¿Qué es de la vida de… Carmelo Vergalito?


“Compré ésto (el terreno), no le dije nada a la patrona, casi la mato. Estábamos haciendo (la casa) con un paraguas (…) En este país lo que hice yo no lo hizo nadie. Por eso me dan algún valor a mi, no es repetido, es original. La Gioconda está en todos lados.”  

Carmelo Vergalito


Lo entrevistamos hace nueve años. Dos o tres veces. La primera en conocerlo y registrar su obra para el proyecto fue Eloísa Ibarra, quien además tomó fotos del exterior y del interior de su casa en Paso Carrasco. Volvimos en más de una oportunidad y también lo visitamos en su otra residencia de la calle San Martín. Nos mantuvimos en contacto un tiempo, y continuamos el hilo de su historia con uno de sus hijos. Entonces Carmelo Vergalito tenía 81 años. El proyecto Arte Otro siguió su hoja de ruta, agregó nuevos artistas, se entusiasmó con otras casas ex-céntricas. Pero este año recibimos la consulta de periodistas que querían contactarse con él y proporcionamos los datos que teníamos. Para nuestra sorpresa a sus noventa años Carmelo sigue creando y ampliando su espectacular residencia de Carrasco. El archivo de Arte Otro conserva fotos de esta casa tomadas por su hijo en los año ochenta, también en los noventa y por el proyecto en el 2008 hasta la fecha. La casa es como un animal fantástico que cambia continuamente sus formas. Su fachada se vuelve irreconocible, sus paredes se levantan y se acuestan. Tenía una calesita en el techo que bajó al jardín y en otro techo una piscina que se convirtió en un huerto. Tenía en su jardín un auto en cuyo chasis se habían incrustado dos capós y parabrisas, es decir, dos carrocerías delanteras, una atrás y otra delante… un colachata sin cola, con las dos “partes de adelante”, por lo que nunca se sabía si iba o venía, o más bien, uno pensaría que el auto siempre venía y nunca se iba….

Criaban animales. Caminaban ocho horas atravesando el bosque con un farol de mano para llegar al pueblo en la mañana a vender los lechones. Carmelo Vergalito (Fossalto, Italia, 1927) trabajó en el campo de niño, y cuando faltó el padre a los 12 años, hizo todas las tareas, desde sacar la nieve a amasar ladrillos, a menudo con 14 grados bajo cero. Luego de la Segunda Guerra Mundial emigró a Uruguay. Y esta tierra le dio todo: trabajo, casa, mujer, hijos. “No había nada que nosotros no pudiéramos hacer. Puedo hacer una casa sin ir a la ferretería, ni a la barraca, sin comprar nada, arrastrando piedras”. De la fuerza de voluntad de Carmelo no se puede dudar. Tampoco de su imaginación artística. El “Castillo Vergalito”o“La Casa de la Miseria” como prefiere llamarla, posee más de 15 habitaciones distribuidas en tres plantas, con piscina techada (hoy convertida en vivero), lucernario, calesita, escaleras y puertas que no conducen a ninguna parte. Laberíntica, guarda numerosos recovecos y pasajes decorados con recortes de vidrios y azulejos.
Una imaginería barroca la hizo crecer hasta mansión, para habitarla luego con figuras esgrafiadas en el revoque de las paredes, a las que acopló también trozos de carrocería, ventanas de automóviles, cadenas y farolas. El portón de entrada posee reminiscencias gaudianas aunque Carmelo nunca oyó hablar del famoso catalán.
Más de tres décadas le llevó la construcción. Ahora acondiciona otra casa en la calle San Martín, que posee un “sillón del Papa” y un faro realizado con centenares de botellas de vidrio.*

* Otro arte en Uruguay de Pablo Thiago Rocca. Editorial Linardi y Risso, Montevideo, 2009.


En su homenaje reproducimos las dos notas que se publicaron este año y esperamos que la casa continúe en su proceso de mutación.


El discreto encanto de lo reciclado
Para una casa sin nombre**

Cada tanto, al levantar la vista, se hace evidente lo extraordinario. Casas, puertas, rincones originales cobran su verdadera dimensión. Eso sucede en Paso Carrasco con la vivienda de Carmelo Vergalito, un italiano residente en Uruguay desde 1947 que construyó su casa dando rienda suelta a su imaginación y creatividad.

Por Pablo Silva Galván

Lo extraordinario suele convivir con lo normal, lo rutinario, en una dinámica que por lo general no advertimos. La rutina diaria tiende a transformar en habitual todo aquello que por sus características no encaja dentro de las normas y convenciones, ya se trate de personas o cosas. Pero un día, como sin quererlo, levantamos la vista y lo extraordinario, lo extravagante, lo original aparece ante los ojos, disipando la niebla de la rutina.

Eso pasa con la casa de Carmelo Vergalito, afincado desde hace décadas en Paso Carrasco, quien construyó su vivienda con artículos reciclados, con una originalidad que le valió, entre otros reconocimientos, el del proyecto Arte Otro Uruguay, auspiciado por el Ministerio de Educación y Cultura (MEC), y que ahora forma parte del paisaje de esa zona de Canelones, a pocos metros del bosque majestuoso que forma el parque Roosevelt.


Esta vivienda, obra de un aficionado -don Carmelo era pintor, no constructor-, es un verdadero laberinto de pasajes, escaleras, pequeñas habitaciones y grandes espacios, con el marco de exteriores adornados por millares de trozos de cerámica multicolor, balcones, miradores y hasta una piscina en la terraza. Para los vecinos es la obra de un excéntrico, un “viejo loco”, un extravagante, un soñador, un visionario, y es posible que algo de eso, o un poco de cada cosa, albergue el ánimo de este vecino.

Carmelo llegó a Uruguay en 1947, cuando tenía 22 años, procedente de una Italia devastada por la guerra, en donde la pobreza y el hambre eran lo corriente. Era el menor de varios hermanos dedicados a trabajar la tierra, pero como era inquieto, su horizonte iba más allá de esta tarea, y un día emprendió el viaje que lo trajo al Río de la Plata. Aquí trabajó en varias actividades en una quinta, y fue pintor de casas, oficio que le permitió abrirse camino. “Yo fui un privilegiado en este país”, afirma, al recordar los años en los que vivió en el Centro, en los que aprendió un oficio que le permitió ganarse la vida y en el que conoció desde grandes edificios a pequeñas casas.

