Tangos embotellados: la faceta naïf de Alberto Mastra



a la memoria de Roberto Genta Dorado


Hijo de un zapatero italiano, Hilario Alberto Mastracusa, más conocido como Alberto Mastra (Montevideo1909 - 1976) creció en el barrio La Aguada de Montevideo y con el correr del siglo llegó a transformarse en uno de los más respetados guitarristas, cantantes y compositores de tango del Río de la Plata. Por su gran dominio técnico de la guitarra con su mano izquierda, se le apodó “El zurdo” y sus composiciones fueron interpretadas por las orquestas como la Aníbal Pichuco Troilo y Carlos Di Sarli. Sus tangos, polcas y milongas fueron, además, cantados por referentes de ambas orillas del Plata, como Roberto Goyeneche, Alberto Podestá, Edmundo Rivero y Lágrima Ríos, entre otros.

Pero el autor de “Mi viejo el Remendón” y “Miriñaque” descubrió de mayor, a los 50 años de edad, una nueva afición en la que desplegó todo su ingenio autodidacta. Obligado a reposo por una enfermedad, “un acentuado mal hepático”, con la solicitud pendiente de su pequeña hija y el asombro ante el viejo arte de construir barquitos en botellas, se volcó de lleno a un emprendimiento sui generis que consumó en solitario y del cual se puede decir que fue único cultor: la escenificación de tangos propios y ajenos dentro de botellas de vidrio.

Casi todo lo que sabemos de la génesis de estas escenografías mínimas y envasadas está escrito en una nota de Agustín Pucciano que reproducimos más adelante y, por supuesto, de lo que surge de la contemplación directa de estas obras actualmente en exhibición en el Museo y Centro de Documentación de AGADU.1

El talante genuinamente naïf de estas creaciones no sólo esta signado por el origen infantil de su labor -el arreglo de un juguete para su niña de cinco años-, sino que cumple, además, con cada una de las fases de iniciación tardía que acusan los aficionados a las fantasías del color. Es una operativa que señalábamos en otros artistas naïf como Guillermo Vitale y Lucho Maurente: “El autodidactismo del adulto mayor es uno de sus rasgos, también el descubrimiento de su ‘don’ en circunstancias fortuitas, cuya anécdota se transmite oralmente del seno de la familia al barrio, cimentando una mitología personal que posee semejanzas con el despertar espiritual de los profetas en las grandes religiones. Las semejanzas no radican, por supuesto, en el tenor del hecho ni en su significado esencial, pero sí en el tono y en la estructura del relato: accidente, perplejidad inicial, visión trascendente, acción justa o reparadora, asunción de la cualidad divina o don.” 2

El relato de Pucciano que reproducimos líneas abajo, da cuenta claramente de este “despertar” típico del arte ingenuo. Las botellas de Mastra concilian el encanto de un trabajo artesanal muy colorido, con la minucia del detalle habilidoso y un interés eminentemente narrativo, que condice con una síntesis descriptiva del tango o del personaje homenajeado: “Barrio de Tango” de A. Troilo y H. Manzi, Miriñaque cuadro emotivo, Homenaje a Romanelli por su tango “Pobre Mascarita”, Allá por el 900: los primeros tangueros, “Un boliche” de Tito Cabano, son algunos de los títulos de las botellas ideadas por Mastra. 

La descripción de ambientes tangueros es precisa y abunda en señales de época y mitología de barrio. Hay que detenerse a observar los encantadores cajones de frutas, las botellas en los estantes de los boliches, las miniaturas de las cajas de registro, los rostros toscos de los personajes que tienen algo de títere antiguo (han sido tallados en maderitas ) y juguete casero, para entender hasta qué punto Mastra elabora un sentimiento plástico de gran autenticidad y potencia expresiva.

Como otros artistas ingenuos su necesidad imperiosa de comunicación lo empuja a terrenos metafóricos que bordean el surrealismo, como en el caso de la jaula embotellada. La importancia de las aves canoras en el universo simbólico del tango se resume en el apelativo Zorzal Criollo (Carlos Gardel) o con aquel "Pájaro muerto" de Pintín Castellanos. Pero hay muchos otros ejemplos, como el remate a “Los ladrones” de Raúl González Muñón en la voz del Tata Cedrón: “y de los objetos dejados por la muerta [la madre anciana] a repartirse entre los hermanos, eligen... una virgen de plata y el canario.” 

Armar la jaulita vacía con ligero aire de pagoda representa una exigida labor de paciencia y una imaginación no menos admirable. Esta sumatoria de continentes  y vaciamientos (la botella vacía de líquido que contiene la jaula que contiene al pájaro ausente) solo es legible en el conflictivo imaginario del inmigrante, encadenado a la vez que separado –físicamente liberado– de su pasado.3


De botellas y recuerdos

No sé que hubiera pensado mi amigo, el poeta Roberto Genta Dorado (Montevideo, 1957- 2014) de estas sucesivas cárceles alegóricas de Mastra. Tampoco sé que opinaba del Zurdo, musicalmente hablando. Sé que le placía escuchar al Polaco y también a Rivero, que tenía debilidad por Zitarrosa y por Gardel, al punto que alguna vez amenazó con regalarme un cuadro pintado por él de El Mudo (un retrato de Gardel sin boca), óleo que luego encontró mejor destino en casa de un amigo.

Pues bien, hacia principios de este siglo me obsequió una botella que contiene un dibujo en blanco y negro y un tapón forrado en papel de aluminio. El dibujo o la monocopia es, no lo dudo, su autorretrato, de cuando atusaba un bigote estilo imperio. Muestra un semblante quijotesco con una mirada entre astuta y risueña. Eran épocas de intercambios de botellas, que bebíamos y que también empleábamos para funciones ulteriores: en mi caso, había editado un disco de poesía con el músico Fernando Pareja y realizaba distintos objetos “asociados” a los que estampaba textos que antes habían sido incluidos en el disco compacto y que luego, “objetualizados”, regalaba a los amigos. 4

Muchos creadores han empleado botellas de vidrio con fines artísticos. Recordemos  la impactante serie de Ernesto Vila que juega con la anamorfosis, producida por la refracción del agua, de imágenes de desaparecidos colocadas detrás de las botellas.

