Caras y más máscaras


De la importante colección de máscaras de Claudio Rama, uruguayo de vasta trayectoria en la cultura nacional y también, a través de la actividad académica y del coleccionismo, en la cultura americana en general, se han venido "desgajando" una serie de exposiciones que por su temática nos interesa traer a colación. 

Actualmente se exhibe en el Museo de Arte Precolombino e Indígena de Montevideo, la muestra Rostros femeninos. Colección de Máscaras de Claudio Rama, que recomendamos con vivo interés:

"Esta exposición nos acerca a la diversidad cultural en las sociedades latinoamericanas en cuanto a prácticas y comportamientos asociados a celebraciones y festividades –cívicas y religiosas– que tienen su origen en la confluencia de tradiciones (...) Este conjunto presenta un diverso panorama de las concepciones acerca de los roles de género manifestadas en estas celebraciones. En particular, las representaciones y los simbolismos de las máscaras, constituyen rastros que nos acercan a la problemática en torno a la identidad que cada sociedad construye y reproduce." *

Hemos seguido de cerca las tres exposiciones de máscaras de la colección de Claudio Rama en tanto entendemos que comprenden expresiones de raigambre popular y de verdadero realce estético: un auténtico "arte otro".

Como incitativo para la visita de la actual muestra de máscaras en el MAPI (25 de Mayo 279, Ciudad Vieja, Montevideo) compartimos dos notas firmadas por Thiago Rocca y publicadas con el intervalo de un año en el semanario Brecha de Montevideo. 

* Fuente: MAPI

Rito y renovación. Máscaras mexicanas.

La peluda máscara del Carnaval de Huejotzingo en Puebla y la imberbe máscara de la muerte –una calavera que se distribuye, democrática, por todo México– nos observan, una muy cerca de la otra, con sus ojos vacíos. Máscaras de guerreros, de diablos y de pájaros, de monos y borricos. Es decir, el aspecto externo y tieso de las máscaras, sin sus portadores, distribuidas a lo largo de paredes como un desfile escalonado, tan colorido como fantástico, es lo que propone esta muestra de la embajada de México.** De pronto nos asalta un rostro con hocico de salamandra y otro cuya nariz es una vaina alargada y barrullenta de semillas, como un sonajero. Esta colección de máscaras “es una huella de un pasado que se nos evanesce”, afirma Claudio Rama, responsable de la colección, ya que los procesos de folclorización y mercantilización, de transculturación de las comunidades, de los altos costos o de la rareza de algunos materiales constitutivos, hacen de estas piezas etnográficas “apenas una ventana a muchas dimensiones”, pero una ventana que ha comenzado, en cierta forma, a cerrarse.
La presencia de la máscara en la cultura mexicana se remonta a miles de años y sobrevive en registros impensados, como las caretas en la llamada lucha libre mexicana –con personajes como el Santo, Blue Demon y Mil Máscaras–, buscando nuevas formas para insertarse en la cultura popular. De barro y de madera –estas últimas las más abundantes, de copal, copallillo, cedro, mezquite, zompantle–, han sido empleadas para danzas tradicionales, celebraciones populares, fiestas religiosas, especialmente las patronales, en donde se confunden moros, cristianos, negros, indios, pastores, pilatos, diablos y ermitaños (como en las fiestas veracruzanas). Es un sincretismo de culturas pero también de formas expresivas, ya que en ellas conviven la danza, la música, la plástica, el teatro popular y el rito. Un mundo en el que sueño y realidad interactúan. La aparición de nuevos materiales, como la tela de jean en la “máscara de la tigrada” en Zitlala, estado de Guerrero, no disminuye su valor simbólico sino que, por el contrario, enriquece las posibilidades “escultóricas” del artificio y le aporta una retórica barroca.

La expresividad rígida de la máscara es funcional al temor y al efecto de fascinación que provoca, es mucho más que el mero ocultamiento. “La máscara equivale a la crisálida”, afirma Eduardo Cirlot, en referencia a la transformación que supone en el portador. Todo impresiona en estas máscaras mexicanas, todo está puesto allí para “descolocar”: al que se enmascara primero, a los que observan el nuevo rostro después… los ojos que se multiplican –las hendiduras para los ojos encima de los pintados–, las lenguas que salen, flamígeras, de cabra y de serpiente, el pelo que llueve sobre las facciones salvajes con cerdas y crines, elementos realísticos que dan tersura y movimiento, que funden lo artificial con lo natural. Además de la incorporación primaria, es decir, la del animal, del espíritu o del personaje en que trasmuta el enmascarado, los atributos se combinan. Por ejemplo, en la “máscara que representa la relación entre los hombres con el inframundo”, la serpiente y el jaguar apuntalan un mismo ser. En todos los casos hay una verdadera disolución del yo cotidiano que da paso al otro (o lo Otro), sin el cual la máscara no tiene mayor efecto. Y esta virtualidad desintegradora es común al juego y al rito. Es decir, no importa la función sacra o profana que cumplan, las máscaras siempre actúan con un poder de cambio, de mutación. “El origen del drama –sostenía Mircea Eliade– se ha encontrado en ciertos rituales que en términos generales, desarrollaban la siguiente situación: el combate entre dos principios antagónicos (vida y muerte, Dios y dragón, etcétera), pasión del Dios, lamentación sobre su ‘muerte’ y júbilo ante su ‘resurrección’.” Las máscaras mexicanas reviven “en persona” el espectáculo de los antagonismos ancestrales, actualizan la eterna dinámica de la felicidad y la tristeza, escondiendo en cada pieza el misterio de la otredad.

** Exposición de máscaras. Sala Vicente Muñiz Arroyo, embajada de México en Uruguay. Publicado en Brecha, edición 1570, diciembre 2015.


Los diablos festivos. Arte popular ecuatoriano.

