Tomás Bollar, perteneció allá por los años treinta a una organización anarquista, llamada Lucha Libertaria, la cual había contribuido a formar al lado de un grupo de compañeros.  Publicaban textos y poesías relacionados con sus ideas; había entre ellos quienes escribían y otros que pintaban y exponían sus obras. (Su escritor favorito era Máximo Gorki, y por eso me dió su nombre). Todo esto sucedía en Treinta y Tres. Hacia 1939 mi padre se establece en Montevideo, donde trabaja como jefe de personal de una empresa de Montevideo. Aquejado por problemas de salud, mi padre falleció a temprana edad, en 1952. Me fue posible llegar a conocer su idealismo y convicciones. Elementos que más tarde encontraría en José Gurvich y su entorno. Conocí a Gurvich a través de Armando Bergallo y Héctor Vilche, que iban los domingos a pintar al Cerro. Gurvich dijo reconocer un primitivo en mí  […]   A los pocos meses, en 1962, fui invitado, junto con Bergallo y Vilche, a exponer en Amigos del Arte, que quedaba entonces en la calle Juan Carlos Gómez , siendo ésa mi primera exposición.”

Hasta hace muy poco, en Uruguay se desconocía su obra o se subvalorada. Los obstáculos para su asimilación no radican tanto en la inaccesibilidad de los originales como en su incómoda clasificación. Primero fue un pintor constructivo, más tarde incursionó en la pura abstracción (como telón de fondo a las creaciones del TM), luego realizó una figuración que al primer golpe de vista recordaba a los pintores naïf. 

Un estudio más detenido revela una increíble coherencia pictórica que se manifiesta y perdura en la sutileza de la línea, en la riqueza tonal y en una estructuración “de bajo ruido”, es decir, no marcada con cuadrícula ni con regla áurea. Es una pintura que lejos de ser anecdótica o de carecer de conflictos, acomete la extraordinaria aventura de transmitir estados anímicos sutiles, iluminaciones secretas, melancolías silenciosas, como si pintara sueños (pero no en la clave estentórea y pesadillesca de los surrealistas). 

La manera en que dispone sus personajes –léase personas, animales, bicicletas o copas de árboles– y los detalla con paciente destreza de miniaturista, nos obliga a pensar qué lugar ocupan en su pequeño mundo colorido, qué funciones cumplen, y por reflejo especular, qué papel jugamos nosotros, los contempladores de esas escenas luminosas y tocadas por el misterio. Reflexionando sobre su maestro Gurvich, Gorki escribió: “siempre he sentido que través de sus lecciones uno recibía una energía para continuar trabajando toda la vida. Como él decía: -‘...la pintura es una cosa que lo agarra a uno y ya no lo suelta más’.” La pintura no abandonó jamás a Gorki. Fue el barco por el que navega aún su imaginación, impulsada por una brisa fresca o como por arte de encanto.


Nota publicada por Pablo Thiago Rocca en Brecha, Nº 1533 p. 27, 10 de abril 2015. 
Imagen de Gorki del año 1967, gentileza de Walter Diconca.

Repercusiones de la muestra de Gorki Bollar: queda una semana



Al filo de las expresiones "naïf" y los nuevos primitivos, la obra Gorki Bollar destaca por su delicada factura e impactante cromatismo. Queda poco menos de una semana para que el visitante pueda apreciar obras originales de este artista radicado en Amsterdam, Holanda. Hasta hace muy poco, sus trabajos eran escasamente conocidos en el panorama de las artes visuales uruguayas. Esta muestra que culmina el viernes 27 de marzo, primera individual de Bollar en Uruguay, busca resarcir este desconocimiento. Hemos por ello seleccionado algunas críticas que han aparecido en la prensa nacional y alentamos al público a visitar la muestra.

Los sueños lúcidos de Gorki Bollar en Dodecá, calle San Nicolás 1306, a una cuadra de la rambla de Punta Gorda. De lunes a sábados de 10 a 21 horas. Hasta el viernes 27 de marzo de 2015.

"Lúcidos, solitarios, primitivos. En los pequeños cuadros hay perros, árboles, calles, casas, canales de agua, globos aerostáticos y algún barco, con su chimenea desproporcionada, de tamaño inapropiado para la composición general y en relación al resto de las figuras. Hay mucho color, es cierto. Si no fuera por el color, serían de enorme peso emocional, casi insoportables.  Hay hombres insertados en esos paisajes urbanos, sobre todo hombres con sombras de barba de pocos días en el rostro. Pero hay hombres y perros y árboles extraños, sueltos en el plano de la pintura, recortados, desnudos, sin sentido evidente, sin vínculos aparentes, desconectados, cada uno en su propio contorno. Algunas figuras están desnudas. Otras vuelan de costado por un cielo azul claro sin rastros de movimientos. Otros posan sobre un caballo, otros caen de globos o miran de frente al espectador, intrigantes e intrigados. La mayoría son toscos, duros, enigmáticos. Las escenas son aparentemente frías, silenciosas, estáticas. Son Los sueños lúcidos de Gorki Bollar, título de la muestra inaugurada en la pequeña y siempre luminosa sala blanco de Dodecá, en su sede de Punta Gorda, en la calle San Nicolás. Su autor, un artista uruguayo radicado en Holanda desde 1976, un hombre de nombre ruso puesto por su padre en homenaje a Máximo Gorki, mezclado con un apellido de origen vasco.
La exposición de Gorki Bollar (Montevideo, 1944), cofundador del Taller Montevideo (1963), un grupo mítico de los años 60, de investigaciones en el campo de la cinética y las novedades tecnológicas, incluye algunas pinturas y una serie interesante de dibujos, publicados en el libro La bicicleta etrusca, de Pablo Thiago Rocca. Se completa con algunaos recortes de diarios de los años 60 y varios testimonios sobre la presencia histórica del autor y su grupo en estas tierras, antes de radicarse definitivamente en Europa. Hay algunas fotos divertidas. Un grupo de cinco jóvenes con poleras negras en una pose que se parece más a un grupo musical que a artistas plásticos. Está fechada en la año 1967 en Londres. Allí están de pie, sonrientes, con algún pucho en la mano los cinco integrantes del Taller Montevideo: Héctor Vilche, Clara Scremini, Armando Bergallo, Gorki Bollar y Ernesto Vila. En la misma vitrina, una nota titulada “Taller Montevideo triunfa en Londres”, que habla de una experiencia realizada con un director de teatro uruguayo, otra que da cuenta de la trayectoria del grupo desde su fundación en 1964, de sus raíces torresgarcianas y la realización de algunos murales en lugares de la ciudad. Hablan también de las exposiciones, de los trabajos individuales, de su búsqueda en varias líneas de materiales (tapices, cerámica, piezas metálicas) para finalmente mencionar el trabajo “vanguardista” vinculado a la tecnología, en el que se embarcaron en Europa, especialmente en Inglaterra, ya con la incorporación de Ernesto Vila.
Todo es breve y preciso en este acercamiento al artista que fue alumno de José Gurvich (1927-1974), quien entre otras cosas le recomendó seguir su propio camino. Alcanza para ver una obra madura, con la solidez de un autor que supera la apariencia aunque simule que fue realizado por un niño. Algo casi imperceptible de Gurvich hay también en esos personajes desatados, recortados en el plano, desubicados en el conjunto que impacta por su limpieza, sencillez, claridad y tonos personales. Pero lo que en Gurvich bulle con imágenes infinitas y explosión interminable, en Bollar aparece en construcciones precisas de imágenes aisladas, de figuras aparentemente desconectadas. Hay extrema selección, ahorro en el desborde, con recursos desplegados en construcciones plásticas limpias que empujan a la extrañeza, perturban, involucran. En estos mundos construidos a plano de color tan personal, el autor se queda con lo esencial. Y logra que el factor humano juegue un rol en primer plano, desconcertante. Como en los sueños, pero en el sueño ‘lúcido’ del que habla el artista, donde uno parece elegir y despejar y soplar para que quede lo sólido, lo que está bien pegado como en un collage, lo que no se deshace en el aire.
La muestra incluye algunas pinturas con el estilo particular del artista, catalogado por sus trazos entre primitivo y naïf, aunque él mismo se ha encargado de descifrar estas fronteras a veces difusas. “Los naïfs tienden a mirar hacia fuera, a través del lente naïf. Por el contrario, el primitivo puede ser descrito como alguien que observa el interior con un ojo inocente, y en él ve un mundo de formas imaginadas”. Es cierto, Bollar está cargado de inocencia pero también de introspección. Mira hacia adentro y esa combinación es conmovedora.
Sus dibujos están casi en proceso de realización. Pero no son borradores. O al menos, parecen eludir este pequeño y sutil límite en el que la línea queda en suspenso a la espera de alguien que la complete, esa margen extraño donde la imagen termina por afirmarse, rebelada ante al insistencia de su creador. Esos dibujos ya están prontos, aunque escasamente poblados. Sus figuras humanas parecen recostadas al papel, a ese espacio vacío y terrible en el plano blanco del papel.  Un vacío propio de la mano que decide irse y apenas tocar la creación inicial, básica, la más provocadora. Es la vida que surge en un par de trazos rígidos, estáticos, a imagen y semejanza de la plenitud lograda en los hombres a color, a plena luz, en el borde la una ciudad atravesada por un canal, por globos, por gente que anda en bicicleta. Hay rostros que vuelven una y otra vez su mirada hacia el espectador, interrogantes, curiosos. Son hombres y mujeres de rostros cortados a hachazos, fuertes, de narices chatas y pocos detalles. Casi todos serios, aunque alguna sonrisa parece escapara de un leve movimiento de labios. Pero a diferencia de las pinturas, están en otro contexto, más radical, más existencial, tal vez por propio vacío material. Aparece uno detrás de una escalara pesada que no va a ningún lado, otro en una callecita solitaria, apretado por edificios de un paisaje exótico. Hay figuras míticas pero delicadas, hay sombras que apenas se insinúan, hay árboles que parecen formas de un territorios imposible de definir.

Es imprescindible e ineludible que el arte llegue a ese punto de simulación en el que un cuerpo humano ya no lo es, un río ya no es un río, un paisaje no se parece a nada que uno haya visto en este mundo. La obra de Bollar es cautivante, esencial en esa soledad, en esos mundos soñados, en esas figuras que esperan expuestas, de cara al visitante, para apelar a la poca lucidez que todavía pueda rescatar de la mirada del otro. Como los nios cuando miran desconcertados o lejanos. Desde la emoción que provoca estar a punto de descubrir algo. Esa es la sensación final de una obra y un artista uruguayo fugazmente recuperado." Carlos A Muñoz. Búsqueda. Jueves 19 de febrero de 2015. Pág. 37.

Dibujos en Relaciones. El número de marzo 2015 de la revista Relaciones, que dirige Saúl Paciuk, fue ilustrado con nueve dibujos de Gorki Bollar. En esta revista se publica también un fragmento del texto que fue titulado en este mismo blog como Sueños lúcidos. Un acercamiento a la pintura de Gorki Bollar: "GORKI BOLLAR, el plástico uruguayo que reside en Holanda, es el autor de los dibujos que se reproducen en este número, en los que un aire enigmático omnipresente los aproxima a lo que Pablo Rocca llama 'sueños lúcidos'. Las obras se exhiben en la Fundación Dodecá, durante todo el mes de marzo."

Dos pintores en síntesis. "...Por su parte, el Centro Cultural Dodecá presenta a Gorky Bollar (Montevideo, 1944), cofundador del histórico Taller de Montevideo en 1963, junto a Armando Bergallo, Héctor Vilche, Clara Scremini, en su primera exposición en el Semanario Marcha, ampliando sus integrantes y técnicas en la muestra del Jockey Club (entre ellos Susana do Pazo, hoy reconocida restauradora), para luego agregarse Ernesto Vila. Disconforme con el ambiente, el grupo fundacional se marchó a Europa donde adquirió nombradía por su audacia experimental (Ámsterdam, Londres, Venecia, Chicago). El grupo se disolvió en 1979, se llamó Taller Ámsterdam y redujo el número de integrantes. En 2000 estuvieron en el Museo Nacional de Artes Visuales y todavía el país tiene una agenda pendiente con su extensa y original actividad, que sigue, con variaciones, hasta hoy, separados definitivamente en 2004. Bollar fue uno de los primeros en separarse para seguir un camino individual. Se aferró a la pintura. El pequeño espacio de Dodecá se adecua como un anillo al dedo a sus dibujos y pinturas. Once dibujos que ilustran La bicicleta etrusca (2014), poesías de Pablo Thiago Rocca, siguiendo una línea narrativa que de manera sesgada e incorrecta está afiliada a los ingenuos yugoslavos y a la corriente metafísica italiana de Giorgio de Chirico, así como las cinco pequeñas pinturas y una de formato mediano, fechadas entre 1967 y 2012 / 2013. Tienen un cierto encanto, aunque no siempre están bien resueltas, pero es aventurado sacar conclusiones cuando se ignora lo que pasó en medio de las fechas mencionadas. En contraste con la limpidez del montaje, se hace notar la desprolijidad del jardín de entrada y los yuyos de la vereda. Influencia de la cultura mujiquista (sic), quizá, conquistadora de un amplio sector de la sociedad uruguaya.." Nelson Di Maggio, Voces, 5 de marzo de 2015. 



Sobre los dibujos de La bicicleta etrusca,  cuyos originales se exhiben en Dodecá:  "... El plástico Gorki Bollar hace más que ilustrar el texto. Genera su propio universo, en parte paralelo y en parte en diálogo, que al darle un ancla figurativa a esta Etruria y sus habitantes, curiosamente no la situá más cerca del lector, sino que la aleja. Así, la Etruria de Rocca y Bollar es tan inalcanzable, que sólo se puede llegar a ella a través de la poesía. Cualquier otro puente resulta inoperante..." Roberto López Belloso, Brecha, 17 de octubre 2014.


Arte onírico. Nota televisiva de Gustavo Fernández para Televisión Nacional Uruguaya sobre la muestra de Bollar.  Para ver el video haga clic aquí



Imágenes: Las dos postales al inicio que reproducen cuadros de Gorki Bollar y el boceto a lápiz, son gentileza de Susana Do Pazo.

Arte y mito en el árbol de la vida


Es una exposición como pocas se han visto en Uruguay en materia de arte popular y artesanías, tanto por su cantidad 600 piezas como por su calidad. Grandes Maestros del Arte Popular Mexicano1 es un paseo obligado no solo para los amantes de las creaciones populares sino para todo aquel que aprecie las artes plásticas en su más vasta acepción.

“Bien plantada. No caída de arriba: surgida de abajo. Ocre, color de miel quemada. Color de sol enterrado hace mil años y ayer desenterrado. Frescas rayas verdes y anaranjadas cruzan su cuerpo todavía caliente. Círculos, grecas: ¿restos de un alfabeto dispersado? Barriga de mujer encinta, cuello de pájaro. Si tapas y destapas su boca con la palma de la mano, te contesta con un murmullo profundo, borbotón de agua que brota; si golpeas su panza con los nudillos de los dedos, suelta una risa de moneditas de plata cayendo sobre las piedras. Tiene muchas lenguas, habla el idioma del barro y el del mineral, el del aire corriendo entre los muros de la cañada, el de las lavanderas mientras lavan, el del cielo cuando se enoja, el de la lluvia. Vasija de barro cocido: no la pongas en la vitrina de los objetos raros. Haría un mal papel. Su belleza está aliada al líquido que contiene y a la sed que apaga. Su belleza es corporal: la veo, la toco, la huelo, la oigo. Si está vacía, hay que llenarla; si está llena hay que vaciarla. La tomo por el asa torneada como a una mujer por el brazo, la alzo, la inclino sobre un jarro en el que vierto leche o pulque –líquidos lunares que abren y cierran las puertas del amanecer y el anochecer, el despertar y el dormir…”. Sabrá disculpar el lector esta larga cita inicial, pero no es posible hablar de la artesanía mexicana sin remitirse al ensayo que Octavio Paz dedicó al tema bajo el título “El uso y la contemplación”.2 
Comenzar con Octavio Paz obliga también, por contraste, a evocar la figura de Juan Rulfo: tradiciones literarias extremas que nos recuerdan la complejidad radical de un México dadivoso de arte y maravilla. Pues, tras la aparente simplicidad temática del arte popular dimana siempre, como en la buena literatura de aquellos dos mexicanos, una complejidad secundaria o terciaria. En el caso de la artesanía, desvelado el motivo simple y a veces risueño, despunta luego un barroquismo mareador, una técnica preciosista o una profundidad arquetípica en las imágenes que se adentra en la noche de los tiempos. Esta ambivalencia que se descubre de forma progresiva o escalonada es quizás la característica más notable y común del arte popular. (A diferencia del arte contemporáneo que muy a menudo se basa en un solitario golpe de efecto).
Los objetos artesanales parecen seguir una tradición estacionaria, rígida y duradera, pero cada artesano le imprime su toque y modifica con las manos una línea de trabajo centenaria. En esa tensión entre lo que viene del pasado y lo que fructifica en el presente, entre el conocimiento que abreva de la familia y de la comunidad toda, surge una obra que es síntesis colectiva y arte con mayúsculas.
Porque las artesanas y artesanos mexicanos, como pronto caerá en cuenta el visitante de esta muestra, no se andan con pequeñeces.3  Los alfareros, por ejemplo. Nombres como Jorge García Antonio y Dorotea Mateo Sánchez han concebido piezas de gran porte donde hasta los detalles son monumentales. Gigantes cuencos con cabeza de gallina (en un estilo próxima a cerámicas paraguayas de Itá), una figura femenina con un sapo como tocado sobre en la cabeza, vestidos florales, una mujer que abraza dos cisnes que tocan el violín y felinos que tocan la flauta. La imaginería fantástica de Irma García Blanco surge de un contacto con la naturaleza –animales de corral, domésticos y salvajes– muy distinta y distante de la producción industrial, ya que implica otras formas de ver y fabular el entorno. En un gran número de piezas la función de las mismas es simplemente decorativa o tímidamente votiva. Es decir, pesa más la función de símbolo que la utilitaria (si la tuviere), precisamente porque como sostiene Octavio Paz, “pertenecen a un mundo anterior a la separación entre lo útil y lo hermoso”.

Seis pilares. La riqueza del arte popular mexicano descansa, según José Tudela de la Orden, en seis pilares.4 El primero de ellos es la diversidad de culturas precortesianas –olmeca, tolteca, teotihuanaca, huasteca, maya, totonaca, mixteco-zapoteca y azteca– que según este autor fueron “más variadas en estilos y con más sentido decorativo que las artes del otro gran foco cultural, el Central-Andino, del antiguo Perú”, en donde primó un concepto ingenieril sobre el decorativo y el arquitectónico. (No entraremos en discusión  sobre este punto, respetamos el juicio de Tudela en tanto propone una noción de “arraigo” de las artes manuales más que de contenido propiamente dicho). El segundo pilar se erige gracias al temprano ingreso por mar de los contingentes españoles, y su relativa facilidad de acceso en comparación con otros destinos americanos, como los puertos peruanos o rioplatenses, situación que fomentó una mixtura cultural más intensa y precipitada. El tercer pilar consistiría en el influjo francés a través del Imperio de Maximiliano que, aunque efímero, condujo misiones científicas y artísticas que dejaron su huella. En cuarto lugar, “por ser la puerta de entrada del puerto de Acapulco de las influencias artísticas orientales aportadas por el Galeón de Manila, pues aunque esta influencia se dejó sentir en todo el arte virreinal, fue mucho más intensa en las artes decorativas de Nueva España.” El quinto pilar, según entiende el cronista español, el carácter nacionalista mexicano volcado a un indigenismo entusiasta en todos sus matices regionales, desde la indumentaria a las fiestas pasando por los instrumentos musicales, que hace “de los propios mexicanos grandes compradores de objetos de su arte popular”. Por sexto y último pilar, se entiende el crecimiento del turismo y la proximidad de los Estados Unidos de Norteamérica como de extraordinaria importancia para el impulso económico de estas expresiones.
Pese a que estos fundamentos fueron expuestos hace ya  medio siglo, explican, al menos los cuatro primeros, la variedad social y la relevancia histórica del arte popular mexicano. Nada nos gustaría más que creer que los dos últimos pilares siguen vigentes,  pero sería ingenuo creer que la globalización de los mercados no haya operado en su contra. De hecho, esta muestra es expresión de la necesidad de apoyo ante la posible desaparición del saber artesanal. El éxito de la exposición debe medirse pues, no solo dentro los límites físicos de la muestra sino en la amplitud de sus cometidos y alcances sociales. (Ver líneas abajo "Contra el peligro de extinción")

Árbol de la vida y la muerte. La populosa presencia de la muerte en forma de calaveras, como era dable esperar, conoce infinitos matices en esta muestra. Oscar Soteno García construye con simpáticas calacas los florecientes árboles de la vida, y las mezcla con las danzas típicas mexicanas. Alfonso Castillo concibe un magnífico árbol homenaje al mole. El árbol de la vida es, en manos de estos maestros, un continuo e inevitable entrelazamiento. El barroco es vivido como un fenómeno de paciencia expansiva. Comienza con formas sencillas que se superponen hasta llegar a lo complejo, pero no hay solución de contigüidad. Así el árbol vincula al individuo con lo anónimo, liga al mundo religioso con el profano. Es un laberíntico eje del mundo por donde circula la energía atávica de la vida y el fulgor de la muerte. Todo ha de transcurrir entre el cielo y la tierra: los pesebres o natividades, la revolución de Pancho Villa y las bodas, la parada de ómnibus y los músicos ambulantes. Al cabo, el mundo imaginado se desliza en un mestizaje alegre de color y ternura. Las gigantes piñas puntiagudas y las torres de ollas de Pedro Ruiz Martínez participan también de esta algarabía barroca. Todas las piezas, en su visible factura humana, táctil, invitan a ser palpadas: de allí la proliferación museística de los carteles prohibitivos, “Por favor no tocar”.
Naturalmente no hay un único recorrido posible. Como la vista de uno de sus árboles de la vida, la exposición puede ser una experiencia caótica y sensual. En una sala nos reciben tres estilizados jaguares de buen tamaño, creaciones de Alberto Bautista Gómez, y al salón contiguo, en un sector destinado a las máscaras, descubrimos una asombrosa que lleva tres rostros y cuatro ojos. Se ha moldeado de tal forma que una única máscara compone dos caras asombradas y un tercera llena de ira, con un sentido de la economía realmente macabro.
En su realidad inabarcable la muestra nos transmite algunas certezas: la vitalidad de las expresiones populares mexicanas y su ligazón con los arquetipos y las imágenes ancestrales. La gratuidad del gesto artesanal que no escatima tiempo ni trabajo, la generosidad de materiales y color, la alegría no por infantil menos cierta de descubrir la miniatura encapsulada en lo pequeño… todo eso debe venir atado al mito –al sueño profundo que bebemos noche a noche–. Para que sobrevivan y no sucumban ante la invasión global de los souvenirs y las baratijas importadas, las prácticas artesanales deben palpitar un verdadero arraigo en la costumbre y en lo fantástico cotidiano, por parte de quien realiza y de quien compra. No se inventa la artesanía, se recrea. No se puede mentir el sentido de lo popular o de la tradición, pero hay que saber buscar y encontrarla.

Notas

1. Museo de Arte Precolombino e Indígena (MAPI), Fomento Cultural Banamex, A. C. Hasta 31 de marzo 2015.
2. In/Mediaciones, Editorial Seix Barral, Barcelona, 1979.
3. Referimos en particular al volumen de trabajo: la miniatura siempre tendrá un lugar de privilegio en el corazón del artesano y México no es la excepción, como lo prueba aquí las asombrosas piezas en filigrana de plata.
4. Arte Popular de América y Filipinas, Instituto de Cultura Hispánica, Madrid, 1968.


Contra el peligro de extinción

“Factores de muy diversa índole amenazan la producción artesanal tradicional y sus procesos de ejecución; destacan, entre otros, las características del mercado, la escasez o alto costo de las materias primas y el tiempo que requieren para realizarse las piezas de factura más laboriosa.
Es por ello que Fomento Cultural Banamex, A. C. estableció en 1996 el Programa de Apoyo al Arte Popular, generando un modelo de apoyo integral, cuyos objetivos centrales serían: evitar la extinción de las manifestaciones artesanales ancestrales, a través de la formación de talleres y capacitación de maestros y aprendices, reforzar la identidad cultural y el orgullo de los artesanos; coadyuvar al arraigo de la población rural e indígena y al desarrollo de sus comunidades a partir de la creación de nuevos empleos y actividades productivas, así como apoyar la generación de alternativas para la comencialización de la piezas artesanales. Para poder cumplir con objetivos tan ambiciosos se diseñó el proyecto subdividido en tres fases:
1) Identificar las especialidades artesanales y reconocer la labor de los grandes maestros. A través de un trabajo de investigación llevado a cabo por FCB se detectó y reconoció la trayectoria de 181 artesanos. La selección abarcó 117 comunidades distribuidas a lo largo de la República Mexicana. Se desarrolló una clasificación de nueve ramas artesanales –barro, madera, piedra, textiles, metales, papel, piel, fibras vegetales y materiales varios- dividias a su vez de acuerdo a la técnica utilizada, la región donde se aplica, el tipo de obra y el uso que se le de a la pieza.
2) Apoyar la formación de talleres artesanales, la difusión y la promoción de la obra y el establecimiento de contactos para su difusión. En esta segunda fase se destaca la organización de exposiciones artísticas dentro y fuera de México, así como una labor editorial para difundir la riqueza, variedad y calidad de la producción artesanal.
3) Abrir y fortalecer canales de comercialización para la producción artesanal a través de nexos comerciales, convenios mercantiles de los artesanos con importadoras y exportadoras y otros agentes de venta en México y en el extranjero. En sus 18 años de creación el Programa ha beneficiado de manera directa a más de 1.500 familias. Las mujeres y su esfera de influencia –hogar familia– ocupan un lugar importante ya que más de 800 participan directamente en el Programa. Lo mismo ocurre con los grupos indígenas que abarcan 21 etnias de 17 entidades de México. (Comunicado de Fomento Cultural Banamex A. C.)”

* Nota de Pablo Thiago Rocca publicada en 

Imágenges gentileza del MPI