Roberto Genta no era uno de los artistas marginales en el sentido que se acostumbra dar en este blog. Pero su actividad plástica estaba sí al margen de la creación literaria, a la que se abocó sin prisas ni pausas. Organizamos juntos una exposición de sus pinturas abstractas de aire informalista en el boliche El Lobizón, lo ayudé con la conducción del ciclo de poesías De puño y letra, en un collar de boliches que iban desde Amarcord a Jackson Club, pasando por Perdidos en la noche, y que básicamente regalaban poesía y expendían alcohol (y alimentos). La botella de Genta es también, como las de Mastra, única en su género. Me acompaña con el rostro afilado detrás del vidrio, al margen y en medio del recuerdo. Porque como en el poema que me dedicara en su libro Sangre Sucia, él se mantuvo siempre, paradójicamente en el margen y en el centro de la poesía:

Siempre al margen/ canonizados/ lejos
Ahogados en tinta/ preludio de espanto.
A un costado de la vida y en medio de la vida.
Con el ojo de la muerte en un bolsillo.
Con sangre que no se derrama
porque nadie derrama la sangre de los muertos.
Siempre fuera/ al margen/
lamiendo pequeños huesos
de algo extraño que fue sol encadenado/
sumergida luna.
Siempre al margen/ con la muerte en el ojo.
Con el bolsillo lleno de palabras
que llaman al hombre/ a sus cosas/
al delgadísimo hilo que los ata a mariposas
mínimas/
prescindibles.
Canonizados/ ahogados en tinta.
Llenos de olvido/ los poetas.5

1. En Montevideo, calle Canelones 1130, Subsuelo Casa del Autor. Queremos agradecer la gentileza de su directora, Estela Magnone, que nos dejó tomar fotografías de las obras y facilitó la consulta de documentos de prensa de dicho Centro.
2. Pablo Thiago Rocca, Otro arte en Uruguay, Ed. Linardi y Risso, Montevideo, 2009, p. 55.
3. Guarda una estrecha conexión con aquella gran jaula –una pajarera- con forma de transatlántico que fuera exhibida en el exposición Como Uruguay no hay, curada por Gabriel Peluffo en el Museo Blanes, Montevideo, 2000.
4. Una de estas botellas con textos impresos sobre el vidrio se la obsequié a Roberto, otra a Jorge Meretta (a la sazón compinche de Genta) y cuya imagen, el autor de El sobrante del humo utilizó, no sin antes solicitar caballerosamente mi consentimiento, para logo del sello editorial Botella al Mar.
5. Roberto Genta Dorado. Sangre sucia, Ediciones La Gotera, Montevideo, p. 62, primera edición octubre 2002. Con ilustraciones del autor.


Documento: Las Botellas de Mastra
Por Agustión Pucciano

“Soy del barrio de la Aguada. Nací en la calle Yi 125, un domingo a la mañana, cuando tañían las campanas de la Iglesia vecina, llamando a Misa de Once.
Mi casa natal, estaba a espaldas del Molino Montevideano. (…Y quizás por eso, me costó tanto ganarme el pan)” 

Alberto Mastra, se hermanó al ambiente porteño en 1926, cuando la guitarra y un portafolio, llevando todas sus pertenencias, cruzaba el charco para ver qué pasaba ¡Y lo que pasó, pasó!... El mundo lo sabe! Los papeles cantan!... Todo salta a la vista. Cuando lo apadrinaron los ‘monstruos sagrados’ del Tango: Aníbal Troilo y Edmundo Rivero. Alcanzó el nivel de los clásicos de la música y la canción del pueblo.

Gran escalada de éxitos lo encumbraron a los primeros planos, con ‘Miriñaque’, ‘La Fulana’, ‘Candombe Federal’, ‘Mi Viejo el Remendón’, “No la quiero más’, ‘Bon Jour Madame’, ‘El Peluquero’, y ‘El Viaje del Negro’, entre tantos.
Mastra, oriental sin titubeos. Jamás desmintió su nacionalidad. Es un ‘zurdo’ magistral pulsando el diapasón de su viola compañera. Calidad multifacético como músico, autor, cantante, filósofo, charlista’… y ahora en otra dimensión desconocida, ‘LOS TANGOS EMBOTELLADOS’!

Esos mismos tangos que ya superaron las áreas orbitales en una vuelta la mundo sin precedentes desde Montevideo a la Calle Corrientes, Tokio, Berlín, Roma, Milán, París, Nueva York, Madrid, Barcelona, y toda América Latina, sorprendiéndose con el arte desconocido de un habitante nacido en ese puntito del Mapa, que se llama República Oriental del Uruguay.

Conocíamos… y usted conoció, ¿no es así? Los barquitos en la botella! ¿Usted también lo supo, que hubo un pintor  brasileño que expuso en la Galería Santos Dumont de Punta del Este, una colección de paisajes cariocas, pintados sobre cabezas de alfileres?... ¿Sintió hablar, o tal vez los ha visto, los cráneos reducidos  al tamaño de una naranja, de los indios Jíbaros?... ¿Sabía que famosos miniaturistas japoneses, habían escrito versículos completos del Corán, sobre granos de arroz?... ¿Y nadie le contó, que en la exposición  ‘Pueblito Español’ de Barcelona, muestran la típica artesanía, vida y costumbres de España, donde el turista puede adquirí entre los ‘souvenir’ originales Cajas de Cerillas, cuyo contenido es un Colmao Andaluz, con escenografía corpórea, instalaciones, y el tabladillo donde aparecen en el esplendor de sus danzas gitanas la Lola Flores, la Carmen Ayala, o la Niña de los Peines?... Por eso, que ante lo exótico y contraproducente que aparece en cualquier rincón de la tierra, siempre hay un proqué para afilar el lápiz, y no echar en olvido las cosas raras que andan por ahí.

Alberto Mastra, el arquitecto de la maravillosa muestra que enriquece las vitrinas del MUSEO DE AGADU, nos obliga a historiar que al promediar el Verano de 1959, cayó postrado en cama. Tregua artística, obligado por un acentuado mal hepático. Así pasaron días y noches, con la radio en la mesita de luz escuchando tangos, junto a su encantadora hijita que apenas cumplía cinco años de edad y que un día antes de su primera salida a la calle –con permiso del médico- le entregaba a papá, un trozo de madera que le había saltado de un juguete. ‘-Con esto podría hacerle un nuevo juguete a mi hija. Así le doy el gusto. Le hago un regalo y de paso me distraigo en los días de ‘cuarentena’ que aún me restan…’- Lo cierto fue, que MASTRA cuando salió a la calle se fue a visitar las Galerías de 18 de Julio, entrando a una de las ‘boutiques’ que tenía tras los cristales de la vidriera una botella acostada. Dentro de ella, en su vientre de cristal el Mar y un Barquito de blancas velas. Quedó fascinado. No era la primera vez que veía una pieza de ese curioso arte de la paciencia. La delicadeza consiste en elaborar un mundo marino en pequeño, introducido por el cuello de una botella. Un arte que debe haber nacido tras los muros de una cárcel en las manos de un penado, torturado por la soledad y la monotonía de lso días y años sin esperanzas.

Mastra piensa. Mastra reflexiona. Mastra recuerda el juguete prometido a su pequeña Vincky… ¿Por qué no hacerlo yo también?... Por qué no embotellar el tanto igual que lso barquitos?... Y fue así que Mastra Compositor, Guitarrista, Cantante, Filósofo, Charlista, le daría una nueva variante al tanto, en una proyección imaginada en ese primer paseo de convaleciente, al pararse ante la vidriera de una ‘boutique’ de una moderna Galería de la Avenida 18.

MANOS A LA OBRA Y SE HACE EL MILAGRO!...