Hace poco más de un año en estas mismas páginas escribíamos una nota sobre una muestra de máscaras mexicanas que se exhibía en la embajada de ese país. La colección que se ofrecía entonces pertenece al mismo propietario que hoy nos trae esta notable exposición de 51 máscaras ecuatorianas.*** Y lo que afirmamos en la ocasión sobre la disolución del yo cotidiano y la lucha del bien y del mal se aplica también a esta muestra pero con entonaciones diversas. Nuevamente la pasión coleccionista de Claudio Rama se conjunta con la posibilidad que le brinda su profesión de viajar por América y poner a nuestro alcance una realidad para muchos uruguayos desconocida. Es que sabemos casi todo lo que acontece en las grandes metrópolis del hemisferio norte y muy poco de lo que ocurre en nuestro continente, incluso en países de vecindad lingüística. Ecuador no es la excepción, y una fascinante puerta de entrada a su arte popular la aporta el mundo exagerado de las máscaras. Ecuador: país de fulgurantes expresividades religiosas, de celebraciones ancestrales hondamente arraigadas en las serranías andinas y en los paisajes humanos sobre cuyos rostros enmascarados se amplifican las resonancias prehispánicas, los motivos cristianos y las tradiciones afroamericanas. Las festividades nos retrotraen a un deseo primordial de transformación que bien conocemos –también se da en nuestro Carnaval– pero en cuya formalidad se manifiesta intrínsecamente lo local, tanto por el sentido de la autonomía plástica que las rige como por el espíritu sincrético que las convoca. Así los payasos grotescos del Carnaval de Guaranda, que satirizan al conquistador blanco, con el rostro níveo y la profusión de rojos, no tienen –no podrían– un equivalente en nuestro suelo. Tampoco las máscaras de malla de metal, habituales en el rol de danzantes que transforman a los seres humanos en muñecos de una pantomima alegre y eléctrica. 




El colorido y las plumas definen los ritmos visuales de la danza de yumbo o yumbada –“brujo”, en quechua– que se realiza en las fiestas del Corpus Christi, en San Pedro, San Pablo, San Juan y en las localidades de la sierra central. El diablo Huma, figura principal (sólo representada por hombres), encarna fuerzas positivas y negativas de la naturaleza, es el guía, líder de la comunidad y guerreros poderosos”. En agradecimiento por las cosechas y la maduración de los sembradíos son las fiestas de san Juan Bautista, en el solsticio de invierno –Inti Raymi– (en la madrugada del 24 de junio), conocidas como “San Juanadas”, donde máscaras de monos, perros, payasos, barrenderos y caporales personifican el enfrentamiento del hombre con la naturaleza. En el otro extremo del calendario, la fiesta del niño Jesús en Saraguro, en el solsticio de verano –Kapac Raimy–, se caracteriza por la intervención de los wikis, padrinos de la imagen del niño dios, seres juguetones que portan semblantes de tela pintada y se manifiestan bailando y cantando la bienaventuranza del recién nacido. En los años viejos, al año que concluye se lo despide con rostros achacosos de ancianos, llenos de verrugas y dentaduras batientes. La Mama Negra, matriarca de los esclavos libertos de las minas de oro, se representa cabalgando a un corcel y vestida de encendidos ropajes: su persona encarna el ansia de libertad de los pueblos oprimidos. La festividad de enero de la diablada de Píllaro “está relacionada con la Fiesta de los Inocentes de la época colonial, en la que los indígenas se disfrazaban de diablo en repudio a las prácticas sacerdotales y al maltrato que recibían de los españoles y criollos”.  Elaboradas con papel y engrudo al que luego añaden cuernos y dientes de diferentes animales –cabras, venados, corderos, toros–, parecen hechas para provocar el espanto y la repulsa de niños y adultos. Las imágenes más potentes en este sentido se manifiestan en la diablada de Alangasí, que acontece en la Semana Santa. El cometido de la diablada es tentar a los cristianos con el pecado (billetes falsos de dólares, revistas pornográficas), y el viernes santo 24 diablos se “apoderan” de la iglesia para el domingo de Pascua ceder su dominio ante la resurrección de Cristo, “y el mal es devuelto definitivamente al infierno”. Hay diablos adultos y diablos hijos (en el museo sobre una imponente pared púrpura): la familiaridad los hace más terribles y más humanos al mismo tiempo, pues debe haber una proximidad psicológica para que el espanto se infunda con real efecto. Grotescas, bestiales y también risueñas, las máscaras ecuatorianas definen el contorno de un fenómeno de enorme riqueza multicultural que en esta muestra “salta” directamente a los ojos. 

*** Exposición en el MAPI "Los otros Rostros. Máscaras e identidades del Ecuador". Brecha, edición 1629, febrero de 2017.

Exposición de Raún Javiel Cabrera en París



Exposición de obras de Raúl Javiel Cabrera (Montevideo, 1919 - Santa Lucía, 1992) y textos de José Parrilla (Montevideo, 1923 - Levens, 1994) en la Embajada de Uruguay en Francia (33 rue Jean Giraudoux, París), pertenecientes a la colección esterista. Del 9 al 24 de febrero de 2017, de 11 a 16 horas.

Transcribimos fragmentos del folleto de la muestra.


El camino abierto

“los jardines del laurie

de su boca a las doce y cinco

de la noche al aire”

J. Parrilla, 1940



Buscaban lo Absoluto. Entre las mesas de los bares y las butacas de los cines. En los sótanos de las pensiones pobres y por las veredas desnudas de la ciudad gris. Veinteañeros. Uno menudo y dubitativo, la espalda ya empezaba a encorvarse. Otro alto y de lacio pelo rubio, la mirada sagaz. Fuman todo el tiempo. Montevideo los recibe con frialdad, acaso con arrogancia. Eran los inicios de la década del cuarenta del siglo pasado y una promoción de escritores tentaba una nueva forma de expresión y de pensamiento. Pocos, muy pocos entre los más atentos de la llamada Generación del 45, sabían quiénes eran aquellos jóvenes, qué era lo que buscaban y no podían siquiera imaginar lo que encontrarían, porque parecían no estar preparados para entenderlo. José Parrilla, el poeta, los instigaba con versos revulsivos, perturbadores, irracionales y místicos en su postura radical en contra de las convenciones sociales. Raúl Cabrera, Javiel se hacía llamar el artista, pintaba en todo momento sobre cualquier soporte paisajes, escenas míticas y unas figuras femeninas hieráticas atravesadas por formaciones lineales y brumas de colores aguados. 

