Últimas donaciones



El proyecto Arte Otro en Uruguay se nutre de la generosidad de artistas e investigadores que colaborar para formar un acervo documental sobre temas afines a estas manifestaciones artísticas. En estos últimos días hemos recibido una serie de obras y documentos de la que queremos dar cuenta como forma de agradecimiento.


1. De Ricardo Orsi. Publicación Luiz Costa e a Cor de Ricardo Orsi, Verano Editora, Brasilia, 2003. 132 p.; il. 

"Com autoria de Ricardo Orsi e publicação da Verano Editora e Comunicação, vem a público LUIZ COSTA E A COR.  O texto e os trabalhos reproduzidos confirmam a certeza do título ante o vigor do colorido tropical exibido, baseado numa pintura artesanal.  Nas entrevistas com Orsi, Frausino e Siqueira, está a trajetória do lavador de carros, servente e auxiliar da Galeria Oscar Seraphico, onde viu brotar o seu pendor, que se consubstanciou a seguir... 'A pintura me salvou". Declara-se fortemente inspirado no Grupo Santa Helena, participa do grupo dos coloristas de Brasília e não teme repetir-se: "O mundo a partir da repetição". No meu entender, repetição no linguajar de Luiz representa o desdobramente de uma temática em várias nuances, na tendência da definição de sua linguagem própia. O livro também nos mostra em seu Manifesto, que o artista se faz sedimentar em forte sentimento cristão."

 2. De Annie Namer. "El libro y la bicicleta" de Annie Namer, óleo pastel sobre papel Canson, 10 x 15 cm, Montevideo, 2015.

3. De Pincho Casanova y Mararena Montañez. Afiche de Véio (Cícero Alves dos Santos)  Bienal de Venecia (Abbazia di San Gregorio), Italia. Marzo - noviembre 2015.

4. De Daniel Barboza. "Pequeña cabeza de cerámica esmaltada" de Daniel Barboza. Cerámica, 5 x 5 x 4 cm. San José, 2015. 

5. De Alda Pereira. "La gallina azul" de Alda Pereira, acrílico sobre fibra, 22 x 17 cm, Tacuarembó, 2015.

Exposición de Raúl Javiel Cabrera y actos esteristas en París y Barcelona



Bajo el título Acte Esterisme nos llega información desde Europa de próximas actividades del grupo esterista que incluyen obras de teatro, filmes y exposición de obras de Raúl Javiel Cabrera (Cabrerita). A continuación difundimos:


A C T E   E S T E R I S M E
6, 7 et 8 Novembre  2015

A PARIS


EXPOSITION : Javiel Raúl Cabrera (Aquarelles et dessins)  Primitivo Cano (Sculptures)

THÉÂTRE: «Cabrerita» «Parrilla, profesor de amor» (en langue espagnole) Teatro de la Alhambra, E. Cervieri (Uruguay)

FILM : «Estérisme 1944-2012» «Que le mystère demeure» Productions Estérisme


GALERIE DE NESLE - 8 rue de Nesle - 75006 PARIS Tel : 01 43 25 25 41- www.galeriedenesle.com, Métro : Pont-neuf (ligne 7) - Odéon (lignes 4 et 10)
RER : Saint-Michel / Les Halles Bus : 24 / 27 / 58 / 70 Parkings : Rue Mazarine - Ecole de Medecine - Place Dauphine



A BARCELONE

THÉÂTRE:  29 et 30 octobre 2015 - 21h00 - «CABRERITA» BREU teatre estratégic - Carrer de l’Hort de la Bomba 6, 3°- 1a 08001 Barcelona

THÉÂTRE:  3 novembre 2015  - 19H30 - «PARRILLA, PROFESOR DE AMOR» «LA NENA» C/Ramón y Cajal, 36 - Gracia - 08012 Barcelona

"Cumpliendo su destino hermoso". Repercusiones de Arte Naïf en Uruguay (V)



Es el arte ingenuo, arte por fuera de las escuelas, las tendencias estéticas y comerciales de cada tiempo. De él se ocupa esta muestra, ambiciosa por la  cantidad y la calidad de las obras presentadas, que para el espectador, sobre  todo el no especializado, aportan la gratificación de adentrarse en universos  donde la sorpresa, el placer, y aun el humor, van de la mano.

 Cuando alguien que no es crítico ni entendido en arte entra en la sala mayor de  la Fundación Unión, lo primero que llega a los ojos –que no son dominados por la voluntad, simplemente van– es un paisaje de alegría. Un árbol de redonda  copa, toda ella habitada por pequeñas flores, sobre un pasto a su vez habitado  por pequeñas flores. Sólo el trazo marrón del tronco, en la mitad, interrumpe  ese doble juego picadito, debajo de un cielo de tonos rosados y azules que ocupa los dos extremos superiores del cuadro. ¿Por qué llama tanto esa delicada ventana, que tiene algo de puntillista en su recreación como infantil de detalles luminosos? Quizá porque se nos promete una exposición de arte naïf, que quiere decir ingenuo, lo que implica probablemente –luego veremos que no siempre– un cierto aire infantil, en lo que este término tiene de espontaneidad, de falta de autoconciencia y de teoría, y de abundancia, en cambio, del placer de hacer por el placer en sí. Según Nelson Di Maggio, entonces director de la galería de arte de la Alianza Francesa, donde en 1977 se hizo una muestra titulada Pintura ingenua uruguaya, “Son formas que no solicitan una doble lectura y que eluden limpiamente el símbolo y la alegoría y no buscan penetrar   más allá de la superficie de las cosas vistas o imaginadas; su percepción óptica les basta”.  

