Caras y más máscaras


De la importante colección de máscaras de Claudio Rama, uruguayo de vasta trayectoria en la cultura nacional y también, a través de la actividad académica y del coleccionismo, en la cultura americana en general, se han venido "desgajando" una serie de exposiciones que por su temática nos interesa traer a colación. 

Actualmente se exhibe en el Museo de Arte Precolombino e Indígena de Montevideo, la muestra Rostros femeninos. Colección de Máscaras de Claudio Rama, que recomendamos con vivo interés:

"Esta exposición nos acerca a la diversidad cultural en las sociedades latinoamericanas en cuanto a prácticas y comportamientos asociados a celebraciones y festividades –cívicas y religiosas– que tienen su origen en la confluencia de tradiciones (...) Este conjunto presenta un diverso panorama de las concepciones acerca de los roles de género manifestadas en estas celebraciones. En particular, las representaciones y los simbolismos de las máscaras, constituyen rastros que nos acercan a la problemática en torno a la identidad que cada sociedad construye y reproduce." *

Hemos seguido de cerca las tres exposiciones de máscaras de la colección de Claudio Rama en tanto entendemos que comprenden expresiones de raigambre popular y de verdadero realce estético: un auténtico "arte otro".

Como incitativo para la visita de la actual muestra de máscaras en el MAPI (25 de Mayo 279, Ciudad Vieja, Montevideo) compartimos dos notas firmadas por Thiago Rocca y publicadas con el intervalo de un año en el semanario Brecha de Montevideo. 

* Fuente: MAPI

Rito y renovación. Máscaras mexicanas.

La peluda máscara del Carnaval de Huejotzingo en Puebla y la imberbe máscara de la muerte –una calavera que se distribuye, democrática, por todo México– nos observan, una muy cerca de la otra, con sus ojos vacíos. Máscaras de guerreros, de diablos y de pájaros, de monos y borricos. Es decir, el aspecto externo y tieso de las máscaras, sin sus portadores, distribuidas a lo largo de paredes como un desfile escalonado, tan colorido como fantástico, es lo que propone esta muestra de la embajada de México.** De pronto nos asalta un rostro con hocico de salamandra y otro cuya nariz es una vaina alargada y barrullenta de semillas, como un sonajero. Esta colección de máscaras “es una huella de un pasado que se nos evanesce”, afirma Claudio Rama, responsable de la colección, ya que los procesos de folclorización y mercantilización, de transculturación de las comunidades, de los altos costos o de la rareza de algunos materiales constitutivos, hacen de estas piezas etnográficas “apenas una ventana a muchas dimensiones”, pero una ventana que ha comenzado, en cierta forma, a cerrarse.
La presencia de la máscara en la cultura mexicana se remonta a miles de años y sobrevive en registros impensados, como las caretas en la llamada lucha libre mexicana –con personajes como el Santo, Blue Demon y Mil Máscaras–, buscando nuevas formas para insertarse en la cultura popular. De barro y de madera –estas últimas las más abundantes, de copal, copallillo, cedro, mezquite, zompantle–, han sido empleadas para danzas tradicionales, celebraciones populares, fiestas religiosas, especialmente las patronales, en donde se confunden moros, cristianos, negros, indios, pastores, pilatos, diablos y ermitaños (como en las fiestas veracruzanas). Es un sincretismo de culturas pero también de formas expresivas, ya que en ellas conviven la danza, la música, la plástica, el teatro popular y el rito. Un mundo en el que sueño y realidad interactúan. La aparición de nuevos materiales, como la tela de jean en la “máscara de la tigrada” en Zitlala, estado de Guerrero, no disminuye su valor simbólico sino que, por el contrario, enriquece las posibilidades “escultóricas” del artificio y le aporta una retórica barroca.

La expresividad rígida de la máscara es funcional al temor y al efecto de fascinación que provoca, es mucho más que el mero ocultamiento. “La máscara equivale a la crisálida”, afirma Eduardo Cirlot, en referencia a la transformación que supone en el portador. Todo impresiona en estas máscaras mexicanas, todo está puesto allí para “descolocar”: al que se enmascara primero, a los que observan el nuevo rostro después… los ojos que se multiplican –las hendiduras para los ojos encima de los pintados–, las lenguas que salen, flamígeras, de cabra y de serpiente, el pelo que llueve sobre las facciones salvajes con cerdas y crines, elementos realísticos que dan tersura y movimiento, que funden lo artificial con lo natural. Además de la incorporación primaria, es decir, la del animal, del espíritu o del personaje en que trasmuta el enmascarado, los atributos se combinan. Por ejemplo, en la “máscara que representa la relación entre los hombres con el inframundo”, la serpiente y el jaguar apuntalan un mismo ser. En todos los casos hay una verdadera disolución del yo cotidiano que da paso al otro (o lo Otro), sin el cual la máscara no tiene mayor efecto. Y esta virtualidad desintegradora es común al juego y al rito. Es decir, no importa la función sacra o profana que cumplan, las máscaras siempre actúan con un poder de cambio, de mutación. “El origen del drama –sostenía Mircea Eliade– se ha encontrado en ciertos rituales que en términos generales, desarrollaban la siguiente situación: el combate entre dos principios antagónicos (vida y muerte, Dios y dragón, etcétera), pasión del Dios, lamentación sobre su ‘muerte’ y júbilo ante su ‘resurrección’.” Las máscaras mexicanas reviven “en persona” el espectáculo de los antagonismos ancestrales, actualizan la eterna dinámica de la felicidad y la tristeza, escondiendo en cada pieza el misterio de la otredad.