Poseían una imaginación vasta y una inteligencia sutil. Visitaron al maestro Joaquín Torres García, amistaron con Juan Carlos Onetti, estuvieron en el ojo del huracán creativo de su generación. Eran, en cierta forma, inocentes, pero no ingenuos. Buscaban lo Absoluto. Lo encontraron de diversas maneras y lo perdieron de otras tantas. Uno a costa de renuncias materiales continuas y una peregrinación por ciudades del viejo continente, donde arraigó como líder de una comunidad filosófica y artística: los esteristas. El otro, el pintor, malviviendo treinta años en un manicomio, empujado por las mareas del abandono, la incomprensión y la pérdida de sus referencias plásticas. Se volvieron a juntar en los años ochenta, en Europa, por un breve lapso. ¿Se reconocieron entonces en lo Absoluto? Nos dejaron las huellas de sus búsquedas, que son los poemas y las pinturas.  Palabras e imágenes donde perderse para encontrarlos, para encontrarnos. Fueron, en suma, auténticos consigo mismos y dejaron el camino abierto.


Pablo Thiago Rocca
Salinas, enero 2017

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Para ver entrevista de El Monitor plástico de Pincho Casanova a Fernande Dalezio y a Pablo Thiago Rocca por las muestras de Esterismo (DNC, MEC) y de Cabrera (Museo Zorrilla) en Montevideo, en abril de 2013, hacer click aquí :  ESTERISMO Y CABRERITA EN EL MONITOR PLASTICO


Balance 2016 y perspectivas para el año entrante




La mayor parte del trabajo es silencioso y poco visible. De los datos que llegan al proyecto Arte Otro en Uruguay sólo una pequeña porción se hace pública. La información es chequeada y organizada en una base de datos, ordenada en un archivo. Llega en diferentes soportes: vía e-mail, capturas de la web, fotos impresas, recortes de prensa, comentarios “boca a oreja”.  Algunas donaciones (de libros, de obras) se dan a conocer en este blog, otras permanecen en el anonimato por voluntad de los donantes. Existe también el problema,  no menor, del tiempo para investigar y para dar cuenta de lo investigado, en un país en donde recursos económicos y humanos escasean. Así y todo, en este 2016 en que el proyecto no realizó exposiciones, se llevaron a cabo charlas, ponencias, se escribieron notas para los medios de prensa y se difundió el trabajo de los artistas por varias vías. El blog se mantuvo activo y muy  visitado. Desde su creación superó 17 mil visitantes y lleva más de 28 mil páginas vistas. Como curiosidad vale destacar que las procedencias de estas visitas son en su mayoría remotas, aunque hay muchas de Uruguay. Un listado de los orígenes de las visitas nos proporciona un mapa extraordinario, que demuestra hasta qué punto el interés por estas manifestaciones artísticas es universal.

CURIOSIDADES GEOGRÁFICAS

Por ejemplo, el día 21 de diciembre, el blog recibió visitas de Filipinas, Estados Unidos y Argentina. En algunos casos el programa que realiza los informes establece de qué ciudad o pueblo proviene la visita, en otros solo consigna el país. Ejemplos tomados al azar: Memlo Park (USA), Gandia (España), Villa Lugano (Argentina), Mérida (España), Barcelona (España), Nueva York (USA), Novo Horizonte (Brasil) , Belfort (Francia), La Plata (Argentina), Murcia (España), Catamarca (Argentina), San Clemente (USA), Puebla (México), Alicante (España), Recife (Brasil), New Haven (USA), Ambato (Ecuador), Ilford (Reino Unido), San José (Costa Rica), Padova (Italia), Kaunas (Lituania), Lieja (Bélgica), Châteauguay (Canadá), Basking Ridge (USA), Niza Francia), Manchester (Reino Unido), Guayaquil (Ecuador), Uberlândia (Brasil), Saint-Sever (Francia), Rio de Janeiro (Brasil), Vigo (España), Lanús (Argentina), Mountain View (USA), Granada (España), Phoenix (USA), Melbourne Beach (USA), Oneonta (USA), Malden (USA), Sydney (Australia), Mainz (Alemania), Valdivia (Chile), Nova Friburgo (Brasil), Alajuela (Costa Rica)… de todos estos lugares provienen algunos de nuestros curiosos cibervisitantes del 2016. La lista es asombrosa e incluye también a las capitales de España, Francia, Argentina, Inglaterra, Brasil, Ecuador, Paraguay, Colombia… y países de todos los continentes habitados con excepción, hasta ahora, del continente africano.


BROCHE DE ORO

A nivel local el año se cerró con el homenaje a Enrique Gómez (86) brindado en Fundación Unión (Montevideo), el miércoles 21 de diciembre. Gómez es un importante marchand de arte que viaja pronto a España donde tiene planeado radicarse. Es un pionero en nuestro medio y como suscribimos en la invitación, el arte uruguayo de la segunda mitad del siglo xx no podría entenderse sin su participación. Fue el apoyo de artistas singulares y naïfs, en una posición muy jugada entonces y que hoy es casi inexistente en el mercado, aunque ha dejado un camino a seguir. Las obras de Lucho Maurente, de Magalí Herrera, de Cyp Cristiali, conocieron de su apoyo incondicional. A estos artistas, como a tantos, les organizó exposiciones en Uruguay pero también llevó sus obras a Argentina y España. Sí, Enrique Gómez fue también un pionero en lo que aquí llamamos "arte otro". Además, colaboró para la muestra inaugural de este proyecto en el  2008 y también para la más reciente de arte naïf del 2015, prestando obras fundamentales para entender estas expresiones artísticas. Por eso, además del apoyo de variadas instituciones y sectores sociales, no faltó el logo* de Arte Otro en este merecido homenaje.