No está mal para un espectador naif ir a ver arte naif. En un recorrido completo pero que trae luego, como es inevitable, memorias incompletas, nos dejamos llamar por las obras, lo que implica tratar de saber algo de sus creadores.
La creadora de ese primer cuadro llamador, conjuro de oscuridades, se llama Annie Namer. Nació en Hungría en 1930, emigró a Uruguay después de vivir tres años en París, a consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. De esos antecedentes se podría esperar la generación de trazos oscuros y torturados, pero las cosas que pinta Annie delatan cualquier cosa menos oscuridad. Una novia en la copa de un árbol, también habitada por un bebé en su canasto, un   anciano, un par de niños; una plantación de árboles rosados, una boda con su   cortejo que incluye la torta, los árboles, siempre. Por momentos, por el detalle,   el pequeño trazo, se evoca la textura de algunas escenografías que el gran Michel Ocelot diseña para sus espléndidas animaciones.


Namer es una entre los artistas destacados por el curador de la muestra, Pablo Thiago Rocca, que viene hace años estudiando, registrando, poniendo bajo a   mirada pública ese “arte  otro” que va por fuera de las galerías, las teorías estéticas, las pujas del mercado del arte y los afanes críticos. En esta muestra hay obras de hombres y mujeres, algunos que han transitado por los corredores de eso que llamamos “problemas mentales” y han estado internados en instituciones donde la guía de algún tallerista de arte les abrió las puertas de lo que tenían escondido y quería salir como formas, colores, volúmenes. Otros fueron simplemente  trabajadores, buenos vecinos, animadores de gestas individuales y comunitarias, aventureros casi inimaginables para nuestra prudencia ciudadana, solitarios, gente que de un oficio pasó a otro con la naturalidad –y la seriedad– con la que un niño deja un juego para enfrascarse  en otro. Entre ellos hay gente que pinta, que hace esculturas de distintos materiales, o miniaturas que florecen dentro de una botella, o mosaicos recreando personajes ignotos o importantes, o que puede hacer brotar un paisaje alucinado a partir de los objetos más corrientes, e incluso contar otra historia, con encuentros de próceres con dioses. Son 29, algunos han muerto, otros son muy mayores, y alguno apenas pasa la juventud.

Thiago Rocca define para Brecha las características del arte naif que hemos de considerar ejes de esta muestra: la supremacía del color, la necesidad de colmar  toda la superficie de la obra, el alejamiento del naturalismo en pos de una  figuración emotiva o fantástica, la tendencia a contar historias, el cuidado detallista, y sobre todo, una visión positiva y luminosa de la existencia.  

Sin embargo, un cuadro con una figura que parece un escueto monje, con un animal al lado que podría ser un  perro o un lobo, da una imagen algo lúgubre e inquietante (y  sin  embargo, es San Francisco). Al  lado, otros cuadros sin   “supremacía del color” y un aire que podría ser cualquier cosa menos el resultado de “una  visión  luminosa de  la  existencia”: uno que se llama  “Poeta y manzana” trae a un delgado hombre que tiene algo sumido e inquietante; otro, con una carroza que se aleja por un camino flanqueado por  árboles marrones, tiene como una seria melancolía que bordea lo mortuorio. El crédito pertenece Lía Mainero Berro (1902-­1964).

“Sin duda, su obra  es la menos naif de toda la muestra. Pero es difícil que  algún artista contenga todas las características señaladas. En el caso de Lía Mainero, una mujer de carácter independiente y de orígenes aristocráticos (bisnieta  del presidente Berro), si bien hizo un camino artístico por fuera de las corrientes pictóricas de su tiempo, realizó muestras individuales, estuvo en salones nacionales y municipales, pero hay una temática bien naif, recurrente   en su obra: magos, bosques, juegos de niñas, caminos perdidos, el tema de la pureza...”. (Ese ligero toque amenazante que está en sus cuadros podría ser,   entonces, el mismo que albergan los cuentos infantiles tradicionales.) Lía no fue   unánimemente aprobada pero Eduardo Díaz Yepes dijo que ella “ofrece al  espíritu fatigado de tantas apreciaciones sobre técnica, ismos artísticos, unas  expresiones sensibles, de un mundo íntimo, lleno de poesía y gracia.   Expresiones dadas por una mano sensible, sabia e ignorante como la de los niños. El elogio de la locura es el elogio de lo nacido sin artificios que es en definitiva, la primera condición de la obra de arte. Condición que Lía Mainero cumple sin darse cuenta del todo, como una planta nos da su flor cumpliendo su destino hermoso.”

