Carmen García Pernas: La vitalidad de la pintura



Hace unos años nos preguntábamos de dónde salían esos seres que se amontonan y entrelazan en una vorágine de brazos y piernas, de cabezas y torsos selváticos y si eran acaso una sola matriz, como raíces de gente. (1) Entonces Carmen García Pernas (Montevideo, 1955) dibujaba solo figuras en blanco y negro que se contorsionaban en un nudo. Pero advertíamos que ese enredo no era sólo atasco, sino también movimiento y posibilidad de cambio. Hoy la artista ha cambiado –sigue cambiando– y se atreve a incursionar en el color, (2) alentada por amigos y en especial por la pintora Viriginia Patrone, a cuyas clases asistió. Las figuras encuentran una forma más definida y se organizan en el espacio, si bien el tratamiento tortuoso de la línea y de la atmósfera en general en la que aparecen como sumergidas, nos informa que el cuerpo humano sigue siendo el eje del “conflicto” que nutre su accionar.

Cuerpos surcados por el miedo o el asombro de sí mismos, habitados por presencias múltiples y animales, espiados desde los márgenes por otros cuerpos, por otras sombras. Pero también cuerpos tocados con una paleta azul, en pos de una asunción etérea. Las dificultades para la correcta –desde una perspectiva académica– representación anatómica de las figuras no cuenta como un dato negativo en estas dieciséis obras, sino como un valor expresivo e incluso como un signo libertario, en la medida que obliga a romper cadenas y estructuras perceptivas, tanto en el ejecutante como en el observador.

Su pintura de mujeres que se hamacan, que flotan, que pintan o simplemente retozan posee un halo un misterio que tiene algo de cuento de hadas o de proyección onírica. Contribuye a este clima los criterios de elección colorística –que no siguen escuela alguna– y a veces el rudo empaste, insuflando a estos personajes de una pulsión semejante a la enérgica de los artistas “brut”. Una preocupación constante por la postura de las manos, que se nos muestran por momentos hieráticas, ásperas como cardos o reposadas y livianas como peces, nos recuerda la frase de Focillon: “Un arte en el que las manos fueran totalmente excluidas resplandecería de inhumanidad”. Sus curiosas manos ofrecen puntos de contacto con la obra de Cabrerita, con quién comparte además cierta disrupción espacial en el anclaje de las figuras: el cuadro de García Pernas en el que todos los niños juegan pero cada cual en su mundo posee una estructura compositiva –y simbólica cabría agregar– muy similar a “En una isla” de Cabrera, una gran acuarela del MNAV.

En un momento en que la pintura parece volver a pisar fuerte en la escena artística montevideana –gran muestra de María Freire en el Museo Blanes, Primer Premio Paul Cezanne para Matías Paparamborda, colectiva en el Subte, altos niveles en las individuales de Alejandro Palomeque en el Subte y de Daniel Gallo en el Cabildo– la obra de Carmen García contribuye con su autenticidad e intensa carga emotiva a enriquecer este camino de renovada vigencia. (3)



1. En este mismo blog, entrada de marzo de 2012: "La selva primigenia de Carmen García".

2. “La absolución de una niña”. Muestra de Carmen García Pernas Centro Cultural “Al pie de la muralla”, Ciudad Vieja, Montevideo.
3. Nota de Pablo Thiago Rocca publicada en Semanario Brecha, en su edición del miércoles 23 de marzo de 2016, nº 1583, pág. 30, Montevideo, Uruguay.


Del Comunicado de Prensa:

Carmen García Pernas nació en 1955. Durante su infancia y adolescencia fue testigo y recibió influencias de la pintura de Carlos Páez. La vida adulta la llevó por otros caminos. Su vida fue sacudida en sus primeros años, los años de la inocencia. A la niña le gustaba jugar, ver la maravilla de la vida, dibujar y pintar, como a todos los niños. Crecer limpiamente y florecer. Pero el camino fue duro, a veces demasiado. Todo deja sus marcas. Todos llevamos nuestras marcas. Carmen busca  ahora a través de la pintura su verdadero ser, el que siempre estuvo ahí, sin marca alguna, sin penas heredadas, sin pecados ajenos. Madre de dos hijos, su vida adulta padeció tormentas interiores. La niña quería aflorar y el cuerpo necesita sanar. 

"Carmen transmigra, del cuerpo a la tela. Atravesando dolores y culpas inocentes va sacando el cuerpo a la luz. Con un toque de tragedia y de reencarnación de Chaim Soutine, Carmen pinta para vivir." Virginia Patrone. Montevideo, febrero de 2016.

Breve bio:

Carmen García Pernas nació en Montevideo, es descendiente de criollos y de rusos, dibujó siempre.

Su serie de dibujos en tinta china quedaba sin exhibir hasta que un relojero le dijo que era buenísima.  Y ahí, llevada como Alicia al otro lado del espejo, compró un block grande de hojas y no paró. Mostró sus dibujos, los expuso en la galería de Diana Saravia. Entre 2003 y 2004 tomó clases durante algunos meses con Guillermo Fernández y con Fernando López Lage en el FAC. En 2012, 2013 y 2014 tomó clases con Virginia Patrone en su taller de Montevideo. En 2014 participó del Laboratorio de Cruce de lenguajes, el proceso creativo de La Señora Macbeth and the witches within, de Virginia Patrone y Rodrigo Spagnuolo. 

