INFORME ESPECIAL: Las esculturas a cielo abierto de Lucho Maurente


De los procedimientos artísticos en los que Alfredo "Lucho" Maurente (San Carlos, 1910 - La Paloma, 1975) incursionó, el dibujo, la pintura al óleo, la talla directa en piedra, la talla en madera y el modelado en arena y portland, quizás el último de ellos, no sea el más logrado desde el punto de vista de los resultados estéticos  (la talla en madera es ciertamente superior... siempre considerándola dentro de su personal estilo ingenuo), pero es el abordaje más importante desde la perspectiva de una valoración social de su propuesta creativa. Fueron esculturas definidas para ciertos espacios físicos y no otros, todos producidos en la década del sesenta en la costa del balneario La Paloma. La mayoría formaban parte de su rancho-restaurante en las dunas del puerto viejo, como las tiesas y altivas sirenas que servían de cariátides a un techo rústico, o el marinero que custodiaba la entrada y el horno de leña. Otras esculturas, como el Cristo de los Pescadores o la Virgen de La Paloma, fueron destinadas para espacios de culto popular, votivo, a cielo abierto.  

No sólo la destrucción por ignorancia o desprecio sufrieron estas piezas, también soportaron la intemperie por más de medio siglo -me refiero a las que sobrevivieron a la piqueta-, el vandalismo y las intervenciones de restauración  y mantenimiento desafortunadas.

Desde que tuvimos conciencia del valor patrimonial que representan  intentamos llevar un registro del estado de conservación. El Cristo,  el angelito, la Virgen, las dos sirenas, el marinero, y una cabeza de león son los escasos vestigios de un ambiente que de haberse mantenido hubiera podido constituir un museo de sitio de arte naïf. Dicho museo o espacio cultural,  por otra parte, hubiera ofrecido un interés turístico nada desdeñable en tanto constituye un rasgo diferenciador, con color propio y auténtico, para un balneario que año a año arriesga desdibujar su fisonomía ante la creciente estandarización de una oferta turísitica que tiende a la homogeneidad y a la mercantilización superflua de los contenidos o al simple desconocimiento de su historia.

No todo está perdido. Existen suficientes registros fotográficos y descripciones escritas del antiguo "Copetín con mariscos" como para reconstruirlo a cabalidad, si realmente se deseara. Dicha tarea se podría hacer en el marco de los estudios universitarios de la Facultad de las Artes instalados desde hace un tiempo en Rocha, con la ayuda de los testigos oculares de esa creación arquitectónica. Haría falta, además, un poco de sentido común y de voluntad política, elementos bastante menos frecuentes de los que cabe asignar a estas mismas palabras, tan recurridas. En todo caso, ante la peligrosa dispersión de las esculturas y su posible pérdida, conviene tomar nota de algunos aspectos delicados de su estado de conservación.

El Cristo de los Pescadores, emblemática obra que conoció tres emplazamientos -el viejo muelle en vida de Lucho, la avenida Nicolás Solari en los primeros años ochenta y el destino actual en la playa de Los Botes-,  presenta graves faltantes.  En uno de los traslados se rompió uno de los brazos, que fue reparado por un artista de la zona (Alfredo Cuello) y por terceras personas, pero no contamos con documentos de esas intervenciones.  Actualmente presenta un faltante en el sector frontal de la "corona de espinas", además de roturas y desprendimientos en diferentes partes del cuerpo.  Pero el principal faltante  histórico es el angelito arrodillado que originalmente Lucho colocó al frente del Cristo, a una distancia de dos metros, conformando un conjunto escultórico de fuerte pregnancia y cierta función votiva. 

Ese angelito arrodillado (pero que presenta dos pies delante y también dos detrás, en una solución creativa por demás ingenua) lo vi personalmente hacia el año 2009 en un corredor lateral de la casa de Martha Nieves en La Paloma. Desconocemos su actual paradero. Cabe agregar que si bien Martha fue, como hemos repetido siempre, la principal responsable de que hoy perduren las esculturas en arena y cemento de Lucho Maurente, las obras pertenecen o deberían pertenecer a toda la colectividad como, por otra parte,  ha sucedido con el resto de las esculturas (con la salvedad este ángel, la Virgen y la máscara de león).

Es cierto que la comparativamente escasa exposición a los elementos naturales de la Virgen de La Paloma, que desde su segunda locación permanece al frente de la casa de Martha, la ha protegido y ha contribuido a ser la pieza mejor conservada de todas las mencionadas, también es igualmente cierto que son comparativamente pocos quienes la conocen y pueden disfrutarla. En el recomendable caso de que se pudiera conformar un centro dedicado a Maurente sería justo darle un lugar de destaque acorde a su porte tan contundente como dócil y tiernos son sus "gestos" y terminaciones.