** Exposición de máscaras. Sala Vicente Muñiz Arroyo, embajada de México en Uruguay. Publicado en Brecha, edición 1570, diciembre 2015.


Los diablos festivos. Arte popular ecuatoriano.

Hace poco más de un año en estas mismas páginas escribíamos una nota sobre una muestra de máscaras mexicanas que se exhibía en la embajada de ese país. La colección que se ofrecía entonces pertenece al mismo propietario que hoy nos trae esta notable exposición de 51 máscaras ecuatorianas.*** Y lo que afirmamos en la ocasión sobre la disolución del yo cotidiano y la lucha del bien y del mal se aplica también a esta muestra pero con entonaciones diversas. Nuevamente la pasión coleccionista de Claudio Rama se conjunta con la posibilidad que le brinda su profesión de viajar por América y poner a nuestro alcance una realidad para muchos uruguayos desconocida. Es que sabemos casi todo lo que acontece en las grandes metrópolis del hemisferio norte y muy poco de lo que ocurre en nuestro continente, incluso en países de vecindad lingüística. Ecuador no es la excepción, y una fascinante puerta de entrada a su arte popular la aporta el mundo exagerado de las máscaras. Ecuador: país de fulgurantes expresividades religiosas, de celebraciones ancestrales hondamente arraigadas en las serranías andinas y en los paisajes humanos sobre cuyos rostros enmascarados se amplifican las resonancias prehispánicas, los motivos cristianos y las tradiciones afroamericanas. Las festividades nos retrotraen a un deseo primordial de transformación que bien conocemos –también se da en nuestro Carnaval– pero en cuya formalidad se manifiesta intrínsecamente lo local, tanto por el sentido de la autonomía plástica que las rige como por el espíritu sincrético que las convoca. Así los payasos grotescos del Carnaval de Guaranda, que satirizan al conquistador blanco, con el rostro níveo y la profusión de rojos, no tienen –no podrían– un equivalente en nuestro suelo. Tampoco las máscaras de malla de metal, habituales en el rol de danzantes que transforman a los seres humanos en muñecos de una pantomima alegre y eléctrica. 




El colorido y las plumas definen los ritmos visuales de la danza de yumbo o yumbada –“brujo”, en quechua– que se realiza en las fiestas del Corpus Christi, en San Pedro, San Pablo, San Juan y en las localidades de la sierra central. El diablo Huma, figura principal (sólo representada por hombres), encarna fuerzas positivas y negativas de la naturaleza, es el guía, líder de la comunidad y guerreros poderosos”. En agradecimiento por las cosechas y la maduración de los sembradíos son las fiestas de san Juan Bautista, en el solsticio de invierno –Inti Raymi– (en la madrugada del 24 de junio), conocidas como “San Juanadas”, donde máscaras de monos, perros, payasos, barrenderos y caporales personifican el enfrentamiento del hombre con la naturaleza. En el otro extremo del calendario, la fiesta del niño Jesús en Saraguro, en el solsticio de verano –Kapac Raimy–, se caracteriza por la intervención de los wikis, padrinos de la imagen del niño dios, seres juguetones que portan semblantes de tela pintada y se manifiestan bailando y cantando la bienaventuranza del recién nacido. En los años viejos, al año que concluye se lo despide con rostros achacosos de ancianos, llenos de verrugas y dentaduras batientes. La Mama Negra, matriarca de los esclavos libertos de las minas de oro, se representa cabalgando a un corcel y vestida de encendidos ropajes: su persona encarna el ansia de libertad de los pueblos oprimidos. La festividad de enero de la diablada de Píllaro “está relacionada con la Fiesta de los Inocentes de la época colonial, en la que los indígenas se disfrazaban de diablo en repudio a las prácticas sacerdotales y al maltrato que recibían de los españoles y criollos”.  Elaboradas con papel y engrudo al que luego añaden cuernos y dientes de diferentes animales –cabras, venados, corderos, toros–, parecen hechas para provocar el espanto y la repulsa de niños y adultos. Las imágenes más potentes en este sentido se manifiestan en la diablada de Alangasí, que acontece en la Semana Santa. El cometido de la diablada es tentar a los cristianos con el pecado (billetes falsos de dólares, revistas pornográficas), y el viernes santo 24 diablos se “apoderan” de la iglesia para el domingo de Pascua ceder su dominio ante la resurrección de Cristo, “y el mal es devuelto definitivamente al infierno”. Hay diablos adultos y diablos hijos (en el museo sobre una imponente pared púrpura): la familiaridad los hace más terribles y más humanos al mismo tiempo, pues debe haber una proximidad psicológica para que el espanto se infunda con real efecto. Grotescas, bestiales y también risueñas, las máscaras ecuatorianas definen el contorno de un fenómeno de enorme riqueza multicultural que en esta muestra “salta” directamente a los ojos. 

*** Exposición en el MAPI "Los otros Rostros. Máscaras e identidades del Ecuador". Brecha, edición 1629, febrero de 2017.