“Los días ganados”. Repercusiones de la Muestra de Arte Naïf en Uruguay (VI)



Bajo el título “Los días ganados”, el semanario Brecha en su edición del día 30 de diciembre del pasado año realizó una mirada retrospectiva “a lo que 2015 nos trajo (…) el repaso de la agenda del año que se fue”. Verónica Panella, la encargada de señalar los acontecimientos de artes plásticas destacó la muestra con estas palabras:

“ARTE NAIF. Realizada en al sala mayor de la Fundación Unión, esta muestra nos acercó la obra de 29 artista ajenos a los centros de visibilidad, crítica o mercado de las artes plásticas donde, en el decir su curador, Pablo Thiago Rocca, ‘pintores domingueros, amateurs, jubilados, aventureros del pincel o del modelado, emplean sus ratos perdidos en imaginar situaciones y paisajes prístinos, recobran con la opulencia de los colores la belleza de un mundo interior que se revela (…) con la fuerza de una visión esperanzada.’ La nutrida, necesariamente heterogénea y visualmente intensa selección da cuenta de caminos expresivos transitados desde una libertad creativa francamente atendible.”

Imagen gentileza de DOSSIER


Recomendaciones: Fotografías de los mosaicos de Odin on line



"Por las noches, cuando nadie lo ve, un artista anónimo recorre la Ciudad Vieja de Montevideo haciendo pespuntes en el tejido urbano. Con restos de azulejos recompone las baldosas rotas de las aceras. Pedacitos rojos, azules, blancos, verdes. Pequeñas fiestas de colores en el piso. Ese gesto de 'buen samaritano' que cura las heridas de la urbe a cuenta propia, es un ejemplo de una expresión fundamentalmente distinta, ajena a las intencionalidades propagandísticas o folklóricas." 

Con estas líneas consignábamos en el año 2009, bajo el subtítulo Actitud, gesto, utopía en el libro Otro Arte en Uruguay (P. Thiago Rocca, Ed. Linardi y Risso, Montevideo, pág. 79), el trabajo del artista que se hace llamar Odin y que prefirió mantenerse en el anonimato. Quien primero reveló su silenciosa obra mosaiquista para este proyecto fue la artista e investigadora Eloísa Ibarra. La obra de Odín aparece también mencionada el ensayo que escribimos para el libro de Cristina Casabó Bancos Azulejados (Montevideo, Ed. de autor, 2012). 

Mucha agua ha corrido bajo el puente desde el 2008 cuando Odin comenzó con su tarea.  Los hermosos mosaicos estuvieron a punto de ser destruidos el pasado año por funcionarios de la Intendencia de Montevideo y una campaña en las redes sociales impulsada sobre todo por el artista Gustavo Fernández, logró evitar un primer embate. Pero la actual remoción de las veredas de la Ciudad Vieja para la colocación de pavimento sin baldosas ha vuelto a poner en peligro las piezas de Odin, que al paso del tiempo se han ido multiplicando, transformándose en un atractivo turístico y en una señal de identidad local.

Hoy el Centro de Fotografía de la Intendencia de Montevideo, a través del trabajo del fotógrafo Carlos Contrera, ofrece una galería de fotos on line que vuelve a poner en valor este ejemplo de expresiones artísticas que nacen al margen de toda promoción institucional. Damos difusión a este sitio, además, con la esperanza que se conozca mejor la obra de Odin y que su conocimiento sirva para una revisión de las políticas urbanísticas que, al respecto, se están llevando a cabo.

Invitamos a ver esta galería de fotos del sitio web del Centro de Fotografía (CdF):



Fotografías reproducidas son autoría de Carlos Contrera para el CdF.


Ángel Silva (Canelones 1959 – San José 2015)


Los caminos del ángel o la luna como pan blanco

“... En este corte de círculo en los hechos 
En aquel ventanuco donde empuja la sombra
Está de pie la luna que como un pan blanco
Cae del cielo.” 

E.C.*

En diciembre del año 2013, en ocasión de la visita que realizamos a la exposición de obras de los artistas del Taller de Orientación Plástica de la Colonia Etchepare, habíamos constatado un cambio en la pintura de Ángel Silva. Dos años después, el pasado viernes 18 de diciembre de 2015, fuimos a ver la muestra que año a año organiza dicho taller de plástica con el fin de mostrar la producción anual de cerámica y de pintura, y creímos constatar una profundización de aquellos cambios del 2013. No hablamos en detalle de ello con el artista allí presente, pero sí intercambiamos algunas palabras y alentamos a que siguiera pintando.