Otra vez en su casa… y la radio sobre la mesa de luz, seguía dando sus conciertos de tangos. Había que pagar derecho de piso a la experiencia. Pero Mastra no cejaba, comenzando su trabajo con una cortaplumas y una hojita de afeitar usada. En aquella madera del juguete roto esculpió una figura. Apneas la había esbozado tuvo un recuerdo para Pascual Contursi. El letrista de ‘Cumparsita’. Compuso la figura sentada, para la cual labró una silla. Después le dio color. La pintó. Pero vio que le faltaba algo. No voy a dejarlo solo. Pensó en el fondo. El decorado. La imagen. Y el tema de Contursi ‘Mi noche triste’. Trabajó intensivamente. Se sintió poseído de entusiasmo al comprobar que estaba descubriendo una habilidad artística que nunca había soñado poseer. Él, era músico, autor, notable guitarrista. Cultor del tango. Y tanto, que el tango no podía dejar de introducirlo en el nuevo género artístico que abordaba por primera vez. Aquella figura de Contursi, se había rodeado de las cosas mencionadas en el tema ‘Mi noche triste’. De la tragedia narrada en el tango…

Percanta que me amuraste
en lo mejor de mi vida
dejándome el alma herida
y espina en el corazón…

La guitarra en el ropero
todavía está colgada…
siempre traigo bizcochitos
pa tomar con matecitos…

‘Hice todo cuanto dice el tango y lo metí en la botella’ –cuenta refiriéndose a su primer trabajo. Pero tuvo que abordar su propia técnica. El procedimiento de los barquitos en la botella, consiste en trabajar fuera de ella, para el velamen de la embarcación, una vez introducido en el casco de la misma, es necesario plegarlo, para hacerlo pasar por el cuello de la botella. Con un hilo colgado se tira de éste y el velamen queda desplegado. Es lo que se llama, la técnica del plegado y el hilo.

La técnica de ALBERTO MASTRA, consiste en esculpir y lograr las figuras y los objetos por partes, cuando el tamaño hace imposible el paso por la botella, valiéndose de un alambre con la punta achatada a modo de espátula diminuta. MASTRA emplea madera de álamo, sauce o ceibo. Además de otras materias primas, como cartón, témpera, goma de pegar y papel. Un pincelito completa su instrumental. La habilidad de sus manos… y toda la pasión tanguera de su vida trasnochada.

Es una nota de AGUSTIN PUCCIANO apuntalada en recuerdo por Alberto Mastra.

Nota: Se ha respetado el uso de las mayúsculas, puntos suspensivos y comas, tal como se reproducen en la publicación original. Boletín de AGADU, Nº 17-18 de Setiembre Diciembre 1974.  Gentileza del Museo y Centro de Documentación de AGADU.



Exposición de fin de año en la Colonia Etchepare


Todos los años el taller de plástica del Centro Educativo de la Colonia Etchepare dirigido por Isabel Cavadini expone los trabajos anuales. Tratamos de seguir la evolución artística de los creadores-pacientes, de acompañarlos en sus esfuerzos y en sus cambios de formas de ver. A muchos de estos artistas los conocemos desde hace años, otros se incorporan recientemente a la dinámica del taller. Representan una mínima proporción de los internados en la Colonia Etchepare, sin embargo su aprendizaje en las artes plásticas resulta de un soporte fundamental para su espíritu, y a veces, una ayuda económica para sus ingresos.

Este año sorprendió el despegue creativo de Alejandro Yanes (Canelones, 1972), alimentado por una cuantiosa producción. El joven compone sus cuadros citadinos y campestres con un dibujo estrictamente ordenado que luego colorea con una impronta naïf no exenta de gracia y detalles imaginativos. 

Un hecho muy destacable es el retorno de Aldo Olase (Colonia Suiza, 1940) a la pintura. Olase comenzó a pintar en su estilo ingenuo antes de la internación, como lo prueba la exposición del Subte de 1976 en la que fueron seleccionadas algunas de sus obras. Pero durante décadas se mantuvo alejado de los pinceles. 

Hizo algunas esporádicas incursiones y ahora volvió por sus fueros al taller de Cavadini, sin haber mudado su fresca imaginación y sin perder la intensidad cromática que lo caracteriza.

Oscar Caballero (Minas, 1936) uno de los artistas  de la Colonia mejor dotados para el dibujo, en el 2014 probó suerte con pinturas al agua, a pesar de que él sigue prefiriendo el óleo, cuya untuosidad y plasticidad siempre le fascinó. El resultado de estas investigaciones es desparejo pero con grandes aciertos en los fondos y en la piel acuosa de los figuras que ganaron matices. En algunas obras se obliga a remarcar con un grueso contorno las figuras, probablemente por una necesidad de continentación que no le otorgan los acrílicos y las tintas, más delicuescentes que el aceite.

Otro creador que ha mudado sus procedimientos es Ángel Silva (Canelones, 1959). En los últimos dibujos, más abstractos que anteriores  (ver Otro Arte en Uruguay, pág. 174-175) encadena formas geométricas librándose lentamente de la rigidez y la cuadrícula de obras precedentes, incurriendo ahora en bordes irregulares, escalonamientos y fugas en el espacio blanco de la hoja.

Un renglón aparte merece el crecimiento artístico de Daniel Barbosa (Villa Constitución, 1967) que se atreve a trabajar sobre grandes superficies de madera y enchapado con técnicas puntillistas y en temáticas diversas. Sus fuentes de inspiración van desde lo fantástico de origen personal hasta audaces “apropiaciones” del arte consagrado en los museos, que lleva a cabo con intuición y libertad (versiona cuadros de Botero), pasando por piezas nacidas de lecturas del taller (como la escultura Hortensia basada en un cuento de Felisberto Hernández ). Entre lo ingenuo y lo brut, su obra va adquieriendo una fuerte personalidad.

Conocimos esta año por vez primera el trabajo de Celia Delgado, con formación en la Escuela de Bellas Artes, quien mixtura temas y fuentes pictóricas diversas (lunas de Cúneo, afiches Art Noveau, fragmentos de piezas de pintores renacentistas) tensando el espacio pictórico en creaciones complejas donde lo dionisíaco y lo apolíneo pugnan por una supremacía en la paleta, que ora vira hacia los tonos fríos, ora se torna cálida y erótica.

Luis Fonseca ha dado también un leve giro en su paleta, aventurándose a paisajes de rara ensoñación y geografías irregulares, pero en donde el uso del pincel, bien cargado, encuentra un camino de luz,  con una manera muy próxima a las creaciones de otra artista-paciente que lamentablemente ha dejado de pintar, Cristina Pintos.

Alberto Méndez, Rosa Cazhur, Alicia Ferrari, cuyas obras se hallan en exhibición, mantienen el acostumbrado buen nivel de color, temática y composición de años anteriores.



Imágenes en orden superior a inferior: Obras de Alejandro Yanes, Aldo Olase, Daniel Barbosa, Celia Delgado y Luis Fonseca.