Como capturada por el universo que es o comprende lo infantil, la mirada se dirige a un cuadro donde el mundo se replica, o se duplica: múltiples figuras  humanas en torno a una suerte de plaza, que parecen, la mitad de ellas, paradas de cabeza. “De hecho, se podría colgar al revés de cómo  está colgado”, explica Thiago Rocca. A su lado, en un árbol que tiene algo del mexicano árbol de la vida, los niños cuelgan de flores o de ramas, como adornos vivos. Y en otro más, sobre una mesa redonda, pequeñas figuras se deslizan en un tobogán, se suben a  un globo, arrastran una carretilla; es como un pedacito de un Brueghel juguetón. Su autora es Alda Pereira (Tacuarembó, 1945), maestra e inspectora de Primaria ya jubilada. Seguro que es la larga frecuentación de los niños lo que imprime a su pintura ese toque pícaro, de humor y gracia, que   hace   que   hasta   una   representación   de   Isadora  Duncan  en  el  momento  de  su   terrible   muerte   en   automóvil,   con   la   larga   bufanda   que   la   causó,   no   pueda  escapar  a  un  tono  de  juego.  
Las  mujeres  representadas  en  la   muestra,  además  de  las  tres  ya  seña-­ ladas,   parecen   ocuparse   sobre   todo   de   temas   que   tienen   que   ver   con   el   sentimiento,  y  con  la  representación   misma   de   la   mujer.   Italia   Ritorni   (Mercedes, 1888 – 1986), firma “ Los novios”  “Muer con espejo”. Que tienen la apariencia que uno asocia a los cuadros del siglo XIX, tanto por la temática como por su terminación cuidadosa y tersa. Orfila Martins (Santana   do   Livramento,   1923 Rivera, 2011) fimra un cuadro a la vez grácil y tieso, como son tiesas las figuras humanas que a cierta edad dibujan lo niños:   una   mujer   mira   al   frente   y   la   otra,   un   poco   más   atrás,   está   de   espaldas.   Alicia Ferrari (Artigas,  1949)  trae  una  sirena  envuelta   en un mar de distintos tonos de azul,  con   un   pequeño   arco   iris   cercano   que nuclea a dos cabezas de mujer. Ferrari pasó por  la Colonia Etchepare, donde comenzó primero a pintar escenas  urbanas  para  luego  concentrarse   en   sirenas,   seres   alados,   diosas del mar. A veces firma con otros nombres:  la  sirena  de  la  exposición lleva la firma de Eva Eunice.

La Colonia Etchepare, o su taller   artístico,   parece   fundamental   en   el   derrotero   de   algunos   de   estos   artistas.   También   por   allí   pasaron Alejandro Yanes (Santa Lucía, 1972),  antes  trabajador  rural  y  uno   de  los  más  jóvenes  de  la  muestra,   cuyas   pinturas   muestran   paisajes   perfectamente   alineados,   como   hechos   con   regla,   con   las   casas,   árboles,   personas,   animales,   bien   ordenados,  pero  oponiendo  a  la  rigidez de las líneas un colorido intenso y alegre. Y Daniel Barboza (Constitución, Salto, 1967), que comenzó a pintar alentado por la tallerista Isabel Cavadini; el cuadro acá presentado,   hipopótamos   sobre   un   paisaje   de   atardecer,   diseñados   con   múltiples   rayitas   de   colores,   tienen   toda   la   gracia   y   el   desparpajo  que  se  espera  del  arte  ingenuo.
También Luis Borteiro (Carmelo, 1947 – Santa Lucía, 2011) empezó a pintar bajo la guía de la tallerista Hilda Ferreira en la Colonia Etchepare:  marinas,  escenas  campesinas  y  coloridos  globos.

DE CIRCO, PLAYAS Y JARDINES

Detrás   de   la   obra   ofrecida   hay   historias  de  vida  particulares,  que   Thiago   Rocca   exploró,   buscando   quizás identificar la génesis de ese fenómeno  o  actitud,  esa  necesidad   de   crear   cuando   nada   parece   señalar   que   hay   que   hacerlo.   De   su  trabajo diseñanado esos perfiles de los  artistas  son  los  datos  usados  en   este  artículo.  

Orfila Martins provenía de una   familia   modesta   y   con   muchos  hijos,  trabajó  de  peluquera  y  comenzó a pintar de mayor, a escondidas   de   su   marido.   Italia   Ritorni,   de   una   clase   social   acomodada, se casó por primera vez a los  70  años  y  “continuó  pintando   como  si  todos  los  días  despuntara   el  siglo”.  