Días más tarde nos enteramos que ese mismo 18 de diciembre de 2015, a la tarde, Ángel había sufrido un infarto y fallecido. Al oír la noticia, no pudimos evitar un sobresalto, sentimientos de culpa (“podría haber sido más afectuoso en el trato, podría haber charlado más tiempo con él…”) y la pena mezclada con rabia que sigue a la noticia de la muerte de un ser que estimamos.  Conocemos desde hace años a algunos pacientes que valoramos por su carácter y/o por su obra artística, pero los vemos en escasas y breves ocasiones, y desconocemos casi todo acerca de sus vidas, de sus padecimientos y alegrías. Tratamos de estar al tanto de sus trabajos  –en la Colonia a través de la tallerista Isabel Cavadini–, y los ayudamos en la medida que nos parece posible –desde la escritura y las curadurías de exposiciones–  pero nunca es suficiente, pues están confinados en un sistema asilar obsoleto, marginados de la sociedad, relegados en muchos casos por sus familias pobres y con magros o nulos ingresos económicos.

Obras de 2008

La obra de Ángel Silva, adelantábamos líneas arriba, había operado una serie de transformaciones en los últimos años, especialmente en lo que refiere a la organización espacial de sus pinturas. A partir de 2013 se aprecia una mayor libertad en la amplitud de los blancos de la hoja, así como una creciente variedad de caminos formales que comenzaban a romper la excesiva regularidad de los planos y el horror vacui. Advertimos, además, un alejamiento de la figuración en pos de una mayor abstracción, al menos aparente.

Cuando la publicación del libro Otro Arte en Uruguay (Linardi y Risso, Montevideo, 2009), es decir, en referencia a pinturas producidas por Silva antes o durante el año 2008, habíamos consignado lo siguiente:

“…Dice que pintar es terapéutico, que lo apacigua. De niño le llamaron la atención las películas de cowboys y mexicanos. Ahora reproduce unas figuras con típicos sombreros mexicanos y largos macetones desde los que penden vegetales arracimados. Estos motivos simples realizados con marcadores de color sobre cartulina blanca son reelaborados en múltiples versiones. Le place explorar los contrastes cromáticos y crear intrincadas arquitecturas: los sombreros mexicanos ya sin portadores se vuelven rudos espirales, las macetas crecen como palmeras en jardines de fulgor abstracto. Con un vocabulario plástico reducido Silva ha creado un mundo paralelo en donde no se le da tregua al vacío. Su técnica de colores en damero le proporciona un orden límpido y sin fisuras donde cada parte encuentra el lugar que le corresponde.”

  
Obras de 2013 y 2014 (fondo naranja)

Luego de un tiempo sin producir, cuando Silva retornó al dibujo en el 2013, mantuvo la técnica de los marcadores sobre papel pero abandonó los motivos vegetales, los sombreros mejicanos, los automóviles y toda otra figuración claramente reconocible. La progresión en damero ya no cubría enteramente la hoja y dejaba huecos significantes. En lugar de la cuadrícula una forma similar a los durmientes de las vías de un tren o a gruesas costuras comenzaba a suturar y serpentear espacios colorísticos más distendidos, menos ordenados. Y en el centro de los cuadriculados se presentan círculos concéntricos de bordes imprecisos (“…la luna que como un pan blanco / Cae del cielo”). Tal vez, más que abstracciones se tratase de construcciones como casas o edificios sintetizados al máximo. Tal vez sean como vías del tren por dónde su imaginación discurre buscando salidas y remansos.

La obra de Ángel se expuso en la muestra “Otro Arte en Uruguay” (Centro MEC, Montevideo, 2008), en la exposición “Memorias del Inconsciente” (Galería Sur, Punta del Este 2009), en “De ayer a mañana” (Ministerio de Transporte y Obras Públicas, Montevideo, 2011) y desde 2008 (año de su irrupción en el taller) en las muestras, ya mencionadas, que realiza anualmente taller
de Orientación Plástica de la Colonia Etchepare a cargo de Isabel Cavadini (Colonia Etchepare, San José).

Sector de la muestra Arte Otro en Uruguay en Centro MEC, noviembre 2008 (en primer plano, "León" de Alberto Panzardi y al fondo obras de Ángel Silva, Juan Carlos Cortese y Miguel Tosi)

Recordamos la viva imagen que nos produjo el primer contacto con el artista en el invierno de 2008: “Lo encontramos ensimismado, con un cigarro en una mano y un graypen en la otra, dibujando en la última luz de la tarde […]  Nos cuenta que su padre era un obrero y cuando no había trabajo sobrevivían con lo que podían pescar. Pasó momentos de gran penuria y de reclusión…”

La obra de Silva es testimonio de un proceso creativo dinámico, de intenso colorido y febril concentración, que fue evolucionando según su propio interés y estados de ánimo, sin apuntalamientos didácticos ni intervenciones de ningún tipo. Es la expresión de la riqueza espiritual de un hombre que no tuvo una vida fácil, de la síntesis o amalgama de sus recuerdos, de su lucha por encontrar un orden y una salida al dolor a través de la pintura. Hoy nos despedimos de su persona pero no de su obra, que nos confirma la importancia de la creación artística como manifestación de los valores humanos transcendentes.

 
Obras de 2015

Eduardo Curbelo. La rosa del manicomio (y otros servicios de salud mental), Editorial Yaugurú, Montevideo, 2010.