“Le debo la vida a cuatro personas: a un tío, que me vendió el primer terreno que compré y donde hice mi primera casa; al chofer del dueño de la quinta donde trabajé por 1952, que me dio consejos para el trabajo; a un paisano que me enseñó los rudimentos del oficio y a otro con el que logré los mejores trabajos, los que me permitieron salir adelante”, resumió, al recordar sus años en el país. Esos pasos le fueron abriendo camino. Su primera vivienda, en San Martín y Aparicio Saravia, donde incluso construyó apartamentos para alquilar, ya tenía elementos de originalidad.

Una casa sin nombre. Comenzó a construir la casa de Paso Carrasco a mediados de los años 70, en un terreno ubicado a pasos del Parque Franklin Delano Roosevelt, una zona que por ese entonces era de campos, con pocas construcciones. No hubo planos. Cada tanto, al terminar el trabajo, comenzaba una nueva habitación, un nuevo agregado, hasta llegar a lo que es hoy: un modelo sin terminar y en crecimiento.
En su casa están presentes los elementos que para él constituyen su arte. Originales. “Si siempre repetimos las cosas, entonces no hay arte. Si se copia no es arte”, sentencia, mientras va recordando algunas de las cosas que le dan originalidad a su vivienda, desde una piscina en la terraza a un auto, estacionado en el patio, con dos pisos. Una estatua, portones de hierro trabajado, parabrisas de automóviles, todo mezclado sin orden ni concierto. “Después que los vecinos y conocidos se enteraron de que iba comprando cosas para la casa, empezaron a ofrecérmelas, pero a veces se trataba de cosas inservibles, porque no es cuestión de poner cualquier objeto. Tiene que tener una utilidad. Hay que saber utilizar lo que se tiene, lo que se descarta…”, señaló.

Recordó que comenzó la construcción a base a trabajos que fue haciendo con el tiempo, en particular en su oficio de pintor. “Empecé a comprar materiales para hacer una casa con plano económico. Esa era mi intención. Pero las cosas fueron cambiando. Hice unas piezas en el fondo, para alquilarlas y así sacar una renta”, precisó.

“La gente tira muchas cosas y yo las guardo, porque es algo que en algún momento voy a usar”, dijo sobre los materiales empleados. La finca tiene 25 habitaciones, distribuidas en dos plantas a las que se accede por un enorme portón de hierro que conduce al frente a un corredor y a un garaje, a su vez conectado con la casa, y a la izquierda, directamente a la vivienda. Dos grandes habitaciones, con enormes muebles, sorprenden al visitante. Más allá, salas de diverso tamaño, escaleras, altillos, terrazas, pasajes, un patio y un mirador constituyen un verdadero laberinto. Las paredes están tapizadas de formas geométricas y los pisos lucen diseños de diverso tipo, realizados con millares de trozos de mármol o cerámicas de variadas clases, tamaños y colores.

“Hay gente que me pregunta por qué hice eso; pues, la verdad es que no lo sé. Lo hice. Traigo lo que encuentro y lo empleo para algo útil”, explicó. “Todo es usado en esta casa. Todo. Puertas, ventanas; algunas cosas tienen un valor importante, a otras les he dado valor por el uso y la aplicación que tienen”.

“No sé si es arte. Si uno mira, por ejemplo, los monumentos de los héroes, siempre a caballo, ya no es arte. Desde el monumento a Julio César siempre están a caballo, se reitera la misma idea”, concluye.

La casa de Vergalito tuvo un reconocimiento, años atrás, al ser incluida en el proyecto Arte Otro Uruguay, que contó con los auspicios del Ministerio de Educación y Cultura (MEC). Fue una iniciativa dirigida por Pablo Thiago Rocca que se propuso relevar obras de arte en el campo de la plástica, consideradas fuera de los cánones de la alta cultura o la cultura erudita.