100 años de Magalí Herrera



En el centenario del nacimiento de Magalí Herrera recordamos a la genial pintora uruguaya con una serie de escritos y materiales relevados por el proyecto Arte Otro en Uruguay, y también con documentos raros o inéditos, algunos de los cuales proceden de la correspondencia mantenida con el Museo de Art Brut de Lausana (colección de Jean Dubuffet). 

Imagen: "A mi buen amigo J. D. (Jean Dubuffet) Magalí". Cortesía Museo Art brut de Lausana


Estuvo en el lugar indicado y en el momento justo: con Jean Dubuffet en Francia en 1968. Magalí Herrera (Tranqueras, 1914 - Paso Carrasco, 1992) podría verse hoy como la diva uruguaya del Art Brut. Produjo una obra sin referencias para forjar su propio estilo. Pero eso no le garantizó un reconocimiento en Uruguay acorde a su ímpetu creativo, ni mucho menos. Entre otras “rarezas”, que no fueron tales dada su inquieta personalidad, Magalí fue una escritora precoz que entabló amistad con Juana de Ibarbourou y fue una de las primeras personas en introducir al Uruguay la disciplina dietética de Oriente conocida como Macrobiótica. Comenzó a pintar a los 50 años sin conocimientos formales previos. Viajó a Europa y Asia con su esposo, entonces director del Centro de Estudios de las Culturas del Lejano Oriente en Buenos Aires, y a su pasaje por India y China tomó conocimiento de las filosofías orientales, cuya influencia en su modo de vida fue notoria. Con pasión y concentración esmerada, extendía líneas finísimas o depositaba diminutos puntos de color en constelaciones abigarradas y dinámicas sobre el papel claro o totalmente bruno, que en último caso le otorgaba una dimensión cósmica a sus trabajos. Dominaba la técnica de la veladura con la que sugería le expansión de redes intrincadas o remotas galaxias. Un arte paciente y luminoso, que hace pensar en un salto de escalas exponencial: desde el concentrado punto a la vastedad sideral. En Uruguay es casi imposible apreciar su obra. Gran parte permanece en la Colección de L’Art Brut de Lausana (Suiza), en Buenos Aires, en Asunción del Paraguay y en Taiwán, entre otros destinos dignos de su extraordinario periplo vital.


“Comencé a pintar cuando me puse un día a mirar un rayo de sol y sus reflejos. Siempre me he considerado y he querido ser más joven que la juventud. Siempre he querido enloquecer pero no he podido.”  Magalí Herrera



Imaginación órfica y sentimiento cósmico*

A fines de los años 50 la corriente informalista era conocida en el ambiente de las artes visuales del país. Recalaron importantes exposiciones del exterior (Antoni Tàpies, Alberto Burri, “Espacio y color en la pintura española de hoy”) y la influencia de algunos artistas extranjeros de renombre instalados o de paso por nuestro suelo (Leopoldo Nóvoa, Agustín Alamán, Jorge de Oteiza) contribuyeron aún más a su afianzamiento. Un más profundo conocimiento de las expresiones abstractas no geométricas –informalista, arte matérico, expresionismo abstracto– debido también al desarrollo de los medios masivos de comunicación (advenimiento de la televisión en Uruguay) generó un caldo de cultivo para nuevas expresiones que no se podían catalogar dentro de estas vertientes pero que las rozaban o al menos distaban aún más de sus “contendientes” pasados, en la vieja dicotomía de lo figurativo y lo abstracto (aunque varios artistas trasvasaran indistintamente sus fronteras, caso de Cúneo-Perinetti, Espínola Gómez, Lino Dinetto, entre otros), del concretismo versus abstracción lírica y el realismo social frente a la pintura-pintura. En todo caso, muchos creadores podían mirar con buenos ojos un cambio de escenario tras la dilatada prevalencia de la escuela planista y del constructivismo torresgarciano.
El ambiente sociocultural se prestaba para la experimentación y la aceptación de lo diferente. Magalí Herrera había nacido en Tranqueras (Departamento de Rivera), tenía veleidades de escritora y antes de llegar a Montevideo mantuvo correspondencia con la poetisa Juana de Ibarbourou. La leyenda le atribuye un romance con Carlos Gardel, versión que ella siempre negó. Comienza a pintar en forma autodidacta recién a los 50 años y expone por primera vez en la Asociación Cristiana de Jóvenes, dos años más tarde (1966). Su evolución plástica es precipitada, máxime si se tiene en cuenta lo lento y meticuloso de su accionar: con finos plumines traídos de la China y toques ínfimos de variados tintes, va llenando obras de respetables dimensiones, armando redes sutiles que parecen fundirse en un espacio abisal. Dibuja también, con simples lápices sobre papel, interminables volutas que conforman paisajes inhóspitos, como planetas deshabitados o inframundos. Es una pintura de resonancias abstractas, pero que impone mediante actos gráficos precisos una sugerente espacialidad.
En 1967 surge la posibilidad de realizar un largo viaje por el mundo con su marido. “En cuanto llegué a París, a la vez que visitaba exposiciones y museos, me puse a trabajar frenéticamente, como por lo demás hago siempre. En cuatro meses terminé dos de los cuatro dibujos que había comenzado; en un rapto de audacia se los llevé a una secretaria del famoso pintor Jean Dubuffet, fundador del Museo del Art Brut, y los compró de inmediato”. 1
El éxito se dispara rápidamente. Claude Fregnac, director de “Plaisir de France”, adquiere otras dos obras. También le compra algunas piezas el ideador del art autre, Michel Tapié, y escribe “dejémonos hechizar por los encantos de los espacios en tanto conjuntos de Magalí Herrera”.2
El hechizo funciona. Luego de su largo viaje por el Lejano Oriente donde recoge enseñanzas y filosofías que luego pone en práctica en Uruguay, la crítica local la recibe como “eufórica sacerdotisa de la pintura” (Di Maggio), “una maga del cosmos” (Roberto de Espada), una artista que “deliberada o intuitivamente –no lo sé– nos lleva a los orígenes de las cosas” (Daniel Vidart).3  También es invitada a Paraguay, donde expone, vende y cosecha varios galardones. 4
De nuevo en nuestro país realiza una exposición de 90 obras en la Alianza Francesa, muestra que titula “Art Brut”, abogándose para su sola figura todos los atributos de dicha corriente. “Parece más que una pintora una orientalista que se ha nutrido en largos viajes por China, India, Japón; apasionada de los regímenes naturales y de la cocina macrobiótica, una escritora capaz de crear bellos poemas en prosa, una ajedrecista que hizo tablas con Keres, famoso jugador soviético, y –por supuestouna pintora que ha recibido los elogios más entusiastas de importantes críticos y artistas”. 5 Desde una perspectiva histórica su mayor logro ha sido el de conjugar una obra de calidad artística con una nueva “espiritualidad” regida por otros parámetros que los practican las religiones tradicionales en Uruguay. Su arte insinúa un cambio de conciencia que pauta nuevas conductas en la vida cotidiana y que propicia una relación más desestructurada con el mundo de la cultura. “Los intelectuales pretendidamente revolucionarios –escribía Magalí desde París, apenas transcurrido el Mayo francés– que quieren ser revolucionarios, sólo pueden seguir un camino: renun- ciar a ser intelectuales, teniendo claro lo que significa hoy esa palabra, o sea, un dominio especialmente marcado de la cultura sobre el pensamiento. Habría que levantar para ellos escuelas de desculturización”.6
Las expresiones artísticas intermediadas por un despertar espiritual, si bien serán más frecuentes a partir de la década del 60, no quedan circunscriptas a un período, como lo prueba las búsquedas previas de Guido Silva, y en todo caso, expresan tensiones internas cuyas manifestaciones en el campo de la pintura propenden frecuentemente hacia cierta semejanza formal, aunque aparezcan en autodidactas en circunstancias y sitios diferentes: son a la abstracción lo que los arquetipos a las obras figurativas o las personalidades famosas a la pintura popular. Estas tendencias que aspiran a un sentimiento “órfico” del mundo (Michel Thévoz), donde la naturaleza gana de manera exuberante y colorida todas las “regiones” del cuadro, pueden verse también en las obras autodidactas de Cyp Cristiali y Alexandro García y en otros artistas que no podrían catalogarse como marginales, como es el caso de Miguel Fernández y Serrana García.