Últimas donaciones



El proyecto Arte Otro en Uruguay se nutre de la generosidad de artistas e investigadores que colaborar para formar un acervo documental sobre temas afines a estas manifestaciones artísticas. En estos últimos días hemos recibido una serie de obras y documentos de la que queremos dar cuenta como forma de agradecimiento.


1. De Ricardo Orsi. Publicación Luiz Costa e a Cor de Ricardo Orsi, Verano Editora, Brasilia, 2003. 132 p.; il. 

"Com autoria de Ricardo Orsi e publicação da Verano Editora e Comunicação, vem a público LUIZ COSTA E A COR.  O texto e os trabalhos reproduzidos confirmam a certeza do título ante o vigor do colorido tropical exibido, baseado numa pintura artesanal.  Nas entrevistas com Orsi, Frausino e Siqueira, está a trajetória do lavador de carros, servente e auxiliar da Galeria Oscar Seraphico, onde viu brotar o seu pendor, que se consubstanciou a seguir... 'A pintura me salvou". Declara-se fortemente inspirado no Grupo Santa Helena, participa do grupo dos coloristas de Brasília e não teme repetir-se: "O mundo a partir da repetição". No meu entender, repetição no linguajar de Luiz representa o desdobramente de uma temática em várias nuances, na tendência da definição de sua linguagem própia. O livro também nos mostra em seu Manifesto, que o artista se faz sedimentar em forte sentimento cristão."

 2. De Annie Namer. "El libro y la bicicleta" de Annie Namer, óleo pastel sobre papel Canson, 10 x 15 cm, Montevideo, 2015.

3. De Pincho Casanova y Mararena Montañez. Afiche de Véio (Cícero Alves dos Santos)  Bienal de Venecia (Abbazia di San Gregorio), Italia. Marzo - noviembre 2015.

4. De Daniel Barboza. "Pequeña cabeza de cerámica esmaltada" de Daniel Barboza. Cerámica, 5 x 5 x 4 cm. San José, 2015. 

5. De Alda Pereira. "La gallina azul" de Alda Pereira, acrílico sobre fibra, 22 x 17 cm, Tacuarembó, 2015.

Exposición de Raúl Javiel Cabrera y actos esteristas en París y Barcelona



Bajo el título Acte Esterisme nos llega información desde Europa de próximas actividades del grupo esterista que incluyen obras de teatro, filmes y exposición de obras de Raúl Javiel Cabrera (Cabrerita). A continuación difundimos:


A C T E   E S T E R I S M E
6, 7 et 8 Novembre  2015

A PARIS


EXPOSITION : Javiel Raúl Cabrera (Aquarelles et dessins)  Primitivo Cano (Sculptures)

THÉÂTRE: «Cabrerita» «Parrilla, profesor de amor» (en langue espagnole) Teatro de la Alhambra, E. Cervieri (Uruguay)

FILM : «Estérisme 1944-2012» «Que le mystère demeure» Productions Estérisme


GALERIE DE NESLE - 8 rue de Nesle - 75006 PARIS Tel : 01 43 25 25 41- www.galeriedenesle.com, Métro : Pont-neuf (ligne 7) - Odéon (lignes 4 et 10)
RER : Saint-Michel / Les Halles Bus : 24 / 27 / 58 / 70 Parkings : Rue Mazarine - Ecole de Medecine - Place Dauphine



A BARCELONE

THÉÂTRE:  29 et 30 octobre 2015 - 21h00 - «CABRERITA» BREU teatre estratégic - Carrer de l’Hort de la Bomba 6, 3°- 1a 08001 Barcelona

THÉÂTRE:  3 novembre 2015  - 19H30 - «PARRILLA, PROFESOR DE AMOR» «LA NENA» C/Ramón y Cajal, 36 - Gracia - 08012 Barcelona

"Cumpliendo su destino hermoso". Repercusiones de Arte Naïf en Uruguay (V)



Es el arte ingenuo, arte por fuera de las escuelas, las tendencias estéticas y comerciales de cada tiempo. De él se ocupa esta muestra, ambiciosa por la  cantidad y la calidad de las obras presentadas, que para el espectador, sobre  todo el no especializado, aportan la gratificación de adentrarse en universos  donde la sorpresa, el placer, y aun el humor, van de la mano.

 Cuando alguien que no es crítico ni entendido en arte entra en la sala mayor de  la Fundación Unión, lo primero que llega a los ojos –que no son dominados por la voluntad, simplemente van– es un paisaje de alegría. Un árbol de redonda  copa, toda ella habitada por pequeñas flores, sobre un pasto a su vez habitado  por pequeñas flores. Sólo el trazo marrón del tronco, en la mitad, interrumpe  ese doble juego picadito, debajo de un cielo de tonos rosados y azules que ocupa los dos extremos superiores del cuadro. ¿Por qué llama tanto esa delicada ventana, que tiene algo de puntillista en su recreación como infantil de detalles luminosos? Quizá porque se nos promete una exposición de arte naïf, que quiere decir ingenuo, lo que implica probablemente –luego veremos que no siempre– un cierto aire infantil, en lo que este término tiene de espontaneidad, de falta de autoconciencia y de teoría, y de abundancia, en cambio, del placer de hacer por el placer en sí. Según Nelson Di Maggio, entonces director de la galería de arte de la Alianza Francesa, donde en 1977 se hizo una muestra titulada Pintura ingenua uruguaya, “Son formas que no solicitan una doble lectura y que eluden limpiamente el símbolo y la alegoría y no buscan penetrar   más allá de la superficie de las cosas vistas o imaginadas; su percepción óptica les basta”.  