El Marinero con timón situado actualmente en la plazoleta cercana a  la estación de servicio ha sufrido diferentes roturas y desprendimientos y fue repintado (hacia el año 2014) con un pigmento sintético que desmerece el carácter cálido de la figura, otorgándole un componente de artificialidad que no fue buscado por el artista. Algo similar sucede con la sirena de rubia cabellera que se encuentra en la misma plazoleta. Para dar valores cromáticos a la escultura Lucho mezclaba el tinte (tierras de colores) con la arena y el mortero (portland) de tal modo que el color quedara integrado a la forma y no obturara los detalles de la textura porosa, típica de este material de construcción. Eso le otorga un grado de calidez y naturalidad mayor a cualquier tipo de esmalte sintético.

La escultura de la sirena de cabello oscuro nos da claros indicios de aquel procedimiento cromático de Lucho y de otro que es también muy personal y condice con su formación autodidacta. Para esta escultura Lucho (hay pícaras anécdotas al respecto) decidió cubrir los "senos" de la sirena con una especie de bikini o de sostén.  Dicho sostén está confeccionado con una capa de material coloreado de la manera antedicha y colocado respetando la anatomía original, los pechos de abultados pezones. En realidad el escultor ingenuo siempre procedía de esa forma en los detalles: adhiriendo y sumando el material con la forma ya "planteada". Como si las vistiera. Así sucede con la corona de espinas del Cristo, por ejemplo. Es por ello que el desprendimiento de parte de la corona no altera la frente del Cristo, que permanece lisa y "despejada". Un escultor profesional moldea el conjunto y trata de estructurar la pieza en un solo bloque, en la medida de lo posible, evitando las superposiciones y los aditamentos secundarios.

Pero para la reconstrucción histórica de la piezas en el caso de faltantes, como sucede en la escultura de la sirena de cabello morocha (resta un brazo, parte de la nariz y de la cabeza) esta operativa puede facilitar el proceso de restauración y constituir un guía segura para su implementación.

En cualquier caso hay que respetar los procedimientos y dejar marcas de los diferentes pasos a tomar, de modo que en el futuro, de conocerse técnicas reconstitutivas más adecuadas se pueda proceder a su remoción.  Toda intervención debe ser por principio reversible y estar fundada en un conocimiento técnico e histórico del lugar que ocupa la pieza en el imaginario de su autor y el sus contemporáneos.
Queremos, por tanto, concluir con algunos testimonios de diversas fuentes, algunas ligeramente noveladas, que dan cuenta del contexto cultural en que se inscribieron estas esculturas de Alfredo Maurente.


Testimonio de Martha Nieves:

"Aquel día en que me dijeron de su muerte, algo se rompió dentro de mí. Fui a La Paloma -todo cerrado con tablas- silencio, ausencia del que fue el alma del puerto viejo.

Una de las tantas veces que visité el lugar, un señor cargaba el marinero al timón que durante años estuvo frente al local. Una de sus cariátides (mujer sirena con sostén) también fue colocada en el camión. Creí enfermar al ver aquello. Pero ya la piqueta del progreso estaba dando buena cuenta de toda la construcción. Sólo quedaba en pie la pared de Neptuno y las naves, dignas de cualquier museo del mundo. Hablé con todos lo que pude para retirarla entera. Me miraron como si fuera un delirante. No conseguí nada, era un 'rancho' más que 'molestaba'.

Pedí las tres estatuas, que llevé a mi casa, sólo para salvarlas sin tener aún idea de qué hacer con ellas. Cristo, Virgen de La Paloma y Ángel. Alguien intervino a mi pedido para que ubicaran el Cristo en el mismo lugar. No fue posible conseguir nada.

Lucho me dijo: éste  Cristo lo hice para los pescadores. Mira hacia el mar, justo al lugar donde ellos deben pasar para ir a la pesca y allí los espera a su retorno. No quiero que lo saquen de aquí, solo para mi tumba. Ese Cristo, indudablemente su obra maestra, fue hecho cuando Lucho aún vivía bajo el muelle viejo, hoy aterrado. Lo modeló (mezcla y hierro) tirando su propio cuerpo en la arena mojada para que sirviera de molde. Magnífico autorretrato. Él no sabía lo que estaba haciendo, creaba como un niño. Primitivo, ingenuo, 'naïf' son los nombres que la gente culta da a estos seres. Puros, es a mi juicio el que merecen. Hoy el Cristo se va de mi taller, a ocupar otro lugar que el Gobierno le ha destinado. Sé que me va a doler su asuencia, lo sentía absurdamente mío. Sé que Lucho no comparte su emplazamiento (Martha Nieves se refiere aquí a la avenida Solari) pero los muertos no pueden opinar. Por eso lo hago yo, por él, con el justo derecho que me da la gran amistad que nos unió y el conocimiento profundo de su personalidad indoblegable. Todo está dicho ya."