**Nota publicada en Caras y Caretas, el domingo 24 de enero de 2016. Firmada por Pablo Silva Galván



La casa más loca de Carrasco ***

Desde Montevideo en dirección a Canelones, transitando por Camino Carrasco, a poco de atravesar el puente que enlaza a los dos departamentos, unas cuadras hacia el norte, en la calle Vaz Ferreira, sorprende la fachada de una vivienda que más bien parece la escenografía para un film de ciencia ficción. Tiene algo de estación espacial futurista, de observatorio astronómico marciano, y algo de construcción del paleolítico que rinde tributo a Los Picapiedras Pedro y Pablo.
Su proyectista, dueño, y morador junto a familiares y quien es su esposa desde hace 62 años, se llama Carmelo Vergalito. A él no le importa estar a salvo del olvido. Vive cada día sin pretensiones de artista, pero hasta hoy no para de trabajar como un artesano en la fantasía que construyó por etapas, desde la década de 1970, hasta entretejer 25 habitaciones.
Don Carmelo cumplirá los 90 de edad el 16 de julio del próximo año. Llegó a Uruguay el 13 de mayo de 1949, procedente de Abruzzi. Vivió en diversos barrios, en República y Hocquart o en la calle Arrayán hasta que en 1957 consiguió un terrenito en la Avenida San Martín. "Ya en el 63 vivía de rentas, mire qué napolitano, hay que tener el que te dije, ¿eh?", recuerda entre risas.
"El artista nace, no se hace, es mentira. Yo no sé si soy artista o qué. Estuve en Asia, América del Norte, en Canadá, Buenos Aires, España y bueno, varias veces en Italia después que me vine. Y esto que usted ve no existe. Es un cero al lado de otras obras, pero este cero no lo ve en ningún lado. No existe", sentencia Don Carmelo. Por 1952 no le fue bien como quintero medianero. Lo que debía pagar al dueño de un campo en Malvín Norte casi no le dejaba para sobrevivir. Fracasado el emprendimiento en el cual lo acompañaron un hermano y un cuñado, y también su intento de ser feriante, Carmelo se fue a rasquetear y pintar paredes con un amigo calabrés que tenía 40 años cuando él 27 y hacía 5 que estaba en Uruguay.
Esta labor le permitió aprender a construir, solo mirando. En 1957 Carmelo ya había despegado, como le gusta decir. Realizaba trabajos por su cuenta. "Yo aprendí de tipos que saboreaban el trabajo", confiesa. La idea de insertar en las paredes y pisos trozos de cerámica de distintas formas, colores y tamaños, o restos de mármol, surgió cuando vio la casa "pituca" que se estaba haciendo un amigo sastre, en el barrio Unión, en la calle Joanicó y Pan de Azúcar.
En una pared aparecía calado el mapa de Uruguay y entre los ornamentos había una golondrina grande con sus alas abiertas como si fuera un águila. "Yo veía que ponía chirimbolos en la estufa a leña, con baldositas escalonadas. Yo me defendía con la pintura pero no era por esa época albañil. Y bueno, un día empecé a sacarle el jugo a las piedras. Lo que usted tira yo lo uso, le veo algo a cualquier recorte que va a parar a una volqueta", dice Carmelo.
El mismo humor jorobón que demuestra para pedirle al cronista que no olvide que su apellido termina en "lito", Carmelo lo expuso en la inclusión de artefactos y chatarra en su vivienda, por ejemplo las mitades enlazadas de dos autos que los dejan avanzando hacia puntos opuestos, la ventanilla de otro coche que se abre desde el interior de la casa con la manija original que sirve para bajar y subir el cristal, los caños que simulan telescopios o la escultura amorfa de un humanoide que posa en el jardín y al cual Carmelo presenta entre risas como su otro yo, una obra que hizo hace 7 años.
Desechos. En piezas de
su casa laberíntica, "en donde no moleste", él va acumulando materiales de desecho, desde maderas chamuscadas que se sacó de encima una barraca hasta trozos de rejas. "Ahora estoy haciendo apartamentos con esta porquería; ya hice tres y van tres más", cuenta Carmelo.
En la casa de la Avenida San Martín que terminó arrendando, un día llegó a instalar sobre la azotea lo que denominó "El sillón del Papa". Allí, con 2.000 botellas también levantó algunos muros. "Ya ni sé que habrán hecho los inquilinos ahora", sostiene sin parecer demasiado preocupado.
"Yo era un tipo que no perdía oportunidad, no se necesita ser muy inteligente, hay que tener voluntad. No es verdurita. Pero lo que hice del 2007 para acá no lo hice cuando tenía treinta años", comparte Carmelo en un castellano que conserva el acento tano.
Manos a la obra. "Si usted me da cal, arena, agua y piedras, le hago una casa", se compromete. Pero hay que conseguir un buen predio, que permita ir a tres metros bajo tierra y armar los cimientos para lo que serán paredes de tres cuartas de ancho, unos 60 centímetros. A lo largo de los extremos de la "zanja" se coloca la lasca o laja, fragmentos delgados de piedra, que si proceden de Minas, mejor, inigualables, sentencia Carmelo Vergalito, mientras gesticula con el espíritu grecolatino de un histrión.
Entre esas lascas van cascotes, piedras macizas, y la argamasa de cal, arena y agua. Mucho antes de la aparición del cemento, ese conocimiento llegó a Italia desde Grecia. En una recorrida para observar más detalles de su casa desde el exterior y explicar en qué consiste esta y aquella otra pieza adosada, el constructor y este cronista caminan entre las veredas pastosas sobre las que no falta la arena, tan a flor de tierra en la zona.
Por la cercanía con el aeropuerto de Carrasco, de pronto un avión sobrevuela el lugar, pero a intervalos más estrechos interrumpe la calma un helicóptero de vigilancia. En una ocasión, Carmelo mira al cielo despejado, en una jornada de sol que se extrañaba desde hace meses. No oculta los ojos brillantes y brillosos de un gato perturbado por el vuelo de aleteo de una paloma.
—¡Cuántas partes de ese helicóptero le caerían a medida a su casa!— da la impresión que sueña Carmelo, antes de quejarse un poco de la humedad que en el Plata entumece los huesos.
Extraña de Italia aun los fríos invernales, porque el clima es seco. Más allá de eso dice que por lo que conoció en muchos viajes, Uruguay "es el mejor país del mundo".
En busca de aire. Carmelo salta de un tema a otro, en ocasiones se va por las ramas, pero lo que cuenta termina vinculado al motivo de la entrevista. Recuerda que su padre zafó de alistarse como soldado para estar al servicio durante la Primera Guerra Mundial debido al consejo de un pariente mayor. Se tomó un mejunge amarguísimo cuyo principal ingrediente era un toscano cortado en pedacitos.
El brebaje resultó efectivo para el fin perseguido, pero además de altísima fiebre le terminó afectando un pulmón. Dos por tres, aquel joven que años después sería su padre debía abrir una ventana para respirar aire puro. Tal vez por eso la casa de Carmelo tiene tantas ventanas.
Algo más que un arte fantástico e inverosímil. Al igual que el arquitecto estadounidense Michael Reynolds, apodado el "guerrero de la basura", Carmelo Vergalito aprovecha materiales desechados, pero como creador espontáneo no se ajusta ni a la bioconstrucción ni a los modelos de casas autosustentables. Su vivienda es un hogar singular, rodeado y cubierto de piezas que conforman un conjunto espectacular para unos, inverosímil para otros.
Refiriéndose a Carmelo y más creadores que es difícil encasillar, el investigador Pablo Thiago Rocca afirma en su libro Otro Arte en Uruguay, que si ellos acumulan "lo hacen por un sentido de riqueza que no es nada ´económico´. Es la riqueza de lo diferente, de lo caleidoscópico y de lo imposible hecho realidad". En su casa excéntrica, Carmelo aprovechó todo y de cada objeto recobró "una nueva vida, que trasciende los usos decretados por la arquitectura convencional". La rareza de la casa "no radica en algún tipo de extravagancia o de absurdo", sino que es "ex-céntrica" por hallarse "fuera de los parámetros de producción irradiados desde las metrópolis y sus filiales, que ordenan la construcción masiva, uniforme e iterativa de nuestras viviendas, todas parecidas entre sí", evalúa Rocca.

Viviendas raras que nacen del esnobismo. La aplicación de trozos de cerámicas desechadas, de diversos colores, sobre paredes y pisos, es un recurso que aparece en una vivienda de San Pablo, Brasil, también laberíntica y no construida tampoco con planos, ni supervisada por un arquitecto, sino erigida por el jardinero de oficio Estevao Silva da Conceicao.
Sus espacios interiores son más intrincados que los de la casa de Carmelo Vergalito, se asemejan a una cueva con columnas que simulan árboles, a lo Gaudí, representante del modernismo catalán. Y en lo decorativo incluye, por ejemplo, piezas enteras, platos de loza o tazas. Pero el espíritu del reciclaje puede compararse.
Navegando por internet hay múltiples listas de viviendas extravagantes. Sin embargo, la mayoría no pasa de plasmar una ocurrencia y ser pura novelería. Por ejemplo, una casa con forma de barril, otra con forma de zapato, o de pelota de fútbol, de canasta de picnic, de tetera, o de nave espacial más parecida a una escenografía de Carnaval que a una obra habitable. Rastreando un poco más, puede hallarse una vivienda que aprovecha el fuselaje de un avión, montado sobre columnas de piedras. Pero en cada caso, puro esnobismo.
*** Nota publicada en el diario El País el 14 de agosto de 2016 firmada por Carlos Cipriani López.
Las imágenes son del archivo del proyecto Arte Otro en Uruguay.