Y si de historias se trata, ninguna   más   curiosa   que   la   de   Joaquín   Medina  (Paysandú   1899 ­ 1974).   Se   escapó   de   su   casa   a   los   9   años   y   se   fue   con   un   circo,   en   el   que   llegó   a   ejecutar   un   número   espectacular:   atado   a   un   trapecio,   con   una   paleta   en   una   mano   y   los   pinceles   en   la   otra,   pintaba   a   15   metros   de   altura,   en   cada   vaivén   del   trapecio,   sobre una tela fija apropiadamente colocada.   Pero   también   fue   domador,   blandengue,   compositor   de   tangos,   vestuarista   y   escenógrafo del Carnaval de Paysandú, un cultivados de muchso oficios que,   una   pena,   no   incluyó   entre   ellos  el  de  escritor,  para  dejar  sus  memorias. Quizás tenías que ser  alguien   así   para   ser   considerado   como  “el  verdadero  iniciador  de   la   pintura   ingenua   uruguaya”.   Uno   de   sus   cuadros   en   esta   exposición “La familia”, tiene una aire surrealista: de derecha a izquierda y   de   abajo   hacia   arriba,   describiendo  un  círculo,  se  ve  un   cuadro caído, una mujer de perfil melancólico   con   una   niña   prendida   a   su   costado,   la   silueta   pequeña,  la  más  lejana,  de  un  hombre que se aleja. En el otro, “El camino”, una larga fila de niños marcha de espaldas,   y   sólo   uno,   entre  todos,  está  al  revés,  mirando  al  que  mira.


También   de   crónica   popular  y   agreste   –esa   que   parecía   perdida después de Paco Espínola y Mario Arregui, y que está siendo   retomada   por   una   nueva   generación   de   escritores   del   Interior, es  la  vida  de  Ramón Gallo (Concorida, 1949 – Paysandú 1998).   No   en   presencia   sino   en   una   fotografía   puede   verse   en   la   exposición   una   inquietante   y   poderosa   escultura,   que   se   con-­ serva  en  la  Junta  Local  de  Quebracho:  un  enorme  tronco  –parece  de  verdad,  pero  no  lo  es–  con   macetas   y   pájaros,   y   una   impresionante   anaconda   emergiendo   de  él.  La  crónica  dice  que  estuvo   en   un   circo,   que   amaestraba   perros   y   hacía   cualquier   acrobacia   con   los   caballos.   Sus   macetas   y   esculturas  –enanos  de  jardín,  cisnes,   conejos–   fueron   una   forma   de   ganarse   la   vida,   pero   la   mayor   parte   de   su   obra   se   ha   perdido, descontando el “tronco”, el quiosquito El palo y algunos bustos de Artigas que donaba.

De   un   talante   opuesto   pero   no   menos   digno   de   memoria fue Américo Masaguez (Montevideo, 1929 – Barros Blancos, 1999),   que   pasaba   copiando   láminas desde la niñez y se convirtió, según su propia definición, en   un   pintor   mentiroso   “porque   me   gusta   pintar   lo   que   no   tengo   ni  puedo  tener”.  Se  ganó  la  vida   pintando   guardas   decorativas   en   carros,   autos,   camiones   y   ómnibus, y en su casa de Barros Blancos   pintó   una   pared   de   ladrillos   sobre   una   cortina,   una   estufa   de  leña   en   la   pared,   un   perro   recibiendo   a   la   gente   tras   una   puerta   en   el   porche.   Una   foto   de   la   exposición   da   cuenta   de   una   de   sus   ocurrencias:   una   estatua   de   Carlos Gardel que había conectado  con  un  tocadiscos,  de  manera que la voz parecía salir de  estatua,  y  que  instaló  al  frente  de   su  casa  allá  por  1959.

Y si de vidas se trata, no  puede faltar  Alfredo  “Lucho” Maurente (San Carlos, 1910 – La Paloma, 1975), que murió el “año de   la   orientalidad”,   al   saber   de   la   destrucción   del   viejo   muelle   en   que   vivía.   Maurente   fue   obrero   de   la   construcción   y   vendedor   ambulante  hasta  que  se  instaló  en   La   Paloma,   donde   fue   pescador,   eximio   cocinero   en   el   pequeño   restaurante   instalado   en   su   propio rancho, y donde se hizo pintor y escultor: suyo son el Cristo de  los  Pescadores,  la  sirena,  el  timonel   en   el   centro   del   balneario.   Se  asegura  que  fue  amigo,  y  motivo   de   inspiración,   de   escritores como Haroldo Conti, Juan Carlos Legido, Silvina Bullrich. Como  muestra   de   la   pintura   de   Maurente   –y  de su   espíritu–,  se  exhibe acá un gran cuadro de Adán y Eva que, en parte, parece inspirado en el homónimo de Tiziano–:  el  pintor  cubre  con  hojas  los genitales de ambas figuras, pero los incorpora, y bien la  vista,  en   el  árbol.  (Precisamente,  el  Primer   Encuentro Uruguayo-Brasileño de Arte Naïf, que se desarrolló en el Subte Municipal en octubre y noviembre de 1976, homenajeaba al artista de La Paloma.) El rochense Alfredo Cuello (1972) es su último discípulo. Inspirado  en sus obras, empezó a crear las propias en arena y Pórtland, de las que la Virgen de  San  Nicolás,   ubicada   en   Punta   Rubia,   es   la   de   mayor  porte.