DIFUSIÓN DE ARTE OTRO 2016

 A continuación presentamos algunas de las actividades y publicaciones de este año que culmina.

Charlas:

 “Otro arte en Uruguay: métodos, registros, archivos” en la jornada Otras miradas: Arte & Medios, organizada por el programa radial El Opio de las Masas el 18 de octubre en el Museo Nacional de Artes Visuales (Montevideo).

Presentación del proyecto para la especialización en Historia del Arte y Patrimonio del CLAEH, Módulo Arte Uruguayo en Clave Regional, Facultad de la Cultura, el día  28 de mayo.

Notas:

Nota sobre Humberto Rigali (1918 – 2016) en julio, en el blog.

Carmen García Pernas. La vitalidad de la pintura” en Brecha del miércoles 23 de marzo de 2016, nº 1583, pág. 30, Montevideo, referida a la exposición "La absolución de una niña”, en el  Cultural “Al pie de la muralla”, Ciudad Vieja, Montevideo.

Comentarios y entradas en el blog sobre la muestra “Mosaicos urbanos: la obra de Odín en la Ciudad Vieja”, curada por María Pía Braem en el Museo del Azulejo (Montevideo) y sobre la muestra de tallas de Lucho Maurente en el Centro Cultural La Paloma (Rocha) en abril y mayo de este año.

Mascaró y las tristezas de este Banda” sobre Haroldo Clonti y Lucho Maurente, el 20 de mayo de 2016 en el semanario Brecha. Acompañado por un informe especial sobre el estado de la obra escultórica de Lucho Maurente en La Paloma, en el blog, en agosto de este año.

Comentario sobre el nuevo museo taller de José "Pepe" Castro (Bueu, España, 1939) en la ciudad de Carmelo en julio.

Bordado naïf de Esther Haedo” en el blog, noviembre.

El regreso de Alexandro García: Arquitecturas siderales y paisajes cósmicos” en Brecha, 16 de diciembre, sobre muestra de A. García en Galería Christian Berst, París (hasta el 14 de enero de 2017.

Además de varias recomendaciones de muestras, libros e informes de donaciones.


SE VIENE EL 2017

El proyecto cumplirá una década de existencia y se han programado por tanto una serie de exposiciones en Montevideo y en el interior del país, así como charlas, conferencias y mesas redondas en coordinación con instituciones públicas y privadas. Por otra parte, estamos trabajando en la reedición corregida y ampliada de Otro Arte en Uruguay, libro editado en 2009, que amerita una importante actualización. Para aquellos que quieran hacerse de esa publicación solo quedan unos pocos ejemplares solitarios en Montevideo, en las librerías de la Ciudad Vieja La Lupa  (calle Bacacay casi Buenos Aires) y  Moebius (Pérez Castellano entre Washington y 25 de Mayo), en Cordón en librería Rayuela (Tristán Narvaja entre 18 de Julio y Colonia) y en el Centro en librería  Purpúrea (Plaza del Entrevero). 

Estos diez años de trabajo, de hallazgos y difusión de un arte diferente, han sido posibles gracias a la generosa colaboración de artistas, amigos y entusiastas de todos los rincones del mundo. A todos ellos vaya nuestro reconocimiento y el deseo de un feliz 2017.

Imágenes: Los logotipos e imágenes alusivas al proyecto son creación de Eloísa Ibarra. La invitación al homenaje a Enrique Gómez es un diseño de Pincho Casanova.

¿Qué es de la vida de… Carmelo Vergalito?


“Compré ésto (el terreno), no le dije nada a la patrona, casi la mato. Estábamos haciendo (la casa) con un paraguas (…) En este país lo que hice yo no lo hizo nadie. Por eso me dan algún valor a mi, no es repetido, es original. La Gioconda está en todos lados.”  

Carmelo Vergalito


Lo entrevistamos hace nueve años. Dos o tres veces. La primera en conocerlo y registrar su obra para el proyecto fue Eloísa Ibarra, quien además tomó fotos del exterior y del interior de su casa en Paso Carrasco. Volvimos en más de una oportunidad y también lo visitamos en su otra residencia de la calle San Martín. Nos mantuvimos en contacto un tiempo, y continuamos el hilo de su historia con uno de sus hijos. Entonces Carmelo Vergalito tenía 81 años. El proyecto Arte Otro siguió su hoja de ruta, agregó nuevos artistas, se entusiasmó con otras casas ex-céntricas. Pero este año recibimos la consulta de periodistas que querían contactarse con él y proporcionamos los datos que teníamos. Para nuestra sorpresa a sus noventa años Carmelo sigue creando y ampliando su espectacular residencia de Carrasco. El archivo de Arte Otro conserva fotos de esta casa tomadas por su hijo en los año ochenta, también en los noventa y por el proyecto en el 2008 hasta la fecha. La casa es como un animal fantástico que cambia continuamente sus formas. Su fachada se vuelve irreconocible, sus paredes se levantan y se acuestan. Tenía una calesita en el techo que bajó al jardín y en otro techo una piscina que se convirtió en un huerto. Tenía en su jardín un auto en cuyo chasis se habían incrustado dos capós y parabrisas, es decir, dos carrocerías delanteras, una atrás y otra delante… un colachata sin cola, con las dos “partes de adelante”, por lo que nunca se sabía si iba o venía, o más bien, uno pensaría que el auto siempre venía y nunca se iba….