* Fragmento del capítulo homónimo de Otro Arte en Uruguay de Pablo Thiago Rocca, Linardi y Risso, Montevideo, 2009.   

1. “Magalí Herrera: Un éxito sin vanidad”, El País, s/firma, 12/09/1968.
2. Citado en “El ‘Art Brut’ en la Alianza”, sin firma, El País, 14/08/1980.
3. Ibídem.
4. En Uruguay, en cambio es reconocida con pre- mios de relativa importancia, el Premio Vincent Van Gogh del Banco Sudamericano en 1988 y Premio Pinturas INCA de 1989.
5. Roberto de Espada “Magalí Herrera. Una maga del cosmos a nuestro alcance”, El Día, 01/04/1988.
6. Citada en “Magalí Herrera: Un éxito sin vanidad”, El País, s/firma, 12/09/1968.




Magali Herrera Pinta en París.

Magalí Herrera radicada en París, trabaja en la Ciudad Luz, donde ha logrado hacer pie con sus pinturas abstractistas.
Entre las obras adquiridas, se hallan las compradas por Jean Dubuffet: dos dibujos y una gouche para su Museo. El crítico e historiador de los Castillos de Francia, Claude Fregnas, actualmente director de ‘Plaisir de France’ compró dos de sus cuadros de la serie ‘Galaxias’.
En la actualidad prepara para la artista una muestra para la que ya tiene destinados 23 cuadros. La exposición debe contar con cuarenta piezas, y es este el momento en que Magalí Herrera trabaja febrilmente para cubrir dicha cantidad de obras, imprescindibles para atender su nueva presentación.
Ha estudiado durante este tiempo en Museos y colecciones, y su obra trasciende dentro de un afiligranado tejido a punta de pincel, en el cual está la sensible expresión de la pintora, en una técnica moderna, y en un material puro y limpiamente ejecutado.” Eduardo Vernazza, diario El Día, 24 de mayo de 1968.


Artista plástica compatriota impone sus telas en Paraguay.

Es sabido que los uruguayos, fuera de fronteras y en todas las activiades, han logrado ganarse la consideración pública a través de gestiones de subidos méritos. A diario llegan informaciones referentes a lauros alcanzados por compatriotas, tanto en la faz deportiva, cultural o política, y de su proyección en el concierto internacional.
Es ahora que tomamos contacto con el resonante éxitos de la artista Magalí Herrera actualmente exponiendo en la galería más importante de Asunción del Paraguay. Una breve estadía en nuestra ciudad nos permitió conocer de cerca el desarrollo de su actividad, de sus fulgurantes logros y de la consideración que, por sus propio y reconocidos méritos, le tributan crítico especializados. Y en este sentido cabe transcribir lo que uno de los más exigentes y agudos críticos paraguayos, Osvaldo González Real, escribió en oportunidad de la inauguración de la exposición en la galería Arte-Sanos: ‘ Contemplar la obra de Magalí Herrera es acordarse del maravilloso poeta francés, y sentirse transportado hacia las fronteras inconmensurables del espacio. Somos testigos, antes de tiempo, de un arte primitivo del futuro…’”
Montevideo, diario La Mañana, 4 de octubre de 1976.


Los olvidados (6): Pintora Magalí Herrera

(…) Aunque incorporada desde temprano al Museo de Art Brut, creado por Jean Dubuffet, en Lausana, Suiza, Magalí Herrera quiso siempre separarse de otros colegas (naïves o ingenuos, pacientes psiquiátricos reunidos en el museo suizo) y afirmó su condición de primitiva, en el sentido de ajena a una formación cultural académica o formal, basada más bien en la intuición del transcurrir natural de las cosas. Casada con el fotógrafo y periodista Ruben Núñez, director del Centro de Estudios de las Culturas del Lejano Oriente en Buenos Aires, viajaron por India, China y la URSS, se detuvieron en París y al regresar se separaron, sin formalizar el divorcio.
Ese periplo fue importante para Magalí Herrera, donde su marido influyó notablemente en su pensamiento (con el tiempo se interiorizará en las filosofías orientales, en la práctica y difusión de la cocina macrobiótoca) así como la visión (superficial) de museos y galerías. Nacida en Tranqueras, Rivera, se inició como escritora y poeta (fue amiga de Juana de Ibarbouru), aunque no se conoce esa producción, y empezó a pintar en 1963, al filo del medio siglo de vida. Sus conocimientos eran dispersos, fragmentados, su experiencia con el arte, exterior, y en la soledad de su casa, pasando el arroyo Carrasco, hecha a semejanza de su obra con plantas de hojas pequeñas que desde el jardín trepaban a las paredes interiores como una pintura viviente, fue elaborando una obra única, con paciencia benedictina y a través de una lupa, con finísimos pinceles de pelo de marta traídos de China, pinturas y dibujos microscópicos, puntos y figuritas, en blanco y negro en colores de una hermosura y alegría inigualables.
Tenía golpes de audacia y de arrogancia, propia de los tímidos, podía tener relaciones agradables y recibir en su casa con encanto refinado, casi aristocrático (usaba un vestuario oriental y joyas exquisitas que acumulaba en un cofre) pero también podía ser caprichosa, interesada en establecer amistades estratégicas que le pudieran servir de trampolín hacia un nivel social superior al que siempre aspiró, manipulando hechos y situaciones con una endiablada facilidad. No era fácil mantener una amistad por mucho tiempo, aunque consiguió, con quien supo soportarla, realizar exposiciones en Buenos Aires, Asunción del Paraguay y Taiwan, que tuvieron gran éxito. Críticos y pintores visitaron esporádicamente su domicilio, amistó y se apartó luego de algunos de ellos, como de visitantes extraños y ocasionales, en una inestabilidad emocional permanente que la condujo, en un deterioro relativamente rápido de su salud, a la muerte. Estuvo aislada y solitaria, en contacto con círculos estrechos a veces, con el vecindario hacia el cual le brindó su generosidad, en permanente contradicción de una existencia que no tuvo plenitud sino en el acto de crear.
Pintó y dibujó de una manera especial: puntos y líneas, diminutas manchas, nunca pinceladas, sobreponiéndolas como veladuras, que invaden la superficie del papel (a veces blanco, otras negro) fue diseñando series que bautizó de cósmicas, ñanduty y ciudades imaginarias. Una forma expresiva que se complace en la filigrana, en la búsqueda de un finísimo entramado de encaje pero evitando, o deteniéndose, en el borde de lo decorativo. Y lo que en apariencia es un mero planteo ingenioso y amable, es el descubrimiento de un mundo abismal pautado de sensualidad y erotismo, encapsulado en extrañas y movedizas galaxias inventadas, ajenas a cualquier descripción naturalista.
Realizó varias muestras individuales en Montevideo (Biblioteca Nacional, Alianza Francesa, Museo de Arte Contemporáneo) en Rivera y, desde luego, en Tranqueras donde nació, en Buenos Aires con buena acogida de público y crítica. Pero su obra, cerca de un centenar, es atesorada en el Museo de Art Brut en Lausana, donde se exhibe periódicamente y acaso ya haya publicado algún ensayo sobre su obra Jacqueline Roche-Meredith. En Uruguay, la obra de Magalí Herrera se reparte por algunos museos de la capital e interior y algunas colecciones privadas pero sería difícil reunir un número suficiente como para una exposición reveladora de su talento excepcional."
Nelson Di Maggio, diario La República, Montevideo, 5 de julio de 2004