Bordado naïf de Esther Haedo


Días pasados recibimos una curiosa donación (porque desconocíamos las dotes creativas de la autora) para el proyecto Arte Otro en Uruguay. Se trata de una pieza textil de autoría de Esther Haedo (Montevideo 1899 – 1996), un bordado en tela de 54 x 37 cm, que habría sido creado a mediados de la década del cuarenta del siglo pasado, cuando Esther y su esposo, el escritor salteño Enrique Amorim (1900-1960), ya estaban instalados en la moderna casa "Las Nubes", diseñada por el escritor según los criterios de Le Corbousier. Según se nos ha informado, el bordado pasó de manos de su creadora a Renée Amaro Amorim, abuela de María Mattos, quien a su vez es la esposa del artista Carlos Guinovart (Las Piedras, 1965). Estos últimos, María y Carlos, decidieron donar la pieza textil al proyecto Arte Otro en Uruguay en el entendido que se trata de una creación naïf y por el valor histórico de su procedencia. Renée Amaro Amorim fue prima del escritor Enrique Amorim. 


Ciertamente es una creación de aire naïf, al parecer inconclusa pese a la terminación del borde. Le falta la “y” de Uruguay y las dos primeras y dos últimas letras para completar el nombre del país vecino, Argentina. Se lee sólo “genti” y  “Urugua” y quizás en esas ausencias radica también cierta cuota de ingenuidad  (y un poco de falta de paciencia). Pues no parece tratarse de términos completos o cifrados. En la parte posterior, escrito con lapicera se lee: “Hecho por Esther Haedo”. Lleva unas argollas para colgar, no es un "repasador", al menos no parece que esa fuera su función, si bien está manchado, su fórmula compositiva es eminentemente decorativa o ilustrativa. 

Al frente, en primer plano, una pareja toma mate con el fondo de un mapa que representa una parte del territorio litoraleño a la altura del departamento de Salto, donde Esther y Enrique tenían su residencia “Las Nubes”.

Una paloma o quizás una golondrina, bordada de azul ultramarino lleva un ramito de laurel, simbolizando la paz. La escena es de gran serenidad y encanto. Al fondo, como si fueran sitios de interés de un “mapa” se ven bordados de manera muy sintética, dos cúspides de iglesias, un vacuno de perfil, una cabeza vacuna de frente y las líneas de grandes cursos de agua (el río Uruguay y el río Arapey). Los dos figuras ocupan ambas orillas, se podría decir que se reparten entre uno y otro país.

La delicadeza de las facciones, los punteados de los vestidos y sus contornos,  la manera en que están situados un personaje detrás del otro, la inclinación de la cabeza y los ojos cerrados de la figura en primer plano, que sostiene el mate, recuerdan la obra de su prima, la dibujante y pintora Norah Borges (hermana de Jorge Luis), con quien se frecuentaba por entonces. Aventuramos pues, que se trata de una obra que reconoce la influencia de una estética moderna y familiar a la vez, y que modula con un toque intimista, no exento de cierta dulzura y encanto: un simbólico retrato de la pareja en clave hogareña. En tal caso, la pieza cobra un valor testimonial mayor y es por ello que el proyecto Arte Otro, con la anuencia de los donantes, ha iniciado tratativas para que la pieza se destine a su lugar de origen, "Las Nubes", la residencia hoy convertida en un centro cultural y museo de sitio perteneciente al Estado.



Esther Haedo.  Apuntes hacia una biografía*

« …Esther Dayla Haedo nació en Montevideo el 6 de octubre de 1899, hija de Francisco Haedo Suárez y Clara Young Peña. Su educación estuvo muy supervisada, especialmente por su padre. Vivió sus primeros años en el centro capitalino, muy cerca de la actual esquina de Colonia y Avenida del Libertador.

Prima de Jorge Luis Borges (su padre, Francisco, era primo de Leonor Acevedo de Borges), tuvo, como él, una educación muy influida por la cultura británica. Aprendió a hablar primero en inglés, para luego asomarse al castellano. La situación familiar y el contexto histórico propiciaron esa familiaridad con el mundo británico: la actuación de su padre en el seno del directorio del Partido Nacional en Buenos Aires durante la revolución de 1904, determinó que la familia –perseguida por José Batlle y Ordóñez– debiera partir al exilio en Europa y se instalara un tiempo en Inglaterra.
A su regreso a Uruguay vivió en una quinta del Prado, ubicada en la calle Lucas Obes, entre 19 de Abril y Suárez  […]  En un reportaje que el realizador Juan José Ravaioli le hiciera a Esther a inicios de la década de 1990 ella se refirió a cómo –cuando conoció a Enrique– no había estado nunca en Salto, ni conocía a ningún salteño. Comentaba entonces que, tras conocerse, Enrique había obtenido una cámara de cine para hacer un corto con ella como protagonista, para que su suegra la conociera a través de la película  […] Se casaron enseguida de conocerse y vivieron un año en Europa. Regresaron al Río de la Plata (en Buenos Aires tenían un apartamento, “para ir de paso”) y nuevamente volvieron a viajar a Europa. Por entonces, en Buenos Aires Enrique frecuentaba las peñas literarias que compartían, entre otros escritores y artistas, Horacio Quiroga, Baldomero Fernández Moreno, Oliverio Girondo, Norah Lange, Jorge Luis Borges, Guillermo de Torre, Norah Borges, o Silvina Ocampo. Como tantos otros intelectuales de la época, Esther y Enrique debieron dejar Buenos Aires luego de que Amorim denunciara, en su novela Nueve lunas sobre el Neuquén (1946), las torturas a que eran sometidos los opositores al gobierno de Juan Domingo Perón. Se instalaron en Las Nubes.