Criaban animales. Caminaban ocho horas atravesando el bosque con un farol de mano para llegar al pueblo en la mañana a vender los lechones. Carmelo Vergalito (Fossalto, Italia, 1927) trabajó en el campo de niño, y cuando faltó el padre a los 12 años, hizo todas las tareas, desde sacar la nieve a amasar ladrillos, a menudo con 14 grados bajo cero. Luego de la Segunda Guerra Mundial emigró a Uruguay. Y esta tierra le dio todo: trabajo, casa, mujer, hijos. “No había nada que nosotros no pudiéramos hacer. Puedo hacer una casa sin ir a la ferretería, ni a la barraca, sin comprar nada, arrastrando piedras”. De la fuerza de voluntad de Carmelo no se puede dudar. Tampoco de su imaginación artística. El “Castillo Vergalito”o“La Casa de la Miseria” como prefiere llamarla, posee más de 15 habitaciones distribuidas en tres plantas, con piscina techada (hoy convertida en vivero), lucernario, calesita, escaleras y puertas que no conducen a ninguna parte. Laberíntica, guarda numerosos recovecos y pasajes decorados con recortes de vidrios y azulejos.
Una imaginería barroca la hizo crecer hasta mansión, para habitarla luego con figuras esgrafiadas en el revoque de las paredes, a las que acopló también trozos de carrocería, ventanas de automóviles, cadenas y farolas. El portón de entrada posee reminiscencias gaudianas aunque Carmelo nunca oyó hablar del famoso catalán.
Más de tres décadas le llevó la construcción. Ahora acondiciona otra casa en la calle San Martín, que posee un “sillón del Papa” y un faro realizado con centenares de botellas de vidrio.*

* Otro arte en Uruguay de Pablo Thiago Rocca. Editorial Linardi y Risso, Montevideo, 2009.


En su homenaje reproducimos las dos notas que se publicaron este año y esperamos que la casa continúe en su proceso de mutación.


El discreto encanto de lo reciclado
Para una casa sin nombre**

Cada tanto, al levantar la vista, se hace evidente lo extraordinario. Casas, puertas, rincones originales cobran su verdadera dimensión. Eso sucede en Paso Carrasco con la vivienda de Carmelo Vergalito, un italiano residente en Uruguay desde 1947 que construyó su casa dando rienda suelta a su imaginación y creatividad.

Por Pablo Silva Galván

Lo extraordinario suele convivir con lo normal, lo rutinario, en una dinámica que por lo general no advertimos. La rutina diaria tiende a transformar en habitual todo aquello que por sus características no encaja dentro de las normas y convenciones, ya se trate de personas o cosas. Pero un día, como sin quererlo, levantamos la vista y lo extraordinario, lo extravagante, lo original aparece ante los ojos, disipando la niebla de la rutina.

Eso pasa con la casa de Carmelo Vergalito, afincado desde hace décadas en Paso Carrasco, quien construyó su vivienda con artículos reciclados, con una originalidad que le valió, entre otros reconocimientos, el del proyecto Arte Otro Uruguay, auspiciado por el Ministerio de Educación y Cultura (MEC), y que ahora forma parte del paisaje de esa zona de Canelones, a pocos metros del bosque majestuoso que forma el parque Roosevelt.


Esta vivienda, obra de un aficionado -don Carmelo era pintor, no constructor-, es un verdadero laberinto de pasajes, escaleras, pequeñas habitaciones y grandes espacios, con el marco de exteriores adornados por millares de trozos de cerámica multicolor, balcones, miradores y hasta una piscina en la terraza. Para los vecinos es la obra de un excéntrico, un “viejo loco”, un extravagante, un soñador, un visionario, y es posible que algo de eso, o un poco de cada cosa, albergue el ánimo de este vecino.

Carmelo llegó a Uruguay en 1947, cuando tenía 22 años, procedente de una Italia devastada por la guerra, en donde la pobreza y el hambre eran lo corriente. Era el menor de varios hermanos dedicados a trabajar la tierra, pero como era inquieto, su horizonte iba más allá de esta tarea, y un día emprendió el viaje que lo trajo al Río de la Plata. Aquí trabajó en varias actividades en una quinta, y fue pintor de casas, oficio que le permitió abrirse camino. “Yo fui un privilegiado en este país”, afirma, al recordar los años en los que vivió en el Centro, en los que aprendió un oficio que le permitió ganarse la vida y en el que conoció desde grandes edificios a pequeñas casas.

“Le debo la vida a cuatro personas: a un tío, que me vendió el primer terreno que compré y donde hice mi primera casa; al chofer del dueño de la quinta donde trabajé por 1952, que me dio consejos para el trabajo; a un paisano que me enseñó los rudimentos del oficio y a otro con el que logré los mejores trabajos, los que me permitieron salir adelante”, resumió, al recordar sus años en el país. Esos pasos le fueron abriendo camino. Su primera vivienda, en San Martín y Aparicio Saravia, donde incluso construyó apartamentos para alquilar, ya tenía elementos de originalidad.

Una casa sin nombre. Comenzó a construir la casa de Paso Carrasco a mediados de los años 70, en un terreno ubicado a pasos del Parque Franklin Delano Roosevelt, una zona que por ese entonces era de campos, con pocas construcciones. No hubo planos. Cada tanto, al terminar el trabajo, comenzaba una nueva habitación, un nuevo agregado, hasta llegar a lo que es hoy: un modelo sin terminar y en crecimiento.
En su casa están presentes los elementos que para él constituyen su arte. Originales. “Si siempre repetimos las cosas, entonces no hay arte. Si se copia no es arte”, sentencia, mientras va recordando algunas de las cosas que le dan originalidad a su vivienda, desde una piscina en la terraza a un auto, estacionado en el patio, con dos pisos. Una estatua, portones de hierro trabajado, parabrisas de automóviles, todo mezclado sin orden ni concierto. “Después que los vecinos y conocidos se enteraron de que iba comprando cosas para la casa, empezaron a ofrecérmelas, pero a veces se trataba de cosas inservibles, porque no es cuestión de poner cualquier objeto. Tiene que tener una utilidad. Hay que saber utilizar lo que se tiene, lo que se descarta…”, señaló.

Recordó que comenzó la construcción a base a trabajos que fue haciendo con el tiempo, en particular en su oficio de pintor. “Empecé a comprar materiales para hacer una casa con plano económico. Esa era mi intención. Pero las cosas fueron cambiando. Hice unas piezas en el fondo, para alquilarlas y así sacar una renta”, precisó.