No está mal para un espectador naif ir a ver arte naif. En un recorrido completo pero que trae luego, como es inevitable, memorias incompletas, nos dejamos llamar por las obras, lo que implica tratar de saber algo de sus creadores.
La creadora de ese primer cuadro llamador, conjuro de oscuridades, se llama Annie Namer. Nació en Hungría en 1930, emigró a Uruguay después de vivir tres años en París, a consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. De esos antecedentes se podría esperar la generación de trazos oscuros y torturados, pero las cosas que pinta Annie delatan cualquier cosa menos oscuridad. Una novia en la copa de un árbol, también habitada por un bebé en su canasto, un   anciano, un par de niños; una plantación de árboles rosados, una boda con su   cortejo que incluye la torta, los árboles, siempre. Por momentos, por el detalle,   el pequeño trazo, se evoca la textura de algunas escenografías que el gran Michel Ocelot diseña para sus espléndidas animaciones.


Namer es una entre los artistas destacados por el curador de la muestra, Pablo Thiago Rocca, que viene hace años estudiando, registrando, poniendo bajo a   mirada pública ese “arte  otro” que va por fuera de las galerías, las teorías estéticas, las pujas del mercado del arte y los afanes críticos. En esta muestra hay obras de hombres y mujeres, algunos que han transitado por los corredores de eso que llamamos “problemas mentales” y han estado internados en instituciones donde la guía de algún tallerista de arte les abrió las puertas de lo que tenían escondido y quería salir como formas, colores, volúmenes. Otros fueron simplemente  trabajadores, buenos vecinos, animadores de gestas individuales y comunitarias, aventureros casi inimaginables para nuestra prudencia ciudadana, solitarios, gente que de un oficio pasó a otro con la naturalidad –y la seriedad– con la que un niño deja un juego para enfrascarse  en otro. Entre ellos hay gente que pinta, que hace esculturas de distintos materiales, o miniaturas que florecen dentro de una botella, o mosaicos recreando personajes ignotos o importantes, o que puede hacer brotar un paisaje alucinado a partir de los objetos más corrientes, e incluso contar otra historia, con encuentros de próceres con dioses. Son 29, algunos han muerto, otros son muy mayores, y alguno apenas pasa la juventud.

Thiago Rocca define para Brecha las características del arte naif que hemos de considerar ejes de esta muestra: la supremacía del color, la necesidad de colmar  toda la superficie de la obra, el alejamiento del naturalismo en pos de una  figuración emotiva o fantástica, la tendencia a contar historias, el cuidado detallista, y sobre todo, una visión positiva y luminosa de la existencia.  

Sin embargo, un cuadro con una figura que parece un escueto monje, con un animal al lado que podría ser un  perro o un lobo, da una imagen algo lúgubre e inquietante (y  sin  embargo, es San Francisco). Al  lado, otros cuadros sin   “supremacía del color” y un aire que podría ser cualquier cosa menos el resultado de “una  visión  luminosa de  la  existencia”: uno que se llama  “Poeta y manzana” trae a un delgado hombre que tiene algo sumido e inquietante; otro, con una carroza que se aleja por un camino flanqueado por  árboles marrones, tiene como una seria melancolía que bordea lo mortuorio. El crédito pertenece Lía Mainero Berro (1902-­1964).

“Sin duda, su obra  es la menos naif de toda la muestra. Pero es difícil que  algún artista contenga todas las características señaladas. En el caso de Lía Mainero, una mujer de carácter independiente y de orígenes aristocráticos (bisnieta  del presidente Berro), si bien hizo un camino artístico por fuera de las corrientes pictóricas de su tiempo, realizó muestras individuales, estuvo en salones nacionales y municipales, pero hay una temática bien naif, recurrente   en su obra: magos, bosques, juegos de niñas, caminos perdidos, el tema de la pureza...”. (Ese ligero toque amenazante que está en sus cuadros podría ser,   entonces, el mismo que albergan los cuentos infantiles tradicionales.) Lía no fue   unánimemente aprobada pero Eduardo Díaz Yepes dijo que ella “ofrece al  espíritu fatigado de tantas apreciaciones sobre técnica, ismos artísticos, unas  expresiones sensibles, de un mundo íntimo, lleno de poesía y gracia.   Expresiones dadas por una mano sensible, sabia e ignorante como la de los niños. El elogio de la locura es el elogio de lo nacido sin artificios que es en definitiva, la primera condición de la obra de arte. Condición que Lía Mainero cumple sin darse cuenta del todo, como una planta nos da su flor cumpliendo su destino hermoso.”