[Luego de la muerte de su esposo]  pasó el resto de su vida dedicada a preservar y difundir la vida y la obra de Amorim, velando también por la conservación de Las Nubes y el acervo que allí se guardaba. En esos años también se fue fortaleciendo el vínculo entrañable que la unía a Liliana, la hija de Enrique ("y un poco hija mía”, como ella solía decir), así como con sus nietas Paula y Amalia. Esther Haedo sobrevivió treinta y seis años a su marido. Falleció en Montevideo el 4 de setiembre de 1996… »

*Tomado del sitio http://lasnubes.org.uy/esther/
el 10 de abril de 2016. En este texto se lee "Agradecemos el generoso aporte de Pelayo Díaz Muguerza, quien nos facilitó apuntes varios para construir este perfil biográfico de Esther Haedo." También desde el proyecto Arte Otro nos sumamos a dicho agradecimiento por sus amables comentarios de la pieza textil.

Imágenes. 
1. Bordado de Esther Haedo.
2. Villa Esther. Postal de la casa de Esther Haedo en el Prado de Montevideo, hacia el 900.
3. Las Nubes, fotografiada por P. T. Rocca en 2013.

RECOMENDACIONES : Arte do povo brasileiro. Bibliografia


En Uruguay es frecuente escuchar la expresión “Brasil es un continente”, es decir, un continente en sí mismo. Y ciertamente lo es por la diversidad de sus geografías, por la variedad étnica y lingüística de su gente y por la enorme riqueza de sus expresiones culturales. En el Plata desconocemos casi todo de Brasil, de los “brasiles” inabarcables desde nuestro pequeño rincón del sur…  y hasta nos atrevemos a sospechar que Brasil también se desconoce a sí mismo, ante el aplastante discurso de las capas sociales hegemónicas y la conflictividad de una geopolítica permeada por intereses económicos transnacionales.

Por eso es doblemente valiente la apuesta de Casa da Memoria da Arte Brasileira al ofrecer esta completísima bibliografía sobre una temática tan vasta, en cuyos límites tienen cabida manifestaciones en apariencia tan alejadas entre sí como el arte plumario amazónico, los ex votos religiosos y el arte naïf de raigambre suburbana, por citar solo algunos ejemplos. Y decimos “en apariencia” a sabiendas que es precisamente esa jugada amplitud de miras la que hace posible la comprensión del fenómeno complejo del arte del pueblo brasilero, que no del llamado arte popular, ya que el autor, Ricardo Vieira Orsi, elige la terminología de Lélia Cohelo Frota y su Pequeno dicionário da arte do povo brasileiro, buscando eludir las lecturas “populistas” e inclinándose por un arte en proceso, que se redefina de manera constante y no se cristalice en un estamento o en una corriente más del arte moderno. Valiente decimos sí, la apuesta, y de una erudición generosa, a la que Vieira Orsi se aventura no sin antes fijar ciertas pautas de acción y de encuadre, como la que establece al acuñar el término autodidacta:

“O  termo autodidacta não quer dizer que inexista processo de ensinamento e de aprendizagem, de transmissão de conhecimentos sobre as técnicas e as questões de expressão. Pelo contrário, é bastante comun a ligacão dos criadores populares con mestres (...) Mas a expressão faz referencia, sem dúvida, a um autorreconhecimiento de certos indivíduos como artistas. Artistas que se diferenciam e se elevam por conta própria, para além e acima do patamar da criacão colectiva, do artesanto e de suas padronizacões estéticas, ainda que ligados muitas vezes a um ambiente profissional de oficina ou atelie, e prescindem também da legitimacão cultural que se daria pelos canais formais do mundo da arte, do chamado mainstream cultural.”

“El término autodidacta no quiere decir que no exista proceso de enseñanza y de aprendizaje, de transmisión de conocimientos sobre las técnicas y las cuestiones de expresión. Por el contrario, es bastante frecuente la relación de los creadores populares con maestros (...) Pero la expresión hace referencia, sin duda, a un autorreconocimiento de ciertos individuos como artistas. Artistas que se diferencian y se elevan por cuenta propia, por encima del nivel de la creación colectiva de la  artesanía y sus estandarizaciones estéticas, aunque a menudo vinculada a entorno profesional de taller o de estudio, y prescinden también de la legitimación cultural que se daría a través de los canales formales del mundo del arte, del llamado mainstream cultural....”

Profusamente ilustrado, el libro comprende un listado de artistas con publicaciones monográficas y sin ellas (es decir, artistas citados en otros libros de crítica o de análisis), seguido de una relación bibliográfica (obras de referencia, crítica e historia del arte) con 352 entradas, más una guía de libros y catálogos de artistas (cada uno de los autores posee un pequeña reseña biográfica) con 267 entradas. Finalmente, contiene tres índices: uno de editores y patrocinadores, otro genérico de apellidos y un tercero de responsables de proyectos gráficos.


Esta bibliografía del Arte do povo brasileiro, (tercera dedicada al arte de esta editorial) contiene además un prefacio escrito por Marco Antonio Mastrobuono, uno de los últimos textos de quien fuera presidente del Instituto Alfredo Volpi de Arte Moderno de San Pablo y cuyos lúcidos conceptos vienen a colocar a esta publicación en un merecido sitial de reconocimiento y a recordarnos la pertinencia de su consulta, también desde aquí, desde Uruguay, tan lejos y tan cerca del “continente Brasil”.


Orsi, Ricardo Vieira, Arte do povo brasileiro. Brasilia: Briquet de Lemos / Livros. Casa da Memoria da Arte Brasileira, 2016.

INFORME ESPECIAL: MASCARÓ Y LAS TRISTEZAS DE ESTA BANDA


A 40 años de la desaparición de Haroldo Conti. *

La noche del 4 de mayo de 1976 en la que un comando de militares secuestraron a Haroldo Conti  (Chacabuco 1925 -) de su casa porteña en la calle Fitz Roy, no sólo se llevaron –para no devolverlo jamás– a uno de los escritores argentinos más talentosos de su generación.  También al hombre que cultivó la amistad como una forma de trascendencia. Seminarista, aviador, profesor de latín, marino, guionista de cine, escritor y padre de familia, Conti dejó huellas profundas en la arena de nuestras costas y en el corazón de un puñado de habitantes de esta banda.