"Magali Herrera ou l’autre monde

… Vus de loin, ses dessins ne sont pas vraiment figuratifs, mais l’on retrouve parfois ce qui ressemble à une nébuleuse, à una coquille d’escargot, à une fleur, voire meme à  une soucoupe volante. En s’approchant toutefois, de petits bonshommes et d’autres motifs apparaissent comme autant de dessins dans le dessin, et c’est le nez collé au papier que des milliers de petits traits nous livrent leur secret: Chacón d’eux ressemblant à un autre change néanmoins imperceptiblement.  Il suffi de partir d’un coin ou du centre de la feuille pour suivre le parcours de sa pensée et ainsi entrer dans un monde par lequel ello oubliait la réalité. Caractérisique de l’Art brut, sa démarche à caractère obsesssionnel et aux vertus presque hallucinogènes, engendrait un résultat toujours involuntaire.
Bref, regarder les oevres de Magali Herrera, c’est enter dans une autre dimension, et c’est aussi bien découvrir avec fascination les obscurs recoins que les lumineuses plaines de l’ame humanaine.” Francoise Augsburger, L’Auditoire, Nº 104, Paris, abril 1996.


Inauguración de Galería Latina. Octubre de 1980. Magalí Herrera, Homero Capozzoli, Jorge Satut, Daniel Lucas en Canal 5. Foto cortesía de Pablo Marks.









Afiche (130 x 90 cm) y folleto de la exposición retrospectiva póstuma en Lausana 1996. Gentileza del Museo de Art brut de Lausana.


Tinta de Magalí Herrera. Colección particular. Obra exhibida en la exposición Arte Otro en Uruguay, Plataforma-Centro MEC, Montevideo, noviembre - diciembre 2008.



José Castro y la imaginería del inmigrante


Hace poco más de un lustro, en el marco del proyecto Arte Otro en Uruguay, conocimos a José “Pepe” Castro, cuando vivía en un paraje rural en San José. Su obra ha seguido creciendo y madurando como un gran árbol que nos regala sus frutos abundantes. Llegan nuevos trabajos y con ellos los reconocimientos, como la reciente invitación a participar del Internacional Woodcarving Art Festival en Beijing. Su obra actual se aventura en el color y su taller se ha mudado a Carmelo, en el departamento de Colonia. Pero más allá de estos cambios propios de un natural proceso vivencial y creativo, creemos que lo escrito para el catálogo de su muestra realizada en Galería Sur en enero de 2009, se mantiene con plena vigencia. *



Árbol aluvional:
José Castro y la imaginería del inmigrante.

Pertenece, al igual que Salustiano Pintos (Yerbal Patos, Brasil 1905- Montevideo, 1975) y Wilfredo Díaz Valdéz (Treinta y tres, 1932), al reducido grupo de artistas uruguayos de excelencia que se acercaron a la escultura en madera de forma autodidacta (pero con un manejo previo de oficios relacionados). El universo simbólico de “Pepe” Castro, sin embargo, dista de estos precedentes porque parte de un contexto social y de una visión del mundo diferentes.
José Castro nació en Bueu, una pequeña localidad en la provincia de Pontevedra (Galicia, España) conocida por sus actividades de pesca y marisqueo. El año de su nacimiento, 1939, coincide con el fin de la guerra civil española y el inicio la Segunda Guerra Mundial. José proviene de una familia de carpinteros: continúa la vocación de su padre y acompaña la de su hermano. Conserva incluso un hacha que hizo su abuelo paterno de la época en que todo el mundo se confeccionaba sus propias herramientas. Hacia 1946, con 17 años, debió emigrar para radicarse en Montevideo (en barco, como tantos europeos acosados por la pobreza) y desde entonces trabajó en ebanistería, confeccionando muebles de calidad. Se dedicó especialmente la fabricación de sillas: le mostraban los modelos importados de Europa y él los reproducía con lujo de detalles. Fue difícil ganarse la vida como inmigrante pero el país lo recibió en un momento de prosperidad. En aquella época solía darse el gusto de comprar hasta tres diarios por día para seguir con fruición las tiras cómicas, y recuerda aún vivamente los lujosos carnavales: dos hechos que resultarán significativos a la hora de analizar su ulterior desarrollo artístico. Trabajó en el oficio hasta la crisis del año 2002, cuando las carpinterías más importantes quebraron.

El tronco. Castro no pudo disponer de su tiempo para una educación formal completa. Nunca concurrió a escuelas de pintura, talleres de escultura o academias de artes. Pero siempre dibujó a cuenta propia y se pagó clases particulares de dibujo técnico. Llegó incluso a recibir lecciones en la casa de los mismos docentes que lo alentaron, pero siempre como una actividad secundaria, luego de concluida la jornada laboral. Hacia el año 1960 comienza a trabajar en su arte. Se sirve de todo clase de maderas: fresno, cedro, anacahuita, quebracho, lapacho (la mayoría son especialmente duras). Ciertas obras le demandan años: “La escalera humana”, por ejemplo, es una pieza única tallada alrededor de un gran tronco de fresno en forma de horqueta, en donde innumerables figuras desnudas parecen trepar una sobre otra rodeando el tronco y como desprendidas de éste. En general respeta el color de la veta, y únicamente emplea tintas o barnices para pronunciar ciertas entonaciones naturales de la materia. En algunos casos ha remarcado el blanco que ya traían las tablas -de viejas pintadas- con un poco de cal, consiguiendo un efecto que no desdice la antigüedad de la pieza original. En viejos durmientes que ha incorporado a sus ensamblajes (“Don Quijote”) prefiere dejar a la vista los rudos manchones de aceite que dejaron a su paso los trenes: “esa parte –asegura- es más dura que el metal”. En otras piezas lleva a cabo innumerables incrustaciones, escondrijos y compartimentos tallados dentro de los cuales dispone macaquitos de madera, calaveritas de plástico, billetes y otros objetos diminutos: son como los exiguos depósitos –relicarios profanos– que el inmigrante procura para mejorar su condición o poder retornar a su patria. Pero a la postre el sentido del ahorro cambia, dejan de ser un respaldo económico para transformarse en una estrategia emotiva de supervivencia. Así se guardan los trofeos afectivos, los juguetes, los vestigios de un tiempo en que la felicidad dejó misteriosamente su huella en los objetos más triviales y diminutos.