Como capturada por el universo que es o comprende lo infantil, la mirada se dirige a un cuadro donde el mundo se replica, o se duplica: múltiples figuras  humanas en torno a una suerte de plaza, que parecen, la mitad de ellas, paradas de cabeza. “De hecho, se podría colgar al revés de cómo  está colgado”, explica Thiago Rocca. A su lado, en un árbol que tiene algo del mexicano árbol de la vida, los niños cuelgan de flores o de ramas, como adornos vivos. Y en otro más, sobre una mesa redonda, pequeñas figuras se deslizan en un tobogán, se suben a  un globo, arrastran una carretilla; es como un pedacito de un Brueghel juguetón. Su autora es Alda Pereira (Tacuarembó, 1945), maestra e inspectora de Primaria ya jubilada. Seguro que es la larga frecuentación de los niños lo que imprime a su pintura ese toque pícaro, de humor y gracia, que   hace   que   hasta   una   representación   de   Isadora  Duncan  en  el  momento  de  su   terrible   muerte   en   automóvil,   con   la   larga   bufanda   que   la   causó,   no   pueda  escapar  a  un  tono  de  juego.  
Las  mujeres  representadas  en  la   muestra,  además  de  las  tres  ya  seña-­ ladas,   parecen   ocuparse   sobre   todo   de   temas   que   tienen   que   ver   con   el   sentimiento,  y  con  la  representación   misma   de   la   mujer.   Italia   Ritorni   (Mercedes, 1888 – 1986), firma “ Los novios”  “Muer con espejo”. Que tienen la apariencia que uno asocia a los cuadros del siglo XIX, tanto por la temática como por su terminación cuidadosa y tersa. Orfila Martins (Santana   do   Livramento,   1923 Rivera, 2011) fimra un cuadro a la vez grácil y tieso, como son tiesas las figuras humanas que a cierta edad dibujan lo niños:   una   mujer   mira   al   frente   y   la   otra,   un   poco   más   atrás,   está   de   espaldas.   Alicia Ferrari (Artigas,  1949)  trae  una  sirena  envuelta   en un mar de distintos tonos de azul,  con   un   pequeño   arco   iris   cercano   que nuclea a dos cabezas de mujer. Ferrari pasó por  la Colonia Etchepare, donde comenzó primero a pintar escenas  urbanas  para  luego  concentrarse   en   sirenas,   seres   alados,   diosas del mar. A veces firma con otros nombres:  la  sirena  de  la  exposición lleva la firma de Eva Eunice.

La Colonia Etchepare, o su taller   artístico,   parece   fundamental   en   el   derrotero   de   algunos   de   estos   artistas.   También   por   allí   pasaron Alejandro Yanes (Santa Lucía, 1972),  antes  trabajador  rural  y  uno   de  los  más  jóvenes  de  la  muestra,   cuyas   pinturas   muestran   paisajes   perfectamente   alineados,   como   hechos   con   regla,   con   las   casas,   árboles,   personas,   animales,   bien   ordenados,  pero  oponiendo  a  la  rigidez de las líneas un colorido intenso y alegre. Y Daniel Barboza (Constitución, Salto, 1967), que comenzó a pintar alentado por la tallerista Isabel Cavadini; el cuadro acá presentado,   hipopótamos   sobre   un   paisaje   de   atardecer,   diseñados   con   múltiples   rayitas   de   colores,   tienen   toda   la   gracia   y   el   desparpajo  que  se  espera  del  arte  ingenuo.
También Luis Borteiro (Carmelo, 1947 – Santa Lucía, 2011) empezó a pintar bajo la guía de la tallerista Hilda Ferreira en la Colonia Etchepare:  marinas,  escenas  campesinas  y  coloridos  globos.

DE CIRCO, PLAYAS Y JARDINES

Detrás   de   la   obra   ofrecida   hay   historias  de  vida  particulares,  que   Thiago   Rocca   exploró,   buscando   quizás identificar la génesis de ese fenómeno  o  actitud,  esa  necesidad   de   crear   cuando   nada   parece   señalar   que   hay   que   hacerlo.   De   su  trabajo diseñanado esos perfiles de los  artistas  son  los  datos  usados  en   este  artículo.  

Orfila Martins provenía de una   familia   modesta   y   con   muchos  hijos,  trabajó  de  peluquera  y  comenzó a pintar de mayor, a escondidas   de   su   marido.   Italia   Ritorni,   de   una   clase   social   acomodada, se casó por primera vez a los  70  años  y  “continuó  pintando   como  si  todos  los  días  despuntara   el  siglo”.  