“La gente tira muchas cosas y yo las guardo, porque es algo que en algún momento voy a usar”, dijo sobre los materiales empleados. La finca tiene 25 habitaciones, distribuidas en dos plantas a las que se accede por un enorme portón de hierro que conduce al frente a un corredor y a un garaje, a su vez conectado con la casa, y a la izquierda, directamente a la vivienda. Dos grandes habitaciones, con enormes muebles, sorprenden al visitante. Más allá, salas de diverso tamaño, escaleras, altillos, terrazas, pasajes, un patio y un mirador constituyen un verdadero laberinto. Las paredes están tapizadas de formas geométricas y los pisos lucen diseños de diverso tipo, realizados con millares de trozos de mármol o cerámicas de variadas clases, tamaños y colores.

“Hay gente que me pregunta por qué hice eso; pues, la verdad es que no lo sé. Lo hice. Traigo lo que encuentro y lo empleo para algo útil”, explicó. “Todo es usado en esta casa. Todo. Puertas, ventanas; algunas cosas tienen un valor importante, a otras les he dado valor por el uso y la aplicación que tienen”.

“No sé si es arte. Si uno mira, por ejemplo, los monumentos de los héroes, siempre a caballo, ya no es arte. Desde el monumento a Julio César siempre están a caballo, se reitera la misma idea”, concluye.

La casa de Vergalito tuvo un reconocimiento, años atrás, al ser incluida en el proyecto Arte Otro Uruguay, que contó con los auspicios del Ministerio de Educación y Cultura (MEC). Fue una iniciativa dirigida por Pablo Thiago Rocca que se propuso relevar obras de arte en el campo de la plástica, consideradas fuera de los cánones de la alta cultura o la cultura erudita.

**Nota publicada en Caras y Caretas, el domingo 24 de enero de 2016. Firmada por Pablo Silva Galván



La casa más loca de Carrasco ***

Desde Montevideo en dirección a Canelones, transitando por Camino Carrasco, a poco de atravesar el puente que enlaza a los dos departamentos, unas cuadras hacia el norte, en la calle Vaz Ferreira, sorprende la fachada de una vivienda que más bien parece la escenografía para un film de ciencia ficción. Tiene algo de estación espacial futurista, de observatorio astronómico marciano, y algo de construcción del paleolítico que rinde tributo a Los Picapiedras Pedro y Pablo.
Su proyectista, dueño, y morador junto a familiares y quien es su esposa desde hace 62 años, se llama Carmelo Vergalito. A él no le importa estar a salvo del olvido. Vive cada día sin pretensiones de artista, pero hasta hoy no para de trabajar como un artesano en la fantasía que construyó por etapas, desde la década de 1970, hasta entretejer 25 habitaciones.
Don Carmelo cumplirá los 90 de edad el 16 de julio del próximo año. Llegó a Uruguay el 13 de mayo de 1949, procedente de Abruzzi. Vivió en diversos barrios, en República y Hocquart o en la calle Arrayán hasta que en 1957 consiguió un terrenito en la Avenida San Martín. "Ya en el 63 vivía de rentas, mire qué napolitano, hay que tener el que te dije, ¿eh?", recuerda entre risas.
"El artista nace, no se hace, es mentira. Yo no sé si soy artista o qué. Estuve en Asia, América del Norte, en Canadá, Buenos Aires, España y bueno, varias veces en Italia después que me vine. Y esto que usted ve no existe. Es un cero al lado de otras obras, pero este cero no lo ve en ningún lado. No existe", sentencia Don Carmelo. Por 1952 no le fue bien como quintero medianero. Lo que debía pagar al dueño de un campo en Malvín Norte casi no le dejaba para sobrevivir. Fracasado el emprendimiento en el cual lo acompañaron un hermano y un cuñado, y también su intento de ser feriante, Carmelo se fue a rasquetear y pintar paredes con un amigo calabrés que tenía 40 años cuando él 27 y hacía 5 que estaba en Uruguay.
Esta labor le permitió aprender a construir, solo mirando. En 1957 Carmelo ya había despegado, como le gusta decir. Realizaba trabajos por su cuenta. "Yo aprendí de tipos que saboreaban el trabajo", confiesa. La idea de insertar en las paredes y pisos trozos de cerámica de distintas formas, colores y tamaños, o restos de mármol, surgió cuando vio la casa "pituca" que se estaba haciendo un amigo sastre, en el barrio Unión, en la calle Joanicó y Pan de Azúcar.
En una pared aparecía calado el mapa de Uruguay y entre los ornamentos había una golondrina grande con sus alas abiertas como si fuera un águila. "Yo veía que ponía chirimbolos en la estufa a leña, con baldositas escalonadas. Yo me defendía con la pintura pero no era por esa época albañil. Y bueno, un día empecé a sacarle el jugo a las piedras. Lo que usted tira yo lo uso, le veo algo a cualquier recorte que va a parar a una volqueta", dice Carmelo.
El mismo humor jorobón que demuestra para pedirle al cronista que no olvide que su apellido termina en "lito", Carmelo lo expuso en la inclusión de artefactos y chatarra en su vivienda, por ejemplo las mitades enlazadas de dos autos que los dejan avanzando hacia puntos opuestos, la ventanilla de otro coche que se abre desde el interior de la casa con la manija original que sirve para bajar y subir el cristal, los caños que simulan telescopios o la escultura amorfa de un humanoide que posa en el jardín y al cual Carmelo presenta entre risas como su otro yo, una obra que hizo hace 7 años.
Desechos. En piezas de
su casa laberíntica, "en donde no moleste", él va acumulando materiales de desecho, desde maderas chamuscadas que se sacó de encima una barraca hasta trozos de rejas. "Ahora estoy haciendo apartamentos con esta porquería; ya hice tres y van tres más", cuenta Carmelo.
En la casa de la Avenida San Martín que terminó arrendando, un día llegó a instalar sobre la azotea lo que denominó "El sillón del Papa". Allí, con 2.000 botellas también levantó algunos muros. "Ya ni sé que habrán hecho los inquilinos ahora", sostiene sin parecer demasiado preocupado.
"Yo era un tipo que no perdía oportunidad, no se necesita ser muy inteligente, hay que tener voluntad. No es verdurita. Pero lo que hice del 2007 para acá no lo hice cuando tenía treinta años", comparte Carmelo en un castellano que conserva el acento tano.
Manos a la obra. "Si usted me da cal, arena, agua y piedras, le hago una casa", se compromete. Pero hay que conseguir un buen predio, que permita ir a tres metros bajo tierra y armar los cimientos para lo que serán paredes de tres cuartas de ancho, unos 60 centímetros. A lo largo de los extremos de la "zanja" se coloca la lasca o laja, fragmentos delgados de piedra, que si proceden de Minas, mejor, inigualables, sentencia Carmelo Vergalito, mientras gesticula con el espíritu grecolatino de un histrión.
Entre esas lascas van cascotes, piedras macizas, y la argamasa de cal, arena y agua. Mucho antes de la aparición del cemento, ese conocimiento llegó a Italia desde Grecia. En una recorrida para observar más detalles de su casa desde el exterior y explicar en qué consiste esta y aquella otra pieza adosada, el constructor y este cronista caminan entre las veredas pastosas sobre las que no falta la arena, tan a flor de tierra en la zona.
Por la cercanía con el aeropuerto de Carrasco, de pronto un avión sobrevuela el lugar, pero a intervalos más estrechos interrumpe la calma un helicóptero de vigilancia. En una ocasión, Carmelo mira al cielo despejado, en una jornada de sol que se extrañaba desde hace meses. No oculta los ojos brillantes y brillosos de un gato perturbado por el vuelo de aleteo de una paloma.
—¡Cuántas partes de ese helicóptero le caerían a medida a su casa!— da la impresión que sueña Carmelo, antes de quejarse un poco de la humedad que en el Plata entumece los huesos.
Extraña de Italia aun los fríos invernales, porque el clima es seco. Más allá de eso dice que por lo que conoció en muchos viajes, Uruguay "es el mejor país del mundo".
En busca de aire. Carmelo salta de un tema a otro, en ocasiones se va por las ramas, pero lo que cuenta termina vinculado al motivo de la entrevista. Recuerda que su padre zafó de alistarse como soldado para estar al servicio durante la Primera Guerra Mundial debido al consejo de un pariente mayor. Se tomó un mejunge amarguísimo cuyo principal ingrediente era un toscano cortado en pedacitos.
El brebaje resultó efectivo para el fin perseguido, pero además de altísima fiebre le terminó afectando un pulmón. Dos por tres, aquel joven que años después sería su padre debía abrir una ventana para respirar aire puro. Tal vez por eso la casa de Carmelo tiene tantas ventanas.
Algo más que un arte fantástico e inverosímil. Al igual que el arquitecto estadounidense Michael Reynolds, apodado el "guerrero de la basura", Carmelo Vergalito aprovecha materiales desechados, pero como creador espontáneo no se ajusta ni a la bioconstrucción ni a los modelos de casas autosustentables. Su vivienda es un hogar singular, rodeado y cubierto de piezas que conforman un conjunto espectacular para unos, inverosímil para otros.
Refiriéndose a Carmelo y más creadores que es difícil encasillar, el investigador Pablo Thiago Rocca afirma en su libro Otro Arte en Uruguay, que si ellos acumulan "lo hacen por un sentido de riqueza que no es nada ´económico´. Es la riqueza de lo diferente, de lo caleidoscópico y de lo imposible hecho realidad". En su casa excéntrica, Carmelo aprovechó todo y de cada objeto recobró "una nueva vida, que trasciende los usos decretados por la arquitectura convencional". La rareza de la casa "no radica en algún tipo de extravagancia o de absurdo", sino que es "ex-céntrica" por hallarse "fuera de los parámetros de producción irradiados desde las metrópolis y sus filiales, que ordenan la construcción masiva, uniforme e iterativa de nuestras viviendas, todas parecidas entre sí", evalúa Rocca.