Texto de Martha Nieves citado por el Dr. José Francisco Franca Caravia en La Paloma. Una historia desde 1803, Montevideo, 1986.  Franca Caravia, acompaña la cita con la siguiente frase:  "Tales palabras que Martha Nieves pensaba pronunciar ese 20 de diciembre de 1980 en la plazoleta de La Paloma, cuando el Cristo de Lucho fue emplazado en la Plazoleta donde termina la Av. Solari."



Testimonio de Juan Carlos Legido: 

“Nadie que pase por La Paloma deja de visitar la casilla del Lucho. A escasos metros del viejo muelle de madera y de las barracas, del apostadero naval, este boliche pescadería es uno de los lugares más pintorescos de la costa uruguaya. Sobre la carretera, oficiando de anuncio y dando el tono al ambiente, un pescador otea el horizonte y sostiene el timón, dejando al descubierto apenas un pedazo de cara. Es tan intenso el sesgo naturalista de esta escultura que un desprevenido puede fácilmente llegar a pegar un salto al sorprender figura semejante surgiendo de tierra firme. Así, de improviso. Casi parece estar oliéndose la tormenta por allí cerca. Bajando unos peldaños y en lo que podríamos llamar la fachada, Lucho trabajó un sistema de bajorrelieves coloreados con rabiosos verdes y rojos, entre los que se destacan un velero de tres palos debatiéndose contra las encrespadas olas y una purpúrea puesta de sol sobre un horizonte de mar, cielo y peces. Entrando, otros relieves coloreados trabajados en cemento. Aquí la imaginación de Lucho no se detuvo en pequeñeces. Un gigantesco pulpo nos amenaza con sus tentáculos y con unos ojos que brillan a la luz porque están revestidos por una lámina de vidrio. Sobre la misma pared, una sirena color terracota, los senos en punta, compensa en parte –sólo en parte– el horror que nos produce el monstruo que se agita a su lado. Entre las mesas, como museo de un gusto ecléctico y ligeramente pesadillesco, tropezamos con una serie de tallas en madera. Un enano en ademán de lanchar la bocha. Un boxeador petiso con los guantes calzados. Una cabeza de Artigas anciano. Otra de Cristo con la corona de espinas. Un busto algo parecido a la Dama de Elche, con dos soberbios rodetes. Y otras cosas por el estilo. Sobre la pared opuesta a la del pulpo y la sirena podemos darnos una tregua contemplando un paisaje al óleo del puerto de La Paloma, firmado simplemente ‘Lucho’, de una ingenuidad que trae a la memoria el estilo del aduanero Rousseau. Todo esto lo describo con cierta morosidad para afirmar que Lucho, a su modo, es un artista. Un artista intuitivo, sin cultivar, que aprendió solo, propenso al mal gusto y a algunas obsesiones zoológicas e ictiológicas, pero a quien nadie enseño que la materia debe estar de acuerdo con el tema y que es difícil comunicar a través del cemento o del hormigón coloreado. Pero Lucho es un artista a pesar de que debe ganarse la vida con su chalana, navegando mar afuera, o preparando chupines y cazuelas de mariscos para turistas o esperando detrás del mostrador que algún cliente le compre un sargo, una corvina o un lenguado. Pero Lucho es un artista aunque en su vida haya visto la reproducción de una obra de arte …”

Crónica de cuatro estaciones. Colección Carabela, Editorial Alfa, Montevideo, 1967



Fragmentos de narraciones de Haroldo Conti:

La historia de Arenales es sucinta. Cabe en una canción. Primero llegaron unos hombres y empezaron otro faro, un poco más adelante. En la mitad se saltearon alguna piedra y el faro les cayó encima. Al pie del nuevo faro, el verídico, hay una huerta, un cementerio con siete tumbas, un ángel de cemento, que llora, y un promontorio renegrido (...) Lucho había preparado comida de olla. Postas de corvina, almejas, camarones, algunas lonjas de tocino, rodajas de papas, cebolla, ají, laurel, unos puños de mostacholes, una cuchara de conserva y un golpe de vino. ’Cazuela de raspa’. Media horma de pan casero y una jarra de vino para acompañamiento.”

Mascaró. El cazador americano. Casas de las Américas, La Habana, 1975.