Ad oculos. El sol cae a pique sobre las cabezas de los dos hombres que se han largado a caminar por la playa a través del salitroso trayecto que une La Paloma con La Pedrera. Van mirando el océano distraídamente, el cielo abierto y las gaviotas que cada tanto atraviesan lo alto. Intercambian palabras que nadie, salvo ellos, escuchan. De pronto el hombre más alto se detiene, ha descubierto una boya de vidrio que trajo la espuma. La carga. Es azul. Brilla como un ojo gigante y transparente que dejara ver el fondo de todas las marinas historias de naufragios. El hombre alto encuentra un tablón. Segunda maravilla y regalo lamido por la resaca, peinado prolijamente hasta dejar surcos en las vetas oscuras. El alto convence a su amigo de cargarlo también. Ahora marchan unidos por el travesaño de madera de hombro a hombro, obligados a coordinar el paso. Al poco rato, el roce de la madera comienza a levantarles la piel de los hombros.  “Entonces Haroldo se quitó el short y yo no tuve más remedio que imitarlo para así transportar la boya con un aislante entre la madera y nuestra piel. Pero los shorts eran lo único que teníamos encima. No importa. Seguimos impávidos. O más bien dicho, Haroldo siguió impávido presidiendo la marcha. Yo no podía ver nada a no ser, obviamente, en esa posición forzada de semi galeote, la parte posterior de Haroldo tal como había venido al mundo. No recuerdo cómo terminó el episodio pero supongo que todo marchó sin novedad porque no se nos cruzó ningún marinero de Prefectura o alguna dama puntillosa capaz de lanzar un chillido viendo a dos hombres desnudos desplazándose por una playa abierta a todo público.” La anécdota2 es del escritor uruguayo Juan Carlos Legido (Montevideo, 1923 - 2011) y desnuda más que la falta de los trajes de baño de sus protagonistas. Haroldo Conti ya era un escritor consagrado. Es difícil imaginar hoy a un escritor de prestigio atreviéndose a este striptease improvisado por una causa que para muchos puede resultar insustancial, pero como dice uno de los personajes de Conti: “La vida es célebre, de cualquier tamaño, o no sirve para un carajo.” La de Lucho, Oreste, Cafuné, el Príncipe Patagón, el gigante Carpoforo y el enano Perinola, todas se igualan. Que la inocencia te valga.  Los personajes de Mascaró, el cazador americano (1975) con su vagabundo circo del Arca a cuestas, son eufóricos inocentes, utópicos despiadados. Se largan a la aventura en bolas. En este sentido, tanto el mismo Haroldo como su amigo Legido o el artista pescador de la Paloma Alfredo “Lucho” Maurente (Ver recuadro 1), tienen un aire modélico, ejemplar, al menos a los ojos del primero que transforma al resto en furibundos personajes de sus obras.1

Tempora. El amor de Conti por el balneario de Rocha comenzó con un naufragio. Se produjo el 12 de agosto de 1965 en la playa del Cabito, según consta en un certificado expedido por el subprefecto de La Paloma y que Conti mostraba orgulloso y divertido a sus amigos. 3 Habían partido “cinco hombres casi desconocidos entre sí” del puerto de Buenos Aires a bordo del yawl Atlantic rumbo a Río de Janeiro: “Pescarán, dormirán o entrarán en los grandes silencios”, pronosticaba una nota publicada en La Nación. 4 Una semana después encallaban cerca del puerto de La Paloma. “Inmediatamente descubrió un mundo lleno de vagabundos y marinos de quienes se hizo muy amigo. Uno de los principales era el capitán Alfonso Domínguez, que aparece en varios libros y fue quien le talló a mi viejo un mascarón de proa. Y después, muchos de los personajes de ‘Mascaró’, el Príncipe, en fin… le gustó tanto esa aventura que a partir de allí todos los veranos íbamos de vacaciones a La Paloma. Se la pasaba hablando con toda esa buena gente”.Toda esa buena gente comparece también en el cuento Tristezas de la otra Banda, dedicado a sus amigos Mario Benedetti y Eduardo Galeano y publicado junto con otros relatos en La balada del álamo carolina (1975): Lucho (Maurente) y Juanca (Juan Carlos Legido),  Barboni Soba, Alfonso Domínguez y la que entonces era su compañera Renata Mascaró, doña Miquina, Adolfo Pose, entre otros. En esta historia el autor realiza mentalmente un viaje en ómnibus hasta arribar al balneario en cuestión, donde se cruza con vivos y muertos. (Ver recuadro 2) El cuento es una proeza en el manejo de las estratagemas espacio-temporales de la escritura. Por un lado, el narrador viaja sentado en el vehículo contando lo que observa: “Hace media hora pasamos San Carlos, donde vive y pinta el Lucho para el invierno, que es este tiempo”. Por otro, salta en voltereta mortal hacia el pasado: “la muy digna ciudad de Rocha, blanca y conserva hasta los huesos, la mitad de mis amigos pasaron a probarse su capucha por el cuartel de las Fuerzas Conjuntas  […]  Pero no, todavía no llegué a esa noche, estoy varios inviernos aquí, cuando el viejo Gestido gobernaba esta noche de mi memoria”.  De pronto, se eleva con un magnífico firulete de trampolín hacia el futuro: “el boliche de Lucho con las dos sirenas tetonas que sostienen el techo de la galería… La Pedrera con la torre de Renata y la misma Renata  […]  que al fin se encaminó también por la foránea”. Y cae parado en la capital porteña: “Podría fijarme aquí, esta noche, no pasar a otros tiempos ni proseguir mi propia historia donde en otra noche, prisionero nuevamente de Buenos Aires, recordaré a esta otra.” Finalmente, para rizar el rizo de la caída salvaje, se eterniza en el acto de escribir: “Dulce farolito del Cabo de Santa María, obelisco suplente, ¡cuántas historias alumbrarás todavía cuando yo sólo persista en estas líneas!