DE CASAS, JARDINES Y PRÓCERES         

Otra   foto   –única   forma   de   que  cosas  perdidas  o  inamovibles   lleguen   a   la   exposición–   muestra   la  peculiar  obra  de  alguien  con  un   nombre   como   inventado   por   Juceca. Para Arsenio Duarte, nacido en 1928 y  fallecido  el  año  pasado,   su  obra  está  en  su  propio  jardín  de   Nico Pérez. Toda una instalación si   las   hay:   televisores   viejos,   garrafas,   tachos,   muñecos,   entre pasto y plantas. Arsenio le cobró tremenda afición al color después de trabajar
muchos   años   en   una   carbonería   en   Las   Palmas   y   quedar  saturado  del  hollín  que  ennegrecía   las   paredes,   los   árboles   y  hasta personas y bichos. A su  muerte,  el  jardín  loco  fue  desmantelado.  

También  fue  su  propia  casa  la   destinataria  de  su  talante  e  inspiración para Juan “Paco” Artega (Soriano, 1910 – 1999). Changador   y   albañil,   a   don   Paco   se   le   dio   primero   por   decorar   macetas,  y  de  ahí  por  adornar  su  casa   con  máscaras  hechas  con  arena  y   pórtland,   a   las   que   sumaba   piedritas   o   caracoles   para   remarcar   ciertos   rasgos.   Más   de   ochenta   cubren   las   paredes   de   la   casa   ubicada  en  una  esquina,  sorprendiendo   con   sorna   y   humor   a   los   paseantes   que   van   a   ver   o   simplemente  se  topan  con  la  insólita   Casa de las Máscaras.

Una   de   las   expresiones   más  significativas viene de un esmerado   trabajo   en   mosaicos.   Guillermo   Vitale   (Montevideo,  1907 – Buenos Aires, 1992), después   de   jubilarse,   fue   tocado   por   la   inspiración   cuando   se   le   ocurrió   adornar   una   maceta   con unos cuantos trozos de que   encontró   tirados   en   la   calle.   A partir de ahí los mosaicos se  combinaron,   a   veces   con   los   detalles   más   curiosos,   para   recrear   la   imagen   de   íconos   como   Gardel, Florencio Sánchez, Juana de Ibarbourou,   o   de   personajes   de   raigambre   popular,   como   el   padre Martín y el peluquero Berozzo.

Pero   si   de   sorpresas   se   trata,   no   es   la   menor   la   fotografía   que   muestra  un  encuentro  entre  Jesús y Artigas, con dos secretarios  tomando nota   del   acontecimiento.  Tiesas, el Cristo con túnica blanca y Artigas con uniforme azul, las figuras parecen estar a punto de  llegar  a  tomarse  de  las  manos.   Hecho   en   arena   y   pórtland,   esta   suerte   de   retablo   patrio-­sagra-­ do   es   obra   de   Humberto   Rigali (Florida, 1928), telegrafista del Ejército jubilado en 1971, radioaficionado –se asegura que transmitió en onda  corta  durante  años   la palabra “paz” en 15 idiomas– y,  claro,  autodidacta.

LA MADERA Y LA BOTELLA

En este recorrido incompleto y zigzagueante, dos expresiones contrastantes   llaman   la   atención.   Un   relieve   en   madera   muestra   a las Madres de la Plaza de Mayo de   un   lado   y   a   militares   del   otro.   No   hay   que   hacer   ningún esfuerzo para desentrañar la decidida   ubicación   del   autor   en   la   contienda. José Castro, “Pepe” (España 1939), llegado a Uruguay   en   1946,   tiene   ascendencia   de   carpinteros,   y   en   madera   son   las  obras  acá  expuestas.  Si  el  relieve   madres-­militares   tiene   una   fuerza tosca y evidente, otras dos piezas de menor tamaño revelan un  trabajo  delicado,  con  impulso   narrativo,  que  incitan  a  una  contemplación capaz de extraer de allí  varias  historias. 

Bien cerca de esas esculturas, unas   simples   botellas   muestran   en  su  interior  completas  escenas   tangueras  en  miniatura,  pobladas por figuras y objetos meticulosamente   recreados   a   una   escala   imposible. Y llama la atención el nombre del autor: Alberto Mastra   (1909-­1976),   que   encima   era  zurdo, bien conocido por los tangueros por su carácter de guitarrista, cantante  y  compositor,  cuyas   obras   fueron   interpretadas   por  Troilo  y  Di  Sarli,  y  cantadas   por   Goyeneche   y   Lágrima   Ríos,   entre  otros.  Si  el  tango  es  un  miriñaque   de   sentimientos   encontrados,  Mastra  supo  prolongarlos en un gozoso trabajo artesanal.