“Sucede más o menos así. La ONDA hiende la noche suavemente y yo avanzo sobre la ruta 9 en un hueco de sombras detrás de los chorros amarillos que van extrayendo la franja de cemento de la prieta oscuridad que más adelante nos cierra invariablemente el paso a la misma distancia. Hace media hora pasamos San Carlos donde, un poco antes
del puente, a la salida, vive y pinta el Lucho para el invierno, que es este tiempo.

Él no sabe que le pasé tan cerca, apenas una pared y unas sombras de por medio, y tal vez en ese mismo momento me imaginaba a cuatrocientos kilómetros de oscuridad en línea recta hacia el oeste, que es de donde vengo, de donde partí en la mañana para otro ensayo de ese viaje que alguna vez emprenderé sin regreso…”


Tristezas de la otra banda en La balada del 
Álamo Carolina, Emecé Editores, Buenos Aires, 1975.



RELEVAMIENTO EN IMÁGENES DE OBRAS EN CEMENTO DE ALFREDO "LUCHO" MAURENTE




Década de 1960. Vista del frente del "Copetín con mariscos" con las dos sirenas a modo de cariátides.
Lucho con invitados  De izquierda a derecha:
España Andrade (actriz de la Comedia Nacional y profesora de Teatro), Ana Inés Cardoso (la niña sentada en un banquito, hija de María Élida), asomándose con gafas de sol, María Élida Marquizo (música y educadora, hoy el Centro Cultural de Rocha lleva su nombre), Alfredo “Lucho” Maurente, China Zorrilla (actriz), Edgardo Ribeiro (pintor) y delante de Ribeiro, Betty Fernández (también pintora, residente en la actualidad en España) y por último, de perfil, malla, sombrero y vaso en mano, Martha Nieves (pintora rochense que rescatara importantes esculturas de Lucho cuando la destrucción de su casa-restaurante). Foto gentileza de Juan Luis Martínez.




Tres imágenes de "El Copetín con mariscos" en los días de la demolición, 1975 (Fotos de Archivco Enrique Gómez).


El Cristo y el ángel en su emplazamiento original en los muelles del puerto de La Paloma, años 60'. (Foto de Susana Duhalde)



El Cristo en los años 60' (Fotos del Archivo de Enrique Gómez)



Fotos gentileza de Muriel Cardozo, 2008


 Se constata la faltante de la corona de espinas. Febrero 2015 (Foto de Thiago Rocca) 




Desgaste por erosión. Detalles de roturas y faltantes, febrero 2016 (Fotos de Thiago Rocca).


Virgen de La Paloma en su emplazamiento original, muelles de La Paloma (Foto de Archivo de Enrique Gómez, años 70')

Angelito (casa de La Paloma de Marthá Nieves) Foto de Eloísa Ibarra, 2008.





 Detalles de la Virgen de La Paloma en su emplazamiento actual, casa de Martha Nieves en 2008  (Fotos de Eloísa Ibarra).

Virgen de La Paloma (Foto de Thiago Rocca, 2015).



Virgen de La Paloma en su emplazamiento actual. Foto de Thiago Rocca, 2016.

Sirena de cabellos negros, emplazamiento original, año 1975.







Sirena en el emplazamiento actual, con roturas y faltantes. Museo de La Paloma, febrero 2016 (Fotos de Thiago Rocca).


Escultura de marinero en su emplazamiento original, muelle del viejo puerto de La Paloma, años 70' (Foto del Archivo de Enrique Gómez).


Escultura de marinero en su emplazamiento actual, plaza del balneario La Paloma, año 2011. (Foto de Thiago Rocca).



Escultura de Marinero con timón en su emplazamiento actual, plaza del balneario La Paloma, repintado con pintura azul, año 2014.  (Foto de Thiago Rocca).





Escultura de Marinero-timonel en su emplazamiento actual, plaza del balneario La Paloma, con roturas (dedo pulgar mano izquierda, desprendimientos de capa picatórica y daños varios), año 2016.  (Fotos de Thiago Rocca).


Sirenas en su colocación original, como cariátides al frente del boliche de Lucho Maurente. (Foto Susana Duhalde)



Sirena de cabello rubio en su actual emplazamiento, plazoleta de la Paloma en Av. Solari. 2007 (Foto Eloísa Ibarra)



Sirena de cabello rubio en su actual emplazamiento, repintada en 2014, plazoleta de la Paloma en Av. Solari, año 2016 (Foto Thiago Rocca)


Cabeza de león. Frente de la casa de Martha Nieves en balneario La Paloma, 2016 (Foto de Thiago Rocca)


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