Qualis vita, talis et oratio. “La que siempre viene es Silvina Bullrich, y ese otro tipo macanudo, este escritor... ¿cómo se llama? Un hombre importante, ¿sabe? Que ha ganado premios y todo por sus libros... este... cómo se llama... ¡Me acordé! ContiHaroldo Conti. El me compró un cuadro grandote, uno de una mujer en la playa.”6   No hemos podido saber que pasó con ese cuadro que Conti le compró a Lucho Maurente. Quizá marchó también esa espantosa noche en que lo raptaron y saquearon su casa “hasta no dejar ningún objeto de valor”, según cuenta Gabriel García Márquez en un artículo que, lejos de cualquier realismo mágico se torna escalofriante por el oprobio que denuncia y la impunidad que perdura.7 Quizás los asesinos no repararon en el valor (¿cómo podrían?) de esa pintura ingenua. En El retrato postergado (Argentina, 2009), documental que terminó Andrés Cuervo y que había iniciado su padre Roberto en vida de Conti, asoma un cuadrito de una pareja de tangueros bailando que tiene toda la pinta de una obra naïf de Lucho. Pero quién sabe, la aparición es fugaz. Luego se ve cómo Conti toca dulcemente la frente del ángel-mascarón de proa tallado por el otro marino de La Paloma, el capitán Alfonso Domínguez, “alias Cojones”. Colgado en su casita del delta El Tigre, el ángel-mascarón parece un pájaro imposible, casi monstruoso, con ojos hipnotizadores compuestos por arremolinados caracoles.8 En el filme, Haroldo se arrima para acariciar con dos dedos –que sostienen un pucho– la cabeza del ángel, luego toca su propia frente y besa su mano, en un gesto litúrgico de comunión con la “cosa”, uniendo destinos trascendentes.  Interesa constatar que en la novela el presunto autor de la talla se refunde con el de la Virgen de la Paloma: “Embarcó la venerada imagen de Nuestra Señora de La Paloma, tallada lo mismo que el ángel en un taco de fresno por el maestro Silvestre Nardi…”. ¿A cuál escultura podría remitir esta venerada imagen sino la que aún custodia la casa de la pintora Martha Nieves en La Paloma? Martha (San Carlos, 1926 - Maldonado 2014) , fue la principal responsable de salvaguardar las esculturas de cemento de Lucho al momento de la destrucción de su casa restaurán. El valor que el escritor asigna a los objetos que colecciona, tangibles o de memoria, se integran con naturalidad a una narrativa que encuentra en este locus un eje paradigmático donde el arquetipo y la sustancia se vertebran. “A las pequeñas cosas –sostuvo Conti– les doy mucha importancia. Si usted viene a mi casa verá muchos cachivaches. Bueno, es todo lo que va a quedar de mí, la lámpara que encendí con tanto cariño, la lapicera que he usado toda mi vida  […]  Yo le confieso que no le doy más importancia a mi obra que a las cosas físicas que dejo, porque ellas han compartido más vida, tienen mucho más sentido que mis libros. Los libros yo los escribo como vida que vivo, no como un monumento literario que dejo.” 9

Lupus in fabula. La obra de Conti se ha divido topográficamente según los ambientes en que desenvuelve sus historias. Sudeste (1962) para muchos su opera magna,transcurre en los canales y vericuetos del delta y es proa de una serie de relatos posteriores en donde El Tigre y sus tipos humanos marcan el rumbo. Alrededor de la Jaula(1966) la preferida del propio Conti,  transcurre en un Buenos Aires portuario y marginal, lo mismo que la novela En vida (1971) y los cuentos de Con otra gente (1967). El pueblo natal de Chacabuco y alrededores es el contexto de casi todas las historias de La balada… incluida la que da título al volumen. Mascaró, en cambio, construida como un relato de aventuras atraviesa varias comarcas.  No hay duda que las descripciones de Arenales y Palmares corresponden a parajes (y personajes) de La Paloma, La Pedrera, Punta del Diablo y Cabo Polonio. En la segunda parte de la novela (La guerrita) los asuntos acontecen en un clima de provincias. Pero la crítica ha preferido centrase en el talante combativo, “político”, de su trama y no tanto en el mapeo de atmósferas y afinidades electivas. ¿Constituye esta novela, para utilizar un símil bíblico, el camino de Damasco de Conti? Se ha visto la señal inequívoca de su tránsito al activismo libertario y aunque es posible que Conti lo viviera de esta manera, nos inclinamos a pensar que esta su última novela es más una especie de summa que un viraje. En sus páginas están como encapsuladas casi todas las historias que escribió. ¿Presentía Conti su final al punto de concebir una síntesis de su experiencia como escritor? Asusta pensarlo. Puede que se trate solo de las frecuentes obsesiones que persiguen a los escritores. Quizás en el inconciente ya todo está escrito. Pero a las pruebas me remito. Oreste, el protagonista de Mascaró y alter ego del escritor, que es empujado con cierta fuerza inercial por las circunstancias, lleva el mismo nombre que el melancólico protagonista de En vida y es su segura continuación. La tormenta que sacude al barquito Mañana es una paráfrasis de los avatares que sufre el Boga y su soñado Aleluya en Sudeste, salvo que el primero llega a mejor puerto. La historia de Basilio Argimón es un apretado resumen del cuento Ad Astra, y mantiene hasta el nombre de este extremo Homo Viator. El loco Garbarino que acompaña la revuelta del maestro Cernuda es el mismísimo loco de Las doce a bragado, el genial cuento del corredor de fondo de La balada… La historia del viejo león de circo Budinetto remite a dos puntas: al ambiente zoológico de Alrededor de la jaula y a la querida mascota de J. C. Legido: “el casi mastín Budinetto que yo mismo ayudé a enterrar en el jardín del fondo en el verano del 72”. (Tristezas…) Y así las intertextualidades se suceden y se elevan sobre el plano ficcional para alcanzar al real, ya sea por tangente en las anécdotas vividas entre amigos, o por adivinación: el asombroso anticipo que Conti auto-prefigura hacia final de la novela, con Oreste secuestrado y torturado por los “rurales”.