Las raíces. Castro posee una personalidad de sorprendente vitalidad, con un sentido del humor muy singular. En su acento conserva las trazas de su lengua materna, pero en lo que respecta a las influencias artísticas, asegura no conocer referencias. Los temas salen de su imaginación y de la observación cotidiana del entorno. Por supuesto que para reproducir una cabeza de Albert Einstein o el rostro de Ruben Rada debió mirar una revista y tomar el motivo. Pero su arte nace de la necesidad imperiosa de expresarse. Trabaja doce horas por día y así se logra el número, el tamaño y el detalle sorprendente de su producción. “Soy de mucha exigencia. Hago lo que yo quiero. El trabajar en esto y de este modo me da a mi una ventaja contra otras personas que están muy limitadas”. Se le nota un gran orgullo y consideración hacia su trabajo. Virtuoso de la técnica, logra un desbastado rústico pero preciso cuando lo desea. Las formas quedan compactas, contundentes. La mayoría del proceso –la talla, obviamente– es enteramente manual. Posee varios baúles ahítos de herramientas viejas y personalmente ha confeccionado algunas de precisión.

La copa que canta. Las tallas de Castro son, en especial los bajorrelieves, muy descriptivas. Narran historias, no de un modo secuencial como se puede leer en el cómic moderno, sino de manera sincrónica, total, como lo haría un observador omnisciente (la figura de Dios, tan cara al arte popular tiene también aquí un registro posible). En un relieve sobre la dictadura uruguaya, además de las torturas, los vuelos de la muerte, los robos de niños y otros crímenes cometidos por los militares, talló la ejecución sumaria del peón Pascasio Báez por parte de los Tupamaros. En “La Historia del mundo” aparecen desde personajes como Buda y Darwin hasta diferentes medios de transporte de varias épocas y especies animales extintas. Reproduce con mínimos elementos plásticos los monumentos históricos, edificios que llaman su atención y personajes reconocibles, y llega a rizar el rizo con una asombrosa reproducción tallada en dimensiones mínimas de “El Guernica” de Picasso. En ese sentido, en el poder de síntesis descriptiva, es un dúctil dibujante con un criterio de organización espacial muy acusado: le place compartimentar, llenando completamente los intersticios de las obras. Recoge elementos de la imaginería religiosa popular –santos, diablitos, calaveras–, popular urbana (homenaje al Montevideo del 50), de la tradición celta y gallega, muy reconocible en las figuras de los guerreros, templarios y santos, en especial Santiago de Compostela: aparecen, entre columnas, como sostén en el margen inferior de las piezas (cuando se le interroga por esta rara inclusión responde que es sólo por motivos decorativos, “¡Tiene que gustar!”, añade riendo). También se aprecian en sus relieves los viejos “cruceiros” que parecen tumbas elevadas, pero que representan en verdad las construcciones que se emplean para almacenar granos –llevan cruces en la cúspide– y que son un símbolo de Galicia rural. No faltan entre sus motivos las grandes cuestiones del momento como el derribamiento de las Torres Gemelas: en lo alto de los edificios conversan Bin Laden y George Bush (personaje que reaparece en varias ocasiones con cuernitos y cola de diablo). La muerte está siempre presente en forma de lápidas, cruces, calaveras o el típico personaje con la guadaña... La picaresca se denota, ora en un sentido satírico como en el hermoso  “retablo” con escenas eróticas, ora en un sentido surrealista como en la pieza relativa a los que emigran a España y caen en paracaídas: algunos se estrellan contra el suelo, otros planean en bicicleta, otros quedan colgados de los árboles. A veces, lo surreal llega con la realidad noticiero: un domingo en Montevideo es representado con una pelea en el Estadio Centenario a la vez que con una marcha de protesta con carros y caballos frente al Palacio Legislativo. Un motivo recurrente es la torre de Babel, incluso una escultura como “El Arca de Noé”, poblada de preciosas figuras de animales que ascienden la colina, guarda también esa forma de cono trunco e inacabado. 

Los grandes retablos o tallas en bajorrelieve parecen puertas que se abren a un mundo de historieta ilimitada, que se regodea en las aglomeraciones, en las desdichas y fortunas del hombre. En la vasta producción de Castro se respira esa idea coral y escatológica, de caos y muchedumbres sujetas a destinos y azares diversos. Múltiples tradiciones convergen en sus tallas. Como un verdadero inmigrante que se realiza a sí mismo, su obra sincretiza una imaginería aluvional, recoge pasado y presente, observa y critica la realidad con un sentido vitalista y descriptivo avasallante.

Pablo Thiago Rocca,
Salinas, Diciembre 2008


* Galería Sur, Punta del Este, Ruta 10 Parada 46. Maldonado (Uruguay). Agradecemos a sus directores Jorge Castillo y Martín Castillo, la reproducción de las imágenes que acompañan el texto.

Lita Mainero: el mundo que gira por sí mismo



Lía Mainero Berro (Montevideo, 1902 - 1964), Lita para familiares y amigos, pertenece a esa rara estirpe de artistas de alcurnia –como Italia Ritorni y como Petrona Viera–1 que realizan su entera obra con gran independencia de las corrientes pictóricas en boga, lejos del mundanal ruido que apenas escuchan y fuera del cual tampoco son escuchadas. Una vida sin apremios económicos, soltera contumaz, fue educada en el seno de una familia de celebérrimos apellidos que confiaba en el arte como camino de educación sentimental.

Lita fue naïf en una época en que esta palabra no estaba de moda en nuestro país, pero eso no le impidió participar de salones nacionales y municipales. También llevó a cabo  varias exposiciones individuales (Amigos del Arte, Galería Lirolay de Buenos Aires) con una moderada repercusión crítica y el apoyo de algunas figuras artísticas de fuste.