Viviendas raras que nacen del esnobismo. La aplicación de trozos de cerámicas desechadas, de diversos colores, sobre paredes y pisos, es un recurso que aparece en una vivienda de San Pablo, Brasil, también laberíntica y no construida tampoco con planos, ni supervisada por un arquitecto, sino erigida por el jardinero de oficio Estevao Silva da Conceicao.
Sus espacios interiores son más intrincados que los de la casa de Carmelo Vergalito, se asemejan a una cueva con columnas que simulan árboles, a lo Gaudí, representante del modernismo catalán. Y en lo decorativo incluye, por ejemplo, piezas enteras, platos de loza o tazas. Pero el espíritu del reciclaje puede compararse.
Navegando por internet hay múltiples listas de viviendas extravagantes. Sin embargo, la mayoría no pasa de plasmar una ocurrencia y ser pura novelería. Por ejemplo, una casa con forma de barril, otra con forma de zapato, o de pelota de fútbol, de canasta de picnic, de tetera, o de nave espacial más parecida a una escenografía de Carnaval que a una obra habitable. Rastreando un poco más, puede hallarse una vivienda que aprovecha el fuselaje de un avión, montado sobre columnas de piedras. Pero en cada caso, puro esnobismo.
*** Nota publicada en el diario El País el 14 de agosto de 2016 firmada por Carlos Cipriani López.
Las imágenes son del archivo del proyecto Arte Otro en Uruguay.

Bordado naïf de Esther Haedo


Días pasados recibimos una curiosa donación (porque desconocíamos las dotes creativas de la autora) para el proyecto Arte Otro en Uruguay. Se trata de una pieza textil de autoría de Esther Haedo (Montevideo 1899 – 1996), un bordado en tela de 54 x 37 cm, que habría sido creado a mediados de la década del cuarenta del siglo pasado, cuando Esther y su esposo, el escritor salteño Enrique Amorim (1900-1960), ya estaban instalados en la moderna casa "Las Nubes", diseñada por el escritor según los criterios de Le Corbousier. Según se nos ha informado, el bordado pasó de manos de su creadora a Renée Amaro Amorim, abuela de María Mattos, quien a su vez es la esposa del artista Carlos Guinovart (Las Piedras, 1965). Estos últimos, María y Carlos, decidieron donar la pieza textil al proyecto Arte Otro en Uruguay en el entendido que se trata de una creación naïf y por el valor histórico de su procedencia. Renée Amaro Amorim fue prima del escritor Enrique Amorim. 