Y si de historias se trata, ninguna   más   curiosa   que   la   de   Joaquín   Medina  (Paysandú   1899 ­ 1974).   Se   escapó   de   su   casa   a   los   9   años   y   se   fue   con   un   circo,   en   el   que   llegó   a   ejecutar   un   número   espectacular:   atado   a   un   trapecio,   con   una   paleta   en   una   mano   y   los   pinceles   en   la   otra,   pintaba   a   15   metros   de   altura,   en   cada   vaivén   del   trapecio,   sobre una tela fija apropiadamente colocada.   Pero   también   fue   domador,   blandengue,   compositor   de   tangos,   vestuarista   y   escenógrafo del Carnaval de Paysandú, un cultivados de muchso oficios que,   una   pena,   no   incluyó   entre   ellos  el  de  escritor,  para  dejar  sus  memorias. Quizás tenías que ser  alguien   así   para   ser   considerado   como  “el  verdadero  iniciador  de   la   pintura   ingenua   uruguaya”.   Uno   de   sus   cuadros   en   esta   exposición “La familia”, tiene una aire surrealista: de derecha a izquierda y   de   abajo   hacia   arriba,   describiendo  un  círculo,  se  ve  un   cuadro caído, una mujer de perfil melancólico   con   una   niña   prendida   a   su   costado,   la   silueta   pequeña,  la  más  lejana,  de  un  hombre que se aleja. En el otro, “El camino”, una larga fila de niños marcha de espaldas,   y   sólo   uno,   entre  todos,  está  al  revés,  mirando  al  que  mira.


También   de   crónica   popular  y   agreste   –esa   que   parecía   perdida después de Paco Espínola y Mario Arregui, y que está siendo   retomada   por   una   nueva   generación   de   escritores   del   Interior, es  la  vida  de  Ramón Gallo (Concorida, 1949 – Paysandú 1998).   No   en   presencia   sino   en   una   fotografía   puede   verse   en   la   exposición   una   inquietante   y   poderosa   escultura,   que   se   con-­ serva  en  la  Junta  Local  de  Quebracho:  un  enorme  tronco  –parece  de  verdad,  pero  no  lo  es–  con   macetas   y   pájaros,   y   una   impresionante   anaconda   emergiendo   de  él.  La  crónica  dice  que  estuvo   en   un   circo,   que   amaestraba   perros   y   hacía   cualquier   acrobacia   con   los   caballos.   Sus   macetas   y   esculturas  –enanos  de  jardín,  cisnes,   conejos–   fueron   una   forma   de   ganarse   la   vida,   pero   la   mayor   parte   de   su   obra   se   ha   perdido, descontando el “tronco”, el quiosquito El palo y algunos bustos de Artigas que donaba.

De   un   talante   opuesto   pero   no   menos   digno   de   memoria fue Américo Masaguez (Montevideo, 1929 – Barros Blancos, 1999),   que   pasaba   copiando   láminas desde la niñez y se convirtió, según su propia definición, en   un   pintor   mentiroso   “porque   me   gusta   pintar   lo   que   no   tengo   ni  puedo  tener”.  Se  ganó  la  vida   pintando   guardas   decorativas   en   carros,   autos,   camiones   y   ómnibus, y en su casa de Barros Blancos   pintó   una   pared   de   ladrillos   sobre   una   cortina,   una   estufa   de  leña   en   la   pared,   un   perro   recibiendo   a   la   gente   tras   una   puerta   en   el   porche.   Una   foto   de   la   exposición   da   cuenta   de   una   de   sus   ocurrencias:   una   estatua   de   Carlos Gardel que había conectado  con  un  tocadiscos,  de  manera que la voz parecía salir de  estatua,  y  que  instaló  al  frente  de   su  casa  allá  por  1959.

Y si de vidas se trata, no  puede faltar  Alfredo  “Lucho” Maurente (San Carlos, 1910 – La Paloma, 1975), que murió el “año de   la   orientalidad”,   al   saber   de   la   destrucción   del   viejo   muelle   en   que   vivía.   Maurente   fue   obrero   de   la   construcción   y   vendedor   ambulante  hasta  que  se  instaló  en   La   Paloma,   donde   fue   pescador,   eximio   cocinero   en   el   pequeño   restaurante   instalado   en   su   propio rancho, y donde se hizo pintor y escultor: suyo son el Cristo de  los  Pescadores,  la  sirena,  el  timonel   en   el   centro   del   balneario.   Se  asegura  que  fue  amigo,  y  motivo   de   inspiración,   de   escritores como Haroldo Conti, Juan Carlos Legido, Silvina Bullrich. Como  muestra   de   la   pintura   de   Maurente   –y  de su   espíritu–,  se  exhibe acá un gran cuadro de Adán y Eva que, en parte, parece inspirado en el homónimo de Tiziano–:  el  pintor  cubre  con  hojas  los genitales de ambas figuras, pero los incorpora, y bien la  vista,  en   el  árbol.  (Precisamente,  el  Primer   Encuentro Uruguayo-Brasileño de Arte Naïf, que se desarrolló en el Subte Municipal en octubre y noviembre de 1976, homenajeaba al artista de La Paloma.) El rochense Alfredo Cuello (1972) es su último discípulo. Inspirado  en sus obras, empezó a crear las propias en arena y Pórtland, de las que la Virgen de  San  Nicolás,   ubicada   en   Punta   Rubia,   es   la   de   mayor  porte.