El tema de la pureza –juegos de niños, seres celestiales, profetas, magos, bosques y caminos perdidos– parece constituir el centro de sus preocupaciones plásticas. Sobre la base de dicha pureza su obra fue alabada y criticada. De sus cuadros al óleo, el prestigioso Jorge Romero Brest advirtió: “Lía  Mainero Berro también pinta porque tiene algo que decir; pero su color no ha alcanzado la pureza necesaria para que sea un vehículo eficaz de sus pensamientos.”  “Giacosa, Mainero y otros, se expresan por un color abigarrado y falto de expresión pura.” 2 Para Eduardo Díaz Yepes, en cambio, “Lía Mainero ofrece al espíritu fatigado de tantas apreciaciones sobre técnica, ismos artísticos, unas expresiones sensibles, de un mundo íntimo, lleno de poesía y gracia. Expresiones dadas por una mano sensible, sabia e ignorante como la de los niños. El elogio de la locura, es el elogio de lo nacido sin artificios, que es en definitiva, primera condición de la obra de arte. Condición que Lía Mainero cumple sin darse cuenta del todo, como la planta nos da su flor, cumpliendo su destino hermoso.” 3
De este modo Yepes entronca la obra de Lía en la larga tradición satírica del humanismo, citando el Elogio de la locura de Erasmo de Rótterdam y en seguida vinculándola a la falta de artificios de la expresión infantil frente al exceso y la frialdad de los tecnicismos. “Estudio poco. Pinto lo que me interesa y sólo cuando lo siento”, admitía Mainero con franqueza.  A cincuenta años de su desaparición física, recordamos la obra de Lía Mainero con una serie de artículos recogidos en la prensa local e inéditas imágenes de su vida y obra.

***

Diario El Plata, 13 junio 1956: Galerías de Arte. Exposición Lía Mainero. Sin firma


“En la sala de A.U.D.E. Lía Mainero presenta 17 óleos, representativos de su personal manera estética. La pintura de Lía Mainero […] se ofrece a una interpretación literaria, sin que excluya por eso las consideraciones de orden plástico.
El tema de impone; pero la singularidad del ritmo expresivo reclama particular atención. Puede decirse que esta pintora atina  exactamente con los procedimientos, técnica y estilo que conviene a los asuntos propuestos; pero también ocurre que la obra pintada genera genera, por si, inesperados contenidos.
Se propone un escenario, se registra un ocurrir […] los elementos aparecen tocados por una calidad secreta, como si todo se diera en las indefinibles latitudes del sueño y de la leyenda. Las figuras tienen la gracia, la lejanía de una evocación que atrae sus formas, su color […] un tiempo que no se deja fiscalizar.
Aquí, las figuras son creadas por la mente que ordena sus ficciones: son pura concreción plástica, en una función abstracto-humana, con el prestigio de su gran simplicidad; el color está en ajustes con el clima, que le exige un “aire” tonal; la luz se deja caer o viene, pero desde focos que no pueden ser imitados, y sí provocados.
La pintora Lía Mainero  puede realizar ilustraciones de verdadera jerarquía.”

Revista Mundo Uruguayo, 18  julio 1956: LIA MAINERO entró  a pintar por descreimiento por Paulina Medeiros (Especial para Mundo Uruguayo)

“Recientemente Lía Mainero conmovió nuestra pequeña galería de A.U.D.E. con sus óleos de figuritas tenues, con sus empastes armoniosos de noche o de bosque […] 


Dejó en la calle a sus abuelos

Esta muchacha de modesta apariencia, oculta bajo el tailleur que debe uniformizarla lo mejor posible dentro de un mundo anodino de gobernantas o institutrices para que nadie pueda violar su intimidad secreta y perfumada, desciende por su madre de presidentes y legisladores. Bernardo Prudencio Berro fue su bisabuelo, también poeta, y fue su tatarabuelo aquel Pedro Prudencio Berro, español que tomó el partido de los patriotas, siendo así de nuestros primeros constituyentes.
También por línea colateral, desciende de aquella gallarda y romántica figura: Adolfo Berro, que compuso poemas contra la esclavitud y murió en edad temprana.

   Lía, le observamos ,tiene sangre de próceres, pero ya parece habérselos olvidado […] 

El arista crece antes las dificultades

  De veras –nos dice la pintora-. No creo hacer ninguna cosa extraordinaria en pintura. Estudio poco. Pinto lo que me interesa y sólo cuando lo siento.
  ¿Sus maestros?
 Estudié  un año y algo más con el profesor Bazzurro, en el entonces Círculo de Bellas Artes […]
 Pero ¿Cómo empezó? ¿Qué determinó esa vocación? – inquirimos curiosamente.
  Por las calles de Buenos Aires, donde acompañaba a una tía, desorientada, me perdí. Malhumorada vaticinó entonces mi compañera, que me había estado buscando infructuosamente: Nunca podrás ser pintora. No tienes memoria visual.

Yo también podré

El “yo también soy pintor” que Rodó glosara, la emulación, aquí por contraste prendió en el alma […] 

Así es el arte, así es la vida

Lía no pinta con perspectivas. Su mano se mueve guiada por sus visiones. Sus criaturas son tan desvalidas […] Sus niñas son todas alucinadas, juegan a tocar estrellas, zapateándolas como pelotas: escuchan embellecidas sobre una calle pobre, empastada en oscuro, el rodar de un lujoso carruaje, que siempre se aleja y es ajeno.
Más allá es una berlina, que surca una doble fila de árboles otoñales […] Pero en los óleos de Lía, casi siempre aparece una niña, la siempreviva y maravillosa escucha de los cuentos. […] Todas componen una turba de imágenes, exentas de rebuscamiento. En su maravillosa simplicidad, nos bañan con esa luz de poesía […] Están en la órbita de un mundo que existe y gira por sí mismo.

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1. Sobre al vida y obra de Italia Ritorni (Mercedes, 1888 – 1986) véase Otro Arte en Uruguay, Linardi y Risso, Montevideo, págs. 23-25 y 170-171. El caso de Petrona Viera (Montevideo, 1895 – 1960) supone motivos  diferentes – sorda desde los dos años de edad- y una más compleja relación con las corrientes modernas, en las que fue formada. Pero las tres, Mainero, Ritorni y Viera, pertenecen a una misma generación de familias ricas que educan a sus hijas por medio de institutrices y que ven en las artes una expresión de cultura liberal. Por tanto,  el análisis comparativo, más allá de la fortuna dispar de la producción pictórica de las tres, puede resultar ilustrativo de un tiempo y de una forma de ver el mundo que se cierra precisamente con su generación.
2. Jorge Romero Brest, El primer salón municipal de artes plásticas de Montevideo, Comisión Municipal de Cultura, 1940, pág 17 y 27
3. Folleto de la exposición en Amigos del Arte , Montevideo, noviembre-diciembre 1954.

Agradecemos el relevamiento de prensa proporcionado por Vera Sienra, así como la transcripción de algunos recortes de prensa, de la biblioteca del MNAV.
Carlos Herrera nos puso en conocimiento de la obra de Lía. Y debemos los datos de su vida personal, así como catálogos y fotografías a la gentileza de Kirai de León, sobreina de Lita. Las fotografías de sus obras fueron tomadas por el equipo del proyecto Arte Otro en Uruguay.