Ciertamente es una creación de aire naïf, al parecer inconclusa pese a la terminación del borde. Le falta la “y” de Uruguay y las dos primeras y dos últimas letras para completar el nombre del país vecino, Argentina. Se lee sólo “genti” y  “Urugua” y quizás en esas ausencias radica también cierta cuota de ingenuidad  (y un poco de falta de paciencia). Pues no parece tratarse de términos completos o cifrados. En la parte posterior, escrito con lapicera se lee: “Hecho por Esther Haedo”. Lleva unas argollas para colgar, no es un "repasador", al menos no parece que esa fuera su función, si bien está manchado, su fórmula compositiva es eminentemente decorativa o ilustrativa. 

Al frente, en primer plano, una pareja toma mate con el fondo de un mapa que representa una parte del territorio litoraleño a la altura del departamento de Salto, donde Esther y Enrique tenían su residencia “Las Nubes”.

Una paloma o quizás una golondrina, bordada de azul ultramarino lleva un ramito de laurel, simbolizando la paz. La escena es de gran serenidad y encanto. Al fondo, como si fueran sitios de interés de un “mapa” se ven bordados de manera muy sintética, dos cúspides de iglesias, un vacuno de perfil, una cabeza vacuna de frente y las líneas de grandes cursos de agua (el río Uruguay y el río Arapey). Los dos figuras ocupan ambas orillas, se podría decir que se reparten entre uno y otro país.

La delicadeza de las facciones, los punteados de los vestidos y sus contornos,  la manera en que están situados un personaje detrás del otro, la inclinación de la cabeza y los ojos cerrados de la figura en primer plano, que sostiene el mate, recuerdan la obra de su prima, la dibujante y pintora Norah Borges (hermana de Jorge Luis), con quien se frecuentaba por entonces. Aventuramos pues, que se trata de una obra que reconoce la influencia de una estética moderna y familiar a la vez, y que modula con un toque intimista, no exento de cierta dulzura y encanto: un simbólico retrato de la pareja en clave hogareña. En tal caso, la pieza cobra un valor testimonial mayor y es por ello que el proyecto Arte Otro, con la anuencia de los donantes, ha iniciado tratativas para que la pieza se destine a su lugar de origen, "Las Nubes", la residencia hoy convertida en un centro cultural y museo de sitio perteneciente al Estado.



Esther Haedo.  Apuntes hacia una biografía*

« …Esther Dayla Haedo nació en Montevideo el 6 de octubre de 1899, hija de Francisco Haedo Suárez y Clara Young Peña. Su educación estuvo muy supervisada, especialmente por su padre. Vivió sus primeros años en el centro capitalino, muy cerca de la actual esquina de Colonia y Avenida del Libertador.

Prima de Jorge Luis Borges (su padre, Francisco, era primo de Leonor Acevedo de Borges), tuvo, como él, una educación muy influida por la cultura británica. Aprendió a hablar primero en inglés, para luego asomarse al castellano. La situación familiar y el contexto histórico propiciaron esa familiaridad con el mundo británico: la actuación de su padre en el seno del directorio del Partido Nacional en Buenos Aires durante la revolución de 1904, determinó que la familia –perseguida por José Batlle y Ordóñez– debiera partir al exilio en Europa y se instalara un tiempo en Inglaterra.
A su regreso a Uruguay vivió en una quinta del Prado, ubicada en la calle Lucas Obes, entre 19 de Abril y Suárez  […]  En un reportaje que el realizador Juan José Ravaioli le hiciera a Esther a inicios de la década de 1990 ella se refirió a cómo –cuando conoció a Enrique– no había estado nunca en Salto, ni conocía a ningún salteño. Comentaba entonces que, tras conocerse, Enrique había obtenido una cámara de cine para hacer un corto con ella como protagonista, para que su suegra la conociera a través de la película  […] Se casaron enseguida de conocerse y vivieron un año en Europa. Regresaron al Río de la Plata (en Buenos Aires tenían un apartamento, “para ir de paso”) y nuevamente volvieron a viajar a Europa. Por entonces, en Buenos Aires Enrique frecuentaba las peñas literarias que compartían, entre otros escritores y artistas, Horacio Quiroga, Baldomero Fernández Moreno, Oliverio Girondo, Norah Lange, Jorge Luis Borges, Guillermo de Torre, Norah Borges, o Silvina Ocampo. Como tantos otros intelectuales de la época, Esther y Enrique debieron dejar Buenos Aires luego de que Amorim denunciara, en su novela Nueve lunas sobre el Neuquén (1946), las torturas a que eran sometidos los opositores al gobierno de Juan Domingo Perón. Se instalaron en Las Nubes.




[Luego de la muerte de su esposo]  pasó el resto de su vida dedicada a preservar y difundir la vida y la obra de Amorim, velando también por la conservación de Las Nubes y el acervo que allí se guardaba. En esos años también se fue fortaleciendo el vínculo entrañable que la unía a Liliana, la hija de Enrique ("y un poco hija mía”, como ella solía decir), así como con sus nietas Paula y Amalia. Esther Haedo sobrevivió treinta y seis años a su marido. Falleció en Montevideo el 4 de setiembre de 1996… »

*Tomado del sitio http://lasnubes.org.uy/esther/
el 10 de abril de 2016. En este texto se lee "Agradecemos el generoso aporte de Pelayo Díaz Muguerza, quien nos facilitó apuntes varios para construir este perfil biográfico de Esther Haedo." También desde el proyecto Arte Otro nos sumamos a dicho agradecimiento por sus amables comentarios de la pieza textil.

Imágenes. 
1. Bordado de Esther Haedo.
2. Villa Esther. Postal de la casa de Esther Haedo en el Prado de Montevideo, hacia el 900.
3. Las Nubes, fotografiada por P. T. Rocca en 2013.