In memorian. En todo caso, los amigos escritores que son mencionados o entrevistos en Mascaró, también se avinieron a las citas del amigo y en vida de Haroldo o bien como homenaje postrero, le siguieron el juego. Felipe Novoa (Buenos Aires 1909 –  Montevideo 1989) poeta, crítico de arte, militante y navegante cum laude, es mencionado en dos oportunidades en Mascaró capitaneando al fantasmal buque Barón Grampo. Novoa le devuelve el gesto con la dedicatoria a La novia herida, poemario ilustrado por el artista Adolfo Nigro y se imagina a un Conti fantasmal y vengador en el cuento Pueblo perdido en el mar .10  Juan Carlos Legido lo menciona en el poema “Buenos Aires” de Poeta al sol de junio11 y le sirve de modelo para el relato “Haroldo o cómo interpretar a los lobos marinos”.12 Matilde Bianchi (Montevideo, 1927 - 1991) termina convirtiendo a Conti en un pez en Bajo el signo de Piscis. Las encuentros se continúan en este y en el otro lado del río.
Se entenderá por dónde viene, pues, el nudo marinero de esta nota. No por el análisis literario, aunque sea la literatura la que cuenta (en el sentido de decir el cuento). Mario Benedetti afirmó que los atributos más generosos de Haroldo fueron a los ojos siniestros de los militares elementos subversivos. “Toda esa vitalidad e inocencia de Haroldo, que eran esenciales en su obra y en su vida cotidiana, deben haber sido especialmente urticantes para las fueras represivas, para los ejercitantes del odio.”13  Humberto Constanstini da un paso más y lo imagina convirtiendo a sus opresores: “Estoy seguro que aún detenido y torturado Conti debe haber charlado con sus carceleros por la curiosidad que tenía frente al hombre  […]  Era muy difícil no ser amigo de Haroldo a los diez minutos de haberlo conocido”.14
La amistad, los objetos tocados para la gracia del tiempo y los lugares vividos constituían su verdadera épica. No en el sentido de un enfoque realista, neo-verista o realista mágico. Buscaba una transfiguración temporal de las miserias del mundo en humanas instancias compartidas:  “Por fin entiendo cuál es la Gran Cosa [de escribir], porque yo los junto a todos ellos, salto sobre las distancias y el tiempo y los junto a todos ellos en esta mesa del recuerdo que tiendo y sirvo para mis amigos.” 15 


RECUADRO 1: Alfredo "Lucho" Maurente

Resulta hoy difícil imaginar el balneario La Paloma sin la figura entrañable de Alfredo “Lucho” Maurente (San Carlos 1910 - La Paloma 1975). Fue obrero de la construcción y vendedor ambulante hasta que conoció la costa rochense y se hizo pescador. Autodidacta inquieto, comenzó tallando figuras en piedra para pasar a los viejos y duros tocones de madera que traía la sudestada. Incursionó también en la pintura con predilección por los bailongos, paisajes, retratos y fantasías religiosas. Decoró su propio rancho con incrustaciones de caracoles marinos y esculturas de sirenas, ballenas y un pescador de tamaño natural en arena y Pórtland, materiales con los que realizó la Virgen de la Paloma y el Cristo de los pescadores, hoy en al playa Los botes. Su vida y su obra sirvieron de inspiración a novelistas (Silvina Bullrich, Haroldo Conti, Juan Carlos Legido), habitués de su rancho convertido en restorán: “El copetín con mariscos”. Su producción pictórica destaca por el alegre colorido y la fina observación del detalle. En las lustrosas tallas de madera dispone los volúmenes y proporciones de sus figuras con un contundente vigor expresivo. En vida tuvo el dudoso galardón de considerársele el principal artista ingenuo del país. Su muerte, acaecida en el Año de la Orientalidad -según cuenta la leyenda al conocer la noticia de la destrucción  de su casa en el viejo muelle donde vivía-, sellaría toda una época del país: el fin de la edad de la inocencia.
Las obras en cemento que ilustran esta nota, se encuentran dispersas en distintos lugares de La Paloma, la mayoría de ellas en un creciente estado de deterioro. Tal vez sea hora de que las autoridades reconozcan el valor estético e identitario de estas piezas y devuelvan el esplendor de una obra que representa el auténtico sentir de toda una época. (Sigue a esta nota un informe sobre el tema).

RECUADRO 2. El eterno retorno

El ómnibus del cuento era de la empresa Onda. Por eso al poeta Gabriel Di Leone se le ocurrió el año pasado, cuando estaba en la Dirección de Cultura de la Intendencia de Maldonado, conseguir un legendario GMC para repetir el viaje de Tristezas… en clave de homenaje. Di Leone no tuvo suerte con el ómnibus pero consiguió una Combi y el apoyo del Consulado de la República Argentina.  Un frío 12 de junio de 2015 un grupo de personas entre las que estaba el cónsul de Argentina, el especialista en la obra de Conti, Eduardo Romano, Tamara del Castillo, el poeta rochense Gonzalo Fonseca, entre otros, se largaron a la aventura del eterno retorno. Se realizó en Maldonado la proyección de un audiovisual facilitado por el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, se leyeron emotivos pasajes del cuento y de la novela Mascaró a la llegada en La Paloma y se encontraron con algunos de los “personajes’ de aquellas historias como la hija del Capitán Domínguez. ¿Quién se atrevería a decir que Haroldo no estuvo allí, de cuerpo presente, milagrera aparición a bordo del Mañana?

NOTAS

1. Agradezco los valiosos datos y testimonios aportados por Silvia Novoa, Beatriz de Legido, Gabriel Di Leone, Tamara del Castilo, y Juan Luis Martínez.
2. Haroldo Conti, Alias Mascaró, alias la vida. Eduardo Romano compilador, Ediciones del Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti – ed. Colihe, Bs. As. 2008, p. 70-71.
3. Haroldo Conti, Biografía de un cazador. Nestor Restivo y Camilo Sánchez, Homo sapiens – TEA, Buenos Aires, 1999, p. 73.
4.“Emprendió viaje a Río el Atlantic”, 6 de agosto de 1965, citado en H. C. Bio…, op. cit, p. 72.
5. Marcelo Conti en H. C. Bio…, op. cit, p. 86.
6. Alfredo Maurente,  entrevista de Ramón Mérica, “Lucho, El ingenuo y la mar”, El País de los Domingos, Montevideo, 7 /5 /1972.
7. H. C. Bio…, op. cit, p. 206.
8. Una fotografía frontal del mascarón sirvió de ilustración de tapa de la primera edición argentina de Mascaró.
9. De la charla en el Instituto Superior de Periodismo, 1968, citado en H. C. Bio…, op. cit 194.
10. Conti–Novoa. Dos narradores del Plata, Signos, Montevideo, 1991.
11. Ediciones Destabanda, Montevideo, 1985.
12. Antología del Mare Nostrum, Trilce, Montevideo, 1988.
13. H.C. Alias Mascaró…, op. cit. 82.
14. Op. cit, 89.
15. Los caminos en La balada del álamo carolina, Emecé, Bs As,  2002, pág.  208.

* Este artículo se publicó por vez primera el 20 de mayo de 2016 en el semanario Brecha (Montevideo, Uruguay), pág. 12 y 13, en un número especial dedicado al año 1976 y los desaparecidos por la dictadura cívico militar.