DE CASAS, JARDINES Y PRÓCERES         

Otra   foto   –única   forma   de   que  cosas  perdidas  o  inamovibles   lleguen   a   la   exposición–   muestra   la  peculiar  obra  de  alguien  con  un   nombre   como   inventado   por   Juceca. Para Arsenio Duarte, nacido en 1928 y  fallecido  el  año  pasado,   su  obra  está  en  su  propio  jardín  de   Nico Pérez. Toda una instalación si   las   hay:   televisores   viejos,   garrafas,   tachos,   muñecos,   entre pasto y plantas. Arsenio le cobró tremenda afición al color después de trabajar
muchos   años   en   una   carbonería   en   Las   Palmas   y   quedar  saturado  del  hollín  que  ennegrecía   las   paredes,   los   árboles   y  hasta personas y bichos. A su  muerte,  el  jardín  loco  fue  desmantelado.  

También  fue  su  propia  casa  la   destinataria  de  su  talante  e  inspiración para Juan “Paco” Artega (Soriano, 1910 – 1999). Changador   y   albañil,   a   don   Paco   se   le   dio   primero   por   decorar   macetas,  y  de  ahí  por  adornar  su  casa   con  máscaras  hechas  con  arena  y   pórtland,   a   las   que   sumaba   piedritas   o   caracoles   para   remarcar   ciertos   rasgos.   Más   de   ochenta   cubren   las   paredes   de   la   casa   ubicada  en  una  esquina,  sorprendiendo   con   sorna   y   humor   a   los   paseantes   que   van   a   ver   o   simplemente  se  topan  con  la  insólita   Casa de las Máscaras.

Una   de   las   expresiones   más  significativas viene de un esmerado   trabajo   en   mosaicos.   Guillermo   Vitale   (Montevideo,  1907 – Buenos Aires, 1992), después   de   jubilarse,   fue   tocado   por   la   inspiración   cuando   se   le   ocurrió   adornar   una   maceta   con unos cuantos trozos de que   encontró   tirados   en   la   calle.   A partir de ahí los mosaicos se  combinaron,   a   veces   con   los   detalles   más   curiosos,   para   recrear   la   imagen   de   íconos   como   Gardel, Florencio Sánchez, Juana de Ibarbourou,   o   de   personajes   de   raigambre   popular,   como   el   padre Martín y el peluquero Berozzo.

Pero   si   de   sorpresas   se   trata,   no   es   la   menor   la   fotografía   que   muestra  un  encuentro  entre  Jesús y Artigas, con dos secretarios  tomando nota   del   acontecimiento.  Tiesas, el Cristo con túnica blanca y Artigas con uniforme azul, las figuras parecen estar a punto de  llegar  a  tomarse  de  las  manos.   Hecho   en   arena   y   pórtland,   esta   suerte   de   retablo   patrio-­sagra-­ do   es   obra   de   Humberto   Rigali (Florida, 1928), telegrafista del Ejército jubilado en 1971, radioaficionado –se asegura que transmitió en onda  corta  durante  años   la palabra “paz” en 15 idiomas– y,  claro,  autodidacta.

LA MADERA Y LA BOTELLA

En este recorrido incompleto y zigzagueante, dos expresiones contrastantes   llaman   la   atención.   Un   relieve   en   madera   muestra   a las Madres de la Plaza de Mayo de   un   lado   y   a   militares   del   otro.   No   hay   que   hacer   ningún esfuerzo para desentrañar la decidida   ubicación   del   autor   en   la   contienda. José Castro, “Pepe” (España 1939), llegado a Uruguay   en   1946,   tiene   ascendencia   de   carpinteros,   y   en   madera   son   las  obras  acá  expuestas.  Si  el  relieve   madres-­militares   tiene   una   fuerza tosca y evidente, otras dos piezas de menor tamaño revelan un  trabajo  delicado,  con  impulso   narrativo,  que  incitan  a  una  contemplación capaz de extraer de allí  varias  historias. 

Bien cerca de esas esculturas, unas   simples   botellas   muestran   en  su  interior  completas  escenas   tangueras  en  miniatura,  pobladas por figuras y objetos meticulosamente   recreados   a   una   escala   imposible. Y llama la atención el nombre del autor: Alberto Mastra   (1909-­1976),   que   encima   era  zurdo, bien conocido por los tangueros por su carácter de guitarrista, cantante  y  compositor,  cuyas   obras   fueron   interpretadas   por  Troilo  y  Di  Sarli,  y  cantadas   por   Goyeneche   y   Lágrima   Ríos,   entre  otros.  Si  el  tango  es  un  miriñaque   de   sentimientos   encontrados,  Mastra  supo  prolongarlos en un gozoso trabajo artesanal.

Muchas   obras   y   sus   artistas   quedaron   –injustamente–   fuera de esta crónica. Al dejar la exposición,  un  pensamiento  naif  de   matiné   se   permite   imaginar   que   los  niños  juguetones,  los  árboles   iridiscentes,  los  hipopótamos  bonaoches, los Carlos Gardel pintados   o   esculpidos,   las   tallas   en   madera   o   cemento,   puedan   salir  de su lugar para mezclarse entre sí  y  hacer  mover  a  esos  caballos,   esos  indios,  esas  sirenas,  esa  larga estirpe de figuras amargas o divertidas,   en   un   colorido   e   inocente aquelarre. Cumpliendo su destino  hermoso.


"Cumpliendo su destino hermoso", por Rosalba Oxandabart, Semanario Brecha, páginas 26-27, Montevideo, 5 de junio de 2015.