Muchas   obras   y   sus   artistas   quedaron   –injustamente–   fuera de esta crónica. Al dejar la exposición,  un  pensamiento  naif  de   matiné   se   permite   imaginar   que   los  niños  juguetones,  los  árboles   iridiscentes,  los  hipopótamos  bonaoches, los Carlos Gardel pintados   o   esculpidos,   las   tallas   en   madera   o   cemento,   puedan   salir  de su lugar para mezclarse entre sí  y  hacer  mover  a  esos  caballos,   esos  indios,  esas  sirenas,  esa  larga estirpe de figuras amargas o divertidas,   en   un   colorido   e   inocente aquelarre. Cumpliendo su destino  hermoso.


"Cumpliendo su destino hermoso", por Rosalba Oxandabart, Semanario Brecha, páginas 26-27, Montevideo, 5 de junio de 2015.


"Sutileza de la ingenuo". Repercusiones de Arte Naïf en Uruguay (IV)



«Arte Naïf en Uruguay es una exposición que se agranda y valoriza en la suma de los elementos que la componen: es la más consecuente muestra de lo que la “pintura ingenua” ha producido -y sigue produciendo, enraizada en una de sus condiciones básicas, la total indiferencia hacia modas y mercado- en el país, desde las tempranas obras de artistas de los años 10 y 20 del siglo pasado hasta figuras todavía activas o que recién entraron en dicha “veta”. Vendría así a ser una amplia ilustración de lo que su curador, Pablo Thiago Rocca, sistematizó hace pocos años en su libro Arte Otro en Uruguay (donde se ocupa también del afín Art Brut), mapeo fundamental de una actividad pictórica y escultórica esencialmente oculta, pero vigorosa.

Bien notorio es cómo, históricamente, la figura primigenia de la tendencia (como también Rocca recuerda en el libro y ahora en el pequeño catálogo de la muestra) fue el célebre francés Henri Rousseau, el “aduanero”. Admirado en la París de principios del siglo XX por monstruos como Picasso y Apollinaire, entre otros, fue por ellos celebrado como una especie de fuerza regenerativa, en sentido “primitivista”, de una corrupta civilización (y estética) deshumanizada(s), devorada por la “técnica”. Por cierto, la tendencia a la infantilización del propio gesto artístico se volvió, pronto, una de las fuentes energéticas más inflamadas de las vanguardias: trazos de eso se pueden ver en los expresionistas, por ejemplo, e incluso en cerebralísimos teóricos, además de consolidados virtuosos. Sin embargo, no fue sólo un increíble estímulo y abrevadero para varios artistas profesionales, sino que destapó generaciones enteras de diletantes que, aún despacio, el mundo “adulto” del arte supo y quiso valorar: sin preparación técnica, aparentemente desprovistos de “trucos” y oficio, alejados de los debates en curso sobre el arte y de la tradición, encerrados en un mundo propio, a menudo fantástico y, fundamentalmente, alegre (en este sentido, brutalizando el mismo Brut, se podría resumir que su “primo”, el “arte bruto”, cuyos autores son a menudo marginados sociales, articula la otra cara de la medalla de los artistas amateurs, visiones más bien sombrías y violentas).

Bien resume Rocca en la pared de la sala los criterios de selección, que vale la pena copiar, al menos en sus puntos esenciales: “la supremacía del color, la necesidad de colmar de sentidos y de formas toda la superficie (...), el alejamiento deliberado o involuntario del naturalismo académico en pos de una figuración emotiva o fantástica, la tendencia a lo narrativo y a la minucia (...) en oposición a lo abstracto y lo detenido, y sobre todo, una visión positiva y luminosa de la existencia”. Se entiende cómo, históricamente, el Arte Naïf pueda haber funcionado como alternativa, en el campo creativo, a situaciones cada vez más complejas y burocratizadas, en nombre de un simplismo de medios y contenidos, hijo a veces consciente, a veces no, de la misma idea del “buen salvaje” del siglo XVIII, vale decir de alguien no “corrompido” por las reglas y los límites castradores de la civilización. Tanta libertad formal y de signficación, sin embargo, ha producido un “estilo”: algo que, pese a sus varias aristas, se va repitiendo bastante igual a sí mismo desde hace un siglo. La muestra en la Fundación Unión es reveladora, en este sentido, a pesar de las vistosas diferencias de sus protagonistas: hay mucha coherencia de lenguaje y contenido, exactamente lo mismo que pasa en los “géneros” no ingenuos. Quizá por ahí surja la pregunta de cuán “contaminada” (por sí misma, incluso) puede ser esta zona incontaminada del arte: y no podría ser de otra forma, ya que su presunta ahistoricidad, como toda ahistoricidad, siempre fue un espejismo. Permanece, igualmente, un eje del trabajo artístico global importante, también, o quizá sobre todo, por esa misma función retórica que cubre: la necesidad, la ilusión, de liberarse de esquemas sociales asfixiantes o por lo menos de quedarse lejos de ellos. No hay que olvidar que en un momento dado, el Naïf tuvo también un relevante éxito comercial, con, incluso, varios profesionales que se fingían, por razones de mercado, “ingenuos”.

