El mundo de Serafín













Serafín Gándara Moscoso (1937) es natural de una localidad cercana a Pontevedra, hoy absorbida por la ciudad de las grandes rías. Arribó a Uruguay hace más de cincuenta años –su voz potente aún conserva el acento de origen– y su residencia en Salinas se caracteriza por una mezcla singular de estéticas encontradas. En su propiedad, más que las creaciones propias, que abundan, resalta su especial sentido de imbricación de diferentes objetos hallados o adquiridos en un espacio abierto –los jardines al frente de sus dos casas contiguas– que incorpora con un sentido muy colorido y ornamental, kitsch, en un estilo que podríamos bautizar como neobarroco mediterráneo: boyas y elementos de pesca se entreveran con esculturas de Yemayá y sirenas, anclas de barco, azulejos andaluces, bustos de Artigas, cigüeñas, macetones con el fondo de las paredes y los muros encalados de blanco con toques de azul marino y lila.






De ánimo muy expansivo, locuaz y sin remilgos a la hora de quejarse o criticar ciertos aspectos de la idiosincrasia local, este hombre mayor muestra una gran vitalidad –“Todo esto que ves acá lo hice solo” –y expresa con gestos y palabras una relación de amor y odio con su patria de adopción. 

Fue dueño de un hotel y de varias whisquerías. Por lo que pudimos captar en una corta y amable entrevista, su sentido para los negocios corre parejo con su ánimo efusivo y su humor desfachatado: “A esta casa la llamo la Casa del Borracho ¿Sabes por qué? Porque está llena de arcadas”.  El jardín está habitado por pequeñas esculturas en arena y cemento policromo de felinos mostrando sus fauces –“¡Ni te acerques que muerden!”-, varios bustos de Artigas y de “Varela, el patrón de la Escuela”. Esa forma de rima ingenua y directa –sin atisbo de retórica– es la que domina también la relación entre los objetos y los colores escogidos por Serafín. 

La búsqueda de un orden personal que no se ciña a reglas estéticas preconcebidas forma parte de su personal filosofía de vida. El frente de su casa destaca por el colorido y la fuerte personalidad y lo hacen un auténtico “artista otro”. Las anécdotas de su vida nutrirían una saga de novelas de aventuras, si alguien tuviera la voluntad de volcarlas al papel.



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