El trabajo “uruguayo” de búsqueda, ordenamiento y estudio de Rocca es valiosísimo para reconstruir ese “eje”. Primero niega, con pruebas, una suerte de creencia común, según la cual Uruguay nunca tuvo su “ingenuismo” -resumida en una frase de Fernado García Estaban de 1965-, y rescata en este sentido también una pequeña parábola de éste, cuya cúspide fueron los años 1976-1977, cuando el Subte y la Alianza Francesa de Nelson di Maggio, respectivamente, organizaron dos muestras de naïves locales, antes de su relativo declive, por lo menos en el interés público y comercial. Luego reinserta en la(s) historia(s) de las artes plásticas orientales una porción ingente de obras que habían sido excluidas o postergadas (aunque reelaboraciones de la actitud “ingenua” se puedan hallar en varios plásticos de renombre: Jorge Páez Vilaró, Hugo Longa o Ignacio Iturria), ensanchando y problematizando así el canon visual nacional.

Volviendo brevemente a la sala, la “calidad” es despareja, como debe ser en este caso, y generosa la “cantidad”, con una treintena de artistas representados, lo cual impide acá un análisis satisfactorio de las pie- zas: no escatima obras sumamente interesantes como las esculturas en madera y el gran óleo de Adán y Eva de Lucho Maurente, figura histórica del movimiento, o el mosaico en ho- menaje a Perón de Guillermo Vitale. En general respeta claramente sus confines, aunque haya algunas “inclusiones” que se pueden debatir: por ejemplo, la refinada Lía Mainero, que tuvo numerosos contactos con el mundo del arte oficial y cuyas piezas se alejan, seguras, de la claridad que exhiben generalmente los naïves; o el bajorrelieve en madera, nebulosamente “político”, dedicado a las abuelas de Plaza de Mayo, de José Castro. 

Otro aspecto no secundario de la muestra es, como anticipé, el amplio abanico temporal que cubre, pese a la dificultad de hallar piezas antiguas debido a la falta general de preservación de obras en ámbitos no profesionales. Se pueden así ver “joyas” históricas: sobresalen un par de cuadros con ecos surrealistas del sanducero Joaquín Medina, nacido en 1899 y muerto en 1974, quien además, trabajando en un circo, ocasionalmente parece haber pintado bamboleándose en un trapecio en una especie de dimensión proto-performática; o las escenas de automatismo romántico “mal” dibujado de Italia Ritorni, nacida en Mercedes en 1888 y ahí fallecida en 1986. Pero también hay mucho ultracontemporáneo, como las imágenes femeninas de Alicia Ferrari o los recientes paisajes coloridísimos de Alejandro Yanes, quien incursionó en la pintura hace apenas tres años. Signo de una continuidad vernácula de esta postura que, sin duda, impresiona.»


“Sutileza de lo ingenuo” de Riccardo Boglione, La Diaria Jueves 9 de Julio de 2015, página 13. Montevideo

El Montitor Plástico y columna de Gustavo Fernández en TNU. Repercusiones Arte Naïf en Uruguay (III)



















"Lejos de la Academia": Gustavo Fernández nos acerca el arte naïf en Uruguay a través de su recorrido por una muestra colectiva que se exhibe en Fundación Unión. (Portal TNU, 13/05/2015) y El Monitor Plástico de Pincho Casanova, entrevista a Pablo Thiago Rocca sobre la muestra en Fundación Unión (TNU, 30/06/2015)




"El color de la infancia". Repercusiones muestra Arte Naïf en Uruguay (II)



«Hay una sirenita que reposa en un mar azul encendido. La sala está repleta de dibujos coloridos. Hay árboles que ocupan toda la pintura, árboles repletos de flores rosas sobre un campo verde claro que invade el resto de la tela. Hay niños diminutos que cuelgan de los árboles, tan chiquitos que parecen manchas de colores, apenas delineados por trazos esenciales, pequeños duendes que invaden la escena y la cargan de ruido y movimiento. En otros cuadros aparecen adultos de tamaño desproporcionado, solos, de pie al lado de un paisaje vacío, junto a una enorme manzana o sentados en actitud de profunda desolación. Los adultos son estilizados, de líneas escasas, poquísimos rasgos, casi monocromos, aunque nunca totalmente oscuros. Entre unos y otros hay algunas escenas de trabajo, en el campo, con elementos dispuestos limpiamente, con planos de colores cuidados y paisaje casi simétrico. Hay gatos envueltos por flores en un campo amable, hay pequeñas esculturas y algunos personajes conocidos o referencias literarias o ciudadanas.

Parecen dibujos de niños toscos, espontáneos, con personajes que vuelan o escapan a cualquier perspectiva coherente, a cualquier regala que uno quiera aplicar. Son claramente iniciales. No sería un dato anormal, ya que el arte moderno erradicó la idea de “obra bien hecha”. En cierto sentido, esta muestra es un homenaje al arte más auténtico, al más despojado de cultura, al menos elaborado. Es una exposición de un arte de niños pero hecha por grandes. Artistas populares, casi anónimos, de un arte al que se aplicó el mote de “naif” o “infantil” o “ingenuo”. No importan los títulos. Importa que apenas uno entra en la amplia sala de la Fundación Unión en al Plaza Independencia hay un grupo de imágenes definidas por un mismo padrón, por características que hacen a un arte claramente inidentificable. Es curioso que gente que ni siquiera se conocía o compartía principios o escuelas y modelos artísticos, logre una sintonía estilística tan potente y definida.

Nada puede decirse que está bien o mal hecho desde que el color o las formas erradicaron cualquier semejanza con la realidad. Estos dibujos o pinturas no evaden la supuesta realidad o la elección de datos que se asemejan, pero la ofrecen desde la potente visión del artista sin contaminar, como la mira un niño. O mejor, como la recrea un niño, con la fuerza del color puro, de la forma simple y contundente, con la composición despatarrada, con el tratamiento plano de la imagen. Desde el extremo de una composición lineal, casi geométrica, de construcción cuidada y pulcra, hasta la invasión de niños desprolijos desparramados por la tela a fuerza de pinceladas nerviosas, rasgos que definen notablemente la sensación de invasión infantil, de alegría, de recreo bochinchero en una tarde escolar.

Pero hay más: una libertad expresiva que pocas veces uno aprecia en un artista “profesional”, por ubicarlo en algún rango. Las obras de esta inusual muestra de arte naif uruguayo son inclasificables por su propio andamiaje creativo. Caminan por el borde de un estilo reconocido por sus líneas y colores, por sus rupturas y desajustes, pero cada una sorprende por la audacia de su enfoque o la resolución asumida para cada imagen, la diversidad de búsquedas y miradas, la novedad o el descubrimiento personal. Es parte de ese uso de la libertad para tomar decisiones. Pasa en los niños o en los árboles simétricos o en la libertad del color y las formas. Pasa en poner las figuras patas para arriba, en posiciones insólitas. O en colocar autos prolijamente en línea para transmitir el ingrato desorden ciudadano. 

O con la magnífica mujer desnuda, de espaldas, de piel casi naranja y trazos desproporcionados, metida en el agua hasta el cuello con un sol recostado a su pelo y una inefable cabeza de perro que juega a su lado. Es una escena de playa pero definida por el cuerpo femenino bajo el agua. En algún momento el autor sintió ese placer del cuerpo en el agua y cometió la audacia de dejar apenas un horizonte sobre la parte superior para dedicar el esfuerzo a la potente caricia del mundo submarino, clara, suave, plena. No falta nada más para transmitir la calidez de un día de verano en el agua y el límite entre el erotismo y el placer más puro y abrasador.

También los temas parecen simplificar la vida o la fantasía a extremos infantiles. Pero siempre hay detrás un mundo complejo, no tan evidente, de múltiples sensaciones. Incluso a veces, la expresión descoloca, genera cierta inquietud, ciertas emociones encontradas. Sobre todo en el mundo adulto, en algunos retratos solitarios, en cierta interpretación más vacía de la existencia. Es que sus autores expresan casi sin intermediaciones sus mundos, sus vivencias. Directas expresiones de vida aunque en ningún caso obvias o trilladas o superficiales copias de la realidad.

Ese es el valor esencial de esta muestra que incluye maestras de escuela, pescadores, trabajadores o vecinos de un barrio que por diferentes motivos lograron involucrarse con un tipo de arte y construir un lenguaje diverso y en cierto punto común. Casi todos de un valioso y profundo anonimato, rescatados por el trabajo de investigación de Pablo Thiago Rocca, responsable de un largo proceso de búsqueda y elección que culminó en esta muestra. Otros tuvieron cierto reconocimiento, como el autor del Gardel con baldositas, “famoso” vecino del Cerro que dejó su obra desplegada por todo el barrio. O el autor de la Virgen que guía los pescadores en una concurrida playita de La Paloma. Más o menos reconocidos, cada uno tiene su historia, revalorada a partir de su obra. ES así y ese es el valor esencial de esta muestra. Y en su calidad, claro. No cualquiera pinta o esculpe como estos artistas ingenuos, infantiles, curiosamente transgresores.»


“El color de la infancia” por Carlos A. Muñoz  Jueves 9 de julio de 2015. Pág. 36. Semanario Búsqueda. Montevideo.

"Autodidactas y marginales". Repercusiones muestra Arte Naïf en Uruguay (I)




















Revista Bla (Montevideo) Julio 2015.





Revista Galería (Montevideo) 21 de